Es un truco festivo de los adolescentes curiosos de Estados Unidos:
hazte un zoom a Washington vía Google Earth y tendrás una extraordinaria
visión del centro de mando más poderoso del mundo. Allí está la Casa
Blanca y su ala oeste. El sitio donde ponen el árbol de Navidad
iluminado. Desplazándose al sureste a través del río Potomac se planea
sobre el Pentágono. Girando un poco hacia el norte se pueden ver el
Lincoln Memorial. Pero una cosa que no podrás hacer. Si te diriges a la
residencia oficial del vicepresidente, todo lo que verás será una imagen
de rayas borrosas.
El 46º vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, tiene una
inclinación a permanecer invisible. No importa si se trata de Google
Earth o de las cámaras de un banco o de la TV, no entrará en el juego.
Raramente se presenta ante los medios y, cuando lo hace, trata de
mantenerlo en privado.
La oscuridad ha sido el sello característico de Cheney desde que
asumió el cargo en enero de 2001 y así es como le gusta. “Soy el genio
maligno del rincón, que nadie ve cuando sale de su agujero”, dijo en
2004. “Es en realidad una buena manera de operar”. Pero en la actualidad
el foco se desplaza cada vez más desde el Presidente George W. Bush
hacia el hombre que se mueve detrás de él en las sombras.
“Presidente de facto"
En julio se han publicado dos libros que analizan el papel de Cheney:
uno de Stephen Hayes, de esa biblia neoconservadora que es el “Weekly
Standard”, y el otro, más crítico, titulado “Oportunista”, de Sam Anson.
Estos volúmenes aterrizan antes de que se disipe el polvo generado
por una clásica pieza del periodismo del “The Washington Post”. Bajo el
título “El Angulador” (referencia al nombre en código del servicio
secreto para Cheney), dos periodistas del Post, Barton Gellman y Jo
Becker, diseccionaron el enfoque de vicepresidente con detalle forense.
Su serie de 20.000 palabras, prácticamente un libro en sí misma,
revela la manera en que el número dos de la Casa Blanca ha dictado la
política en varias áreas vitales, incluyendo la guerra contra el
terrorismo, la economía y el medio ambiente.
En todos estos relatos se presenta a Cheney como el vicepresidente
más poderoso en la historia de Estados Unidos. Tomó una institución que
John Adams, su primer titular, definió como “el cargo más insignificante
que jamás antes concibió la inventiva humana” y la convirtió en un sitio
de poder.
“Ha ampliado el poder del vicepresidente en cincuenta veces”, dice el
abogado Bruce Fein, quien trabajó con Cheney durante el Gobierno de
Ronald Reagan. “Antes los vicepresidentes repartían frazadas en las
zonas de desastre y asistían a funerales en Burkina Faso”. Pero Cheney
no. Tan dominante ha sido en un rol tradicionalmente subordinado, que
algunos comentaristas se preguntan hoy si no es tiempo ya para sacarle
el “vice” a su título.
Fein dice que “Cheney es el Presidente de facto en todas las áreas de
la política, excepto algunos aspectos de la agenda doméstica”. John
Nichols, de la revista izquierdista “Nation”, llega hasta a afirmar que
“esta no fue la Presidencia de George W. Bush. Fue la de Dick Cheney”.
En perspectiva, era obvio que Cheney no se apegaría a las
convenciones, desde el día de julio de 2000 cuando George Bush lo
anunció como su compañero de fórmula. Después de todo, la persona que
recomendó a Cheney para el cargo fue… el propio Cheney.
Cuando se le pidió a Bush que explicara por qué lo había elegido,
respondió: “Porque él es sin duda capaz de ser Presidente de Estados
Unidos”. El gabinete fue formado a gusto e imagen de Cheney.
Personalidades que resultaron claves (Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz,
John Bolton, Scooter Libby) eran todos hombres de Cheney.
¿Qué diablos pasó?
En términos de políticas, también su huella fue visible al instante,
y no en grado menor respecto del medio ambiente. Tanto Cheney como Bush
son hasta la médula gente de los combustibles fósiles: Bush a través de
sus conexiones petroleras familiares en Texas y el número dos de la Casa
Blanca a través de sus cinco años como ejecutivo principal de
Halliburton en los años ’90. Pero pronto quedó claro que Cheney estaba
dispuesto a ir aun más lejos que Bush en su devoción por esta industria.
