El golpe de Musharraf, desestabiliza el poder de EEUU en Asia y
abre una peligrosa compuerta para la "afganización" total de Pakistán,
convirtiendo a esa nación de dientes nucleares, esencial para el equilibrio del
poder regional estadounidense, en pasto de un nuevo proceso de "resistencia
islámica" descontrolada, como en Irak y Afganistán.
Pakistán comparte fronteras con
Afganistán (2,430 kilómetros), China (523 kilómetros), India
(2,912 kilómetros) e Irán (909 kilómetros) y posee una línea costera de
1,046 kilómetros en la estratégica región del golfo Pérsico donde se encuentran
apostados tres grupos aeronavales de EEUU con capacidad nuclear esperando
órdenes para emprender operaciones contra Irán.
Además, Irán y Pakistán acaban de
firmar un gigantesco proyecto (resistido por EEUU) de 7.400 millones
de dólares para suministrar gas iraní a India a través de Pakistán gracias a un
gasoducto de 2.600 km de largo que quedó concluido", según el viceministro
iraní responsable del tema, Hojatolá Ganimifard, citado
por la agencia especializada Shana.
Este dato asume una importancia clave
si se tiene en cuenta que EEUU privilegia a India como aliado regional
(que, con el acuerdo energético firmado, pasa a depender de Pakistán) con quien
selló este año un acuerdo nuclear marginando al régimen de Islamabab.
Los detonantes del conflicto
Washington - Musharraf
El privilegio por parte
de EEUU de la alianza estratégica con la India fue uno de los detonantes que
precipitó una fisura en la alianza de Washington con el gobierno dictatorial de
Musharraf.
Marginando a Pakistán, Washington alcanzó a finales de julio un
acuerdo nuclear de cooperación civil con la India, que le permitirá
a esa nación obtener tecnología nuclear de EEUU pese a haber firmado el Tratado de No
Proliferación de Armas Nucleares (TNP).
En septiembre de 2006 el gobierno
de Musharraf firmó un pacto con grupos tribales,
incluyendo el Emirato Islámico de Waziristán por el cual este último
impediría el movimiento a través de la frontera, de militantes hacia afuera de
Afganistán, a cambio del cese de ataques aéreos y terrestres contra militantes en Waziristán.
Esto provocó un segundo detonante de conflicto entre Washington e Islamabab,
y generó una oleada de preocupación en Washington y la Voz de América anunció que el pacto contaba
con la aprobación del mullah Omar, el líder de los talibanes afganos derrocados
por la invasión de EEUU en el 2000.
Inmediatamente surgieron insistentes
versiones en la prensa norteamericana de que la Casa Blanca había resuelto
bombardear la frontera de Pakistán con Afganistán sin pedir permiso al
gobierno de Musharraf, lo que conllevó un duro cruce diplomático entre
Washington e Islamabab.
El tercer detonante que fisuró
la alianza de Musharraf con Washington estuvo constituido por una maniobra
orientada convertir a Musharraf en un presidente sin poder y
restituir a Sharif (el gobernante derrocado por Musharraf) y
a Benazir Bhutto en un "poder paralelo" para controlar al general.
Para algunos, Musharraf
(desahuciado por Washington) tras el golpe sólo está tratando de supervivir en el poder,
y para otros, el general podría andar buscando "nuevos aliados" para
controlar Pakistán, una potencia de dientes nucleares, y de religión islámica
preponderante, en frontera con Irán, India y Afganistán, una región clave en el
mapa geopolítico de la guerra por áreas de influencia que sostienen el eje EEUU-UE, por un lado, y el eje Rusia-China- Irán, por el otro.
El oráculo de Musharraf
¿Qué pasaría si
Musharraf, al estilo de la junta militar birmana, pateara el tablero y se refugiara
en una alianza comercial y militar con Rusia y China asimilándose al bloque de
poder regional asiático?
¿Y que pasaría si
Musharraf, presidente de una potencia nuclear de mayoría islámica, enfrentado al
poder de Washington, pactara con Irán y las organizaciones islámicas una apertura
de la frontera con Afganistán?
Esas son las preguntas claves que
devanan los sesos de los estrategas de Washington y de la UE, y es razón más que
suficiente para que Bush y la Casa Blanca traten con "manos de seda" al golpista
Musharraf que sigue con su proyecto de exterminio de la oposición política en
Pakistán.
Ahora sólo queda por ver hasta que
punto Washington va a tolerar la "contrapresión golpista" de
Musharraf sin que la CIA intente exterminarlo, ya sea por un golpe militar o por
medio de su asesinato.
O la situación contraria: que Musharraf rompa su alianza con Washington, o que EEUU (para evitar un mal
mayor) decida "adoptarlo" nuevamente como su hijo pródigo.
Por el momento, y no obstante
prometerles nuevamente este domingo a Washington y
a la UE, elecciones en febrero, el general Musharraf siguió
consolidando el cerco represivo sobre sus opositores y sin realizar ninguna
mención sobre el levantamiento del
estado de emergencia ni su renuncia a la comandancia de las fuerzas
armadas, como requieren sus patrones imperiales.
Mala señal para Washington.