Por Silvina Heguy
- enviada especial de Clarín en Atenas
La tierra es cenizas. Los treinta grados que marca el termómetro al mediodía
suben un poco más al acercarse a ella. Al costado de la autopista, que comunica
Atenas con el aeropuerto, los restos del fuego son un recuerdo. Lo son allí, en
la única zona afectada cercana a la capital, y en por lo menos cientos de
lugares más de Grecia. Pero es aún una verdad que angustia en otros cincuenta
focos que todavía arden fuera de control en la Península Helénica.
A esta tragedia se sumó el martes un terremoto de 4,8 grados de magnitud en la
escala abierta de Richter en las costas de la isla griega de Samotracia, en
el mar Egeo noreste, y otro, tres horas más tarde, en el Peloponeso, de 5 grados
en la escala de Richter. No hubo víctimas.
"Estamos todavía muy, pero muy preocupados", dice Claire Amalitou (43), una
ateniense que vio el fuego cerca de su casa. "No lo podía creer. Es una tragedia
desesperante. No sabemos todavía lo que va a pasar. Lloro. Lloro desde hace
cinco días al ver las imágenes que llegan de otras partes. Es una catástrofe."
A medida que la ruta avanza sobre el Peloponeso el cielo se vuelve gris de
humo y el calor de los últimos días de verano se vuelve más agobiante. El
aire acondicionado apenas alcanza.
El sur de la región era la que todavía ardía el martes. Los doscientos focos de
incendio que se llegaron a decretar en los últimos seis días, durante la mañana
del martes era 95 y cuando la noche llegaba bajaron a 56. El problema sigue siendo
el fuerte viento que aún sopla en las zonas de riesgo y que siempre puede
cambiar de dirección en forma imprevista.
Olimpia, la mítica ciudad de los juegos, estaba nuevamente a salvo. Gran
parte de los 9.000 bomberos trabajaban en tres ciudades: Crestena, Rodia y Lalas.
Las estaciones de servicio y las iglesias se habían convertido en refugios,
centros de evacuados extraoficiales en un operativo de salvataje criticado y
criticable.
"No tengo nada, ni animales ni casa. Tengo sólo lo puesto", decía un pastor en
la capilla de Zaharo. Había ido a buscar ropa y comida. Era un sobreviviente y
uno de los 3.000 griegos que, se estima, se quedaron sin casa durante los
seis días de incendios. La cantidad de muertos aumentó el martes. Con la muerte
de un pastor oficialmente eran 64. También se informó que son 32 los
detenidos acusados de causar los incendios que afectan más de 200.000
hectáreas de Grecia. A uno de ellos -en un juicio rápido porque lo
consideran como un terrorista- lo condenaron a dos años de prisión.
La hipótesis más fuerte sobre las causas de la catástrofe era la que culpaba a
un grupo interesado en los terrenos para inversiones inmobiliarias. "Si
se pierde el bosque, las hectáreas de parques naturales se transforman en
terrenos para construir", insistía Demetrius (56), un ateniense que se dedica a
la compra y venta de autos.
Otro que parece condenado es el primer ministro conservador Costas Karamanlis,
quien pidió a sus compatriotas "permanecer unidos" ante la "tragedia
nacional". Los griegos lo acusan de falta de previsión y de dejar solas a las
víctimas. A tres semanas de las elecciones legislativas, adelantadas para el 16
de setiembre, el costo político es alto.
El martes el gobierno llegó a ofrecer un millón de euros para aquellos que den
datos concretos sobre los causantes de tanta tragedia. Así salió a responder
a las críticas de ineficacia. El Partido Socialista griego dobló esa apuesta y
donó el treinta por ciento de los fondos de su campaña electoral para las
víctimas.
"No hay nada. No tenemos nada", decía una mujer con los ojos rojos irritados por
el humo y las lágrimas. La ayuda internacional apenas está llegando, se
quejaba una voluntaria mientras explicaba que los evacuados no se querían quedar
en los campamentos. Prefieren resguardarse en casas de amigos y familiares. En
el cielo de las zonas afectadas los hidroaviones griegos se mezclaban con los
que llegaron desde Francia, Italia y España para apagar rápido la tragedia
natural más grave que afecta a Grecia en su historia moderna.
Frixa era hasta el martes un pueblo tranquilo al sur del Peloponeso. Hasta el
martes. Las
llamas lo devoraron. El humo acorraló a sus pobladores. Se resguardaban dentro
de sus autos. Con las ventanas altas eran una sofocante cápsula de aire, pero
segura. De a uno los militares los rescataron. Bajaron con sogas desde los
helicópteros y después los subían. Abajo quedaban sus casas en llamas. Así se
salvaron en medio de ataques de pánico e histeria.
¿Y la lluvia?, preguntó Clarín. "No me acuerdo cuándo llovió por última
vez", dice Claire. "Fue a fines de junio o después. Pero parece imposible que
llueva."