En la campaña electoral del 2000, Bush había manifestado su intención
de disminuir las emisiones de dióxido de carbono de las plantas
eléctricas en base a carbón, como parte de un nuevo impulso a favor de
cielos más limpios. Pero en marzo de 2001, apenas con dos meses en la
Presidencia, anunció un repentino cambio de política: no habría después
de todo nuevas regulaciones. Funcionarios del Gobierno dijeron al “New
York Times” que “las opiniones de Dick Cheney fueron instrumentales en
la decisión final”.
Según diversas fuentes informadas, el impacto del vicepresidente se
ha debido en parte a su acceso inigualado a Bush. Durante seis años en
el cargo, esos observadores han visto desarrollarse una relación
especial entre ambos.
Cheney es un maestro en los recovecos y tramas del Gobierno. Disfruta
con los detalles de una manera en que Bush notoriamente no lo hace.
Talvez sea exagerado aquello de que la rutina del Mandatario consiste en
irse a la cama a las 9 de la noche, pero por cierto que no está en pie y
leyendo despachos a las 4:30 AM, como lo está su vicepresidente.
Estas cualidades de acceso abierto al Presidente, trabajo duro y
atención a los detalles, estuvieron todas presentes desde el primer día.
Lo mismo que la afición por el secretismo. Bob Woodward en su libro
sobre los preparativos para la guerra de Irak “Plan of Attak”, lo
compara a una “especie de Howard Hughes, el hombre tras bambalinas que
no responde preguntas”.
Pero debieron ocurrir los sucesos del 11 de septiembre de 2001 para
que esos elementos se hicieran evidentes. Este fue el momento para el
que Dick Cheney se estuvo preparando por muchos años. Desde sus días de
jefe de gabinete de la Casa Blanco bajo Gerald Ford, viviendo las
secuelas del desplome de Nixon, Cheney abrigaba la ambición de golpear
de vuelta al congreso y reinstaurar la autoridad presidencial.
La serie de artículos del “Washington Post” examina los aspectos más
controvertidos de la respuesta del Gobierno al 11 de septiembre
(Guantánamo, los secuestros globales conocidos como “envíos
extraordinarios”, la tortura, las grabaciones a ciudadanos
estadounidenses) y establece que en todos estos casos el camino conduce
a la puerta del vicepresidente.
A horas de los ataques contra Nueva York y Washington, mientras Bush
todavía daba vueltas en el Air Force One, Cheney había ya reunido en su
oficina a un equipo legal y planeaba cómo eludir las limitaciones sobre
los poderes ejecutivos del Presidente, incorporados tras Vietnam y
Watergate.
Para el 18 de septiembre, el equipo, donde participaba el actual
ministro de Justicia Alberto Gonzales, había elaborado propuestas para
el empleo de la fuerza militar. El 25 de septiembre tenían listo un
borrador para autorizar la intercepción de las comunicaciones hacia y
desde Estados Unidos sin autorización judicial previa, una forma de
vigilancia prohibida por la ley federal desde 1978.
Hacia el 6 de noviembre habían escrito un memorando que concebía todo
un nuevo sistema legal que permitiría retener indefinidamente y con
cargos a supuestos terroristas. Si fuese necesario, estos serían
juzgados por “comisiones militares”, un concepto que Cheney hizo aprobar
personalmente por Bush durante la cena. El equipo operaba en secreto.
Cuando la CNN anunció el 13 de noviembre la creación de las
comisiones militares, se escuchó decir al entonces secretario de Estado,
Colin Powell: “¿Qué diablos pasó?” También se había dejado al margen a
Condoleezza Rice, consejera de Seguridad Nacional de la época.
Al estilo Terminator
El modelo se repitió al año siguiente cuando ese mismo equipo,
operando desde la oficina de Cheney, elaboró un enfoque legal que de
hecho violaba la convención de Ginebra. Según sus términos, el
Presidente tenía el derecho de ordenar cualquier método de
interrogatorio a un sospechoso de terrorismo (llamados a esa altura
“combatientes enemigos”), sin importar lo crueles o inhumanos que
fuesen. La primera vez que Powell y Rice supieron del memo sobre la
tortura fue dos años después de haber sido escrito: lo leyeron en un
periódico.
Y luego vino Irak. Si el 11 de septiembre fue el momento de Cheney,
la invasión de Irak en marzo de 2003 puede ser vista como su perdición.
Aparte de su viejo mentor Donald Rumsfeld, Cheney hizo más que ningún
otro miembro del Gobierno para despejar el camino a Bagdad. Contemplaba
derrocar a Sadam Husein desde mucho antes del 11 de septiembre y al
entrar a la Casa Blanca ya tenía un racional para una acción militar
preventiva.
Según el ex ministro del Tesoro Paul O’Neill (otro amigo de Cheney a
quien el vicepresidente echó del Gobierno), Cheney estaba activamente
dedicado a debatir sobre “la próxima guerra en Irak y las
características de un país post Sadam” apenas 10 días después de que
asumiera el Gobierno de Bush. El Presidente, en cambio, no tenía ese
apetito o esa visión.
Considérense las opiniones polares expresadas por ambos hombres en
los debates televisados durante la elección de 2000. Debatiendo con Al
Gore, Bush dijo: “No creo que el papel de Estados Unidos sea entrar a un
país y decir ‘nosotros lo hacemos de este modo y ustedes también deben
hacerlo’”. Cheney utilizó un tono diferente en su debate con Joe
Lieberman. Interrogado sobre qué haría si se comprobara que Irak
desarrollaba armas de destrucción masiva, replicó: “Tendríamos que
considerar muy seriamente acciones militares para detener esa
actividad”.
Durante los preparativos para la guerra, el vicepresidente pronunció
su ahora famosa predicción sobre el pueblo iraquí: “nos recibirán como a
libertadores”. Con Irak, Cheney parece haber sido presa de una pasión
que sorprendió a observadores cercanos por lo poco característica de él.
Woodward escribe que Powell vio que Cheney se transformaba. Fue como si
tuviese una fiebre, una fijación insana en destruir a Sadam.
En todo esto sería burdo sugerir, como algunos lo han hecho, que el
vicepresidente daba las órdenes mientras que Bush saludaba y seguía
detrás. Pero decir que Bush tomó todas las grandes decisiones, tras
tomar debida nota del consejo de su vicepresidente, significaría no
captar los matices de su relación.
En muchos casos, los consejos de Cheney fueron tan acotados que podía
haber tan sólo un desenlace serio. En el caso de Irak, las consecuencias
para el país, para la región que lo rodea y para la reputación mundial
de Estados Unidos están a la vista. Lo que es menos claro son las
consecuencias para el propio número dos de la Casa Blanca. En los
últimos meses ha sufrido un conjunto de reveses que sin duda han
debilitado su posición en el Gobierno.
Mientras Bush está en el suelo, con porcentajes de apoyo
históricamente bajos, Cheney también ha sufrido duros golpes en su
credibilidad. Ha perdido en las circunstancias más humillantes a varias
de sus personas más próximas: Rumsfeld, Bolton, Wolfowitz y Libby
cayeron en rápida sucesión.
La Corte Suprema ha pellizcado también los talones de Cheney,
rechazando varios aspectos importantes de sus leyes antiterroristas,
entre ellas que Guantánamo estaba fuera del alcance de los tribunales
estadounidenses. Pero sería insensato dar por terminada aun a esta
suprema máquina política. Al estilo Terminator, Cheney se levanta
después de cada golpe.
Cambio definitivo de
paisaje
Con 18 meses por delante, el Gobierno sin duda ha entrado en su fase
de “pato cojo” Pero tiene tiempo suficiente para causar problemas.
Durante el último año se ha librado una batalla interna en el gabinete,
con Bush en el medio. Rice, junto al reemplazante de Rumsfeld en el
Pentágono, Robert Gates, ha estado impulsando al Presidente para
negociar con Teherán sobre lo que Estados Unidos afirma que es su
programa de armas nucleares. Por el otro lado, nuevamente está Cheney,
argumentando tenazmente que la diplomacia no es suficiente y que pueden
ser necesarias acciones militares.
Hasta hace poco la tendencia se movía decididamente en la dirección
de Rice-Gates. Pero, como se informó recientemente, la balanza comienza
a inclinarse a favor de Cheney, hacia una opción militar. Aunque pueda
parecer impensable, a la luz de Irak, Cheney todavía parece creer en la
eficacia del shock y el miedo. Ahora la pregunta es: ¿tiene aun un
último resuello?
Todas estas disputas han dejado a muchos profundamente sombríos
respecto del futuro de Estados Unidos. “Dick Cheney cambió todo el
paisaje del país”, dice el abogado Michael Ratner, del Centro para los
derechos constitucionales. “Y, quienquiera lo reemplace, no estoy seguro
de que alguna vez volvamos a donde estábamos antes de él”.