os resultados de las pasadas
elecciones municipales y para la Asamblea de Expertos se nos han presentado como
una evidente derrota para el presidente Mahmud Ahmadinejad, sin embargo, una
lectura más profunda de los mismos nos permiten ver que la realidad del país
persa camina en otra dirección.
Ahmadinejad todavía tiene una inmensa popularidad en Irán, su integridad
personal y su estilo de visa es visto como un modelo sincero. Además se muestra
accesible para buena parte de la población y sigue residiendo en su barrio.
Las amenazas contra su mandato y su
futuro político no proceden de sus declaraciones sobre el Holocausto o la
apuesta nuclear, el mayor escollo que se encuentra está relacionado con su
apuesta política y económica, que disgusta a sectores muy poderosos del país.
La población iraní aplaude “la lucha contra la corrupción, su conexión con las
clases populares, buena parte de los ingresos del petróleo son destinados a la
creación de empleo, su apuesta por el sector público que pone fin a las
políticas neoliberales y privatizadoras de sus antecesores”, mientras que el
todavía poderoso bazaar iraní y los clérigos conservadores “se oponen a las
políticas redistributivas de Ahmadinejad”.
Las élites del poder actuales perciben la apuesta de Ahmadinejad por un chiísmo
revolucionario con gran nerviosismo. Los clérigos conservadores temen que la
figura del actual presidente rescate la ideología de Ali Sheriati, y que se
materialice una tercera ola revolucionaria.
La primera ola fue la Revolución
Islámica, la segunda la toma de la embajada norteamericana en Teherán, y
estaríamos a las puertas de una tercera que se estaría gestando en torno a
Ahmadinejad en los cuarteles.
Por ello no es de extrañar que esas fuerzas hayan puesto en marcha todos los
resortes a su alcance para frenar el ascenso presidencial. En primer lugar
vetaron a más de cuatrocientos candidatos cercanos a Ahmadinejad, y por si eso
fuera poco, no han dudado en impulsar una alianza de “pragmáticos, tecnócratas,
conservadores moderados y reformistas” para evitar que un triunfo de los
seguidores de Ahmadinejad se repita.
En ese pulso, “la oligarquía clerical está siendo amenazada por una ascendente
oligarquía militar” en su lucha por el control político del país, y sobre todo
de las empresas energéticas del mismo, verdadera fuente del poder económico. La
oligarquía, o clerocracia, de los ricos mullahs surgidos gracias a las políticas
neoliberales de Khatami, tiene en Rafsanjani el máximo exponente. Éste, favorito
de Occidente, es la imagen viva de la corrupción, el político más detestado y
odiado, “parece un ladrón, se comporta como un ladrón y todos saben que es un
ladrón”.
Pero la dimensión política de Irán tiene otras realidades. El movimiento de
mujeres cada día más activo, los estudiantes, que desilusionados con los
reformistas comienzan a articular nuevas alternativas de izquierda, el
movimiento obrero, que ha mantenido importantes movilizaciones y huelgas en
defensa de sus intereses, sin olvidarnos de las nacionalidades kurda, turkmeno,
azeri, baluchi o árabe, que también demandan el respeto a sus derechos.
La llamada crisis nuclear también tiene su peso, pero sobre todo en política
exterior. EEUU puede volver a perder una oportunidad para solucionarla
pacíficamente, La propuesta del director de la AIEA, Mohamed ElBaradei, ha sido
tomada en consideración por el gobierno iraní, pero desde Washington se prefiere
tensar todavía más la cuerda .
La política de confrontación estadounidense, cuyos ejemplos más recientes han
sido la detención de diplomáticos iraníes en Basora o la orden de “disparar a
matar” contra iraníes en Iraq, parece dirigir la región hacia una escalada
bélica. Bush y sus colaboradores neoconservadores no han aprendido las lecciones
iraquíes y no quieren reconocer que Irán es un actor clave para resolver la
conflictiva situación que se vive en toda la región.
En los despachos de Washington se han venido manejando cinco posibles
escenarios. El primero, ceder ante Irán y permitirle desarrollar su programa; el
segundo, sanciones e incentivos para que Irán desista; en tercer lugar, un
ataque contra instalaciones militares y nucleares en el país; el cuarto, buscar
y fomentar un cambio de régimen; y finalmente, buscar políticas de disuasión y
contención. Bush no quiere ni oír hablar del primero, el segundo sería para
ganar tiempo, mientras que la apuesta neoconservadora giraría en torno al
tercero, ya que la complejidad iraní hace inviable un cambio de régimen
impulsado por EEUU .
La complejidad de la situación y la multidimensionalidad de la misma no
aventuran soluciones a corto plazo, pero la vía diplomática debería ser el único
campo de batalla para buscar una salida definitiva a la crisis.
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(*)Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN)