Por segunda vez en cuatro días, el presidente Lula da Silva pidió
"comprensión" al pueblo brasileño para evitar un juicio "apresurado" sobre
la culpa del accidente del Airbus A320 de TAM. Y se comprometió a informar
"la verdad" de las causas. Hizo estas declaraciones durante su programa
radial "Café con el presidente". También abordó la crisis aérea, pero
únicamente para decir que construirá otro aeropuerto en la ciudad de
San Pablo para "disminuir las posibilidades de tragedias".
En la tarde del lunes, dos diputados federales brasileños que viajaron a Washington
para seguir de cerca la investigación de los datos registrados en la caja
negra del Airbus, anticiparon el lunes algunos de los resultados que ya habría
obtenido la National Transportation Safety Board de Estados Unidos, donde
el gobierno brasileño envió el dispositivo. Dijeron que pudo haber "una
falla del computador" de la aeronave, lo que junto a ciertas condiciones
de la pista habría impedido al piloto frenar la máquina a tiempo,
antes de salir de la pista, cruzar una avenida y estrellarse contra un
edificio.
Desde Brasilia, el presidente Lula reconoció el lunes que "es una obligación
del gobierno hacer una investigación seria, sin acusar ni absolver a nadie
antes de saber qué pasó". No mencionó más que generalidades en cuanto a
las soluciones para ordenar un caos aéreo que se arrastra ya 10 meses.
Lula había afirmado públicamente en marzo: "Quiero plazo, día y hora, para
anunciar a Brasil que aquí no volverá a haber problemas en los
aeropuertos". El tiempo pasó pero la crisis no. Entre tanto, se sucedieron
declaraciones polémicas de miembros del gabinete nacional, como las de la
ministra de Turismo Marta Suplicy que recomendó a los pasajeros: "Relájate
y goza", para hacer frente a las complicaciones. Pocos días después, el
ministro de Hacienda Guido Mántega adjudicaba el caos a "la prosperidad
del país: hay más gente que viaja, más aviones, mas rutas".
El lunes, con un día lluvioso en la capital paulista, y un frente frío que
augura mal tiempo para toda la semana, los pasajeros en tanto volvieron a pasar
"un día de perros" en los aeropuertos.
Desesperados, centenas de viajeros permanecían sin saber qué hacer en el
hall del "check in" de la Terminal de Congonhas, que hasta hace una semana
era la principal del país en frecuencia de operaciones y movimiento de
pasajeros (y la segunda mayor de América latina). Muchos venían de vivir
verdaderas odiseas, como Angela, una joven publicista que viajaba con su
hijo de tres años. Había partido el domingo por la tarde desde Porto
Alegre rumbo a Curitiba, capital de Paraná; sin embargo el avión de la
compañía TAM decidió no aterrizar en destino y seguir viaje hasta Campinas
(ciudad del interior de San Pablo). Como ya no había más vuelos, la
empresa alojó a los pasajeros en un hotel y los pasó a buscar el lunes por la
mañana para que embarcaran a las 7,30. Pero con tanta mala suerte que
llegaron tarde a la Terminal. El avión ya se había ido.
Angela lloraba desconsolada, mientras otros pasajeros indignados
insultaban y empujaban a los funcionarios de TAM. Tuvo que intervenir la
Policía para enfriar los ánimos. Escenas como ésta se repitieron a lo
largo del día. El arzobispo de San Pablo, Odilo Scherer, quien el
domingo había oficiado una misa en homenaje a las más de 200 víctimas de
la catástrofe, tampoco pudo subir a un avión que debía depositarlo en
Brasilia. Desistió entonces del viaje. "Mejor es postergarlo para otro
día. Porque en esto ni yo ni nadie puede hacer milagros", comentó
resignado