El American Enterprise Institute está más que complacido de volver a
recibir a Paul Wolfowitz, uno de los principales arquitectos de la invasión
estadounidense a Iraq y quien luego debió dimitir a la presidencia del Banco
Mundial acusado de nepotismo y favoritismo.
Por Bill Berkowitz (*)- IPS
Con sede en Washington, el American Enterprise Institute (Instituto
Estadounidense de la Empresa) es una de las principales organizaciones de
expertos conservadores de este país.
A comienzos de este mes, su presidente, Christopher DeMuth, anunció que
Wolfowitz se sumaría a su equipo como especialista invitado para trabajar en
temas desarrollo económico internacional, África y asociaciones
público-privadas.
Wolfowitz dijo al periódico británico Financial Times que exploraría "algunas
maneras de hacer progresar el desarrollo en África, tanto a través del sector
privado como del trabajo de fundaciones".
Antes de ingresar al Departamento de Defensa (Pentágono) en 2001, Wolfowitz se
desempeñó como miembro del Consejo de Asesores Académicos del American
Enterprise Institute.
Tras abandonar el cargo de subsecretario de Defensa del gobierno de George W.
Bush, el Banco Mundial pareció ser el lugar perfecto para que rehabilitara una
reputación muy perjudicada por sus juicios equivocados en torno a lo que ocurría
en Iraq.
Sin embargo, casi a medio camino de su gestión al frente de este organismo
multilateral, las cosas comenzaron a aclararse a medida que aumentaban las
evidencias sobre los "lapsus" éticos de Wolfowitz.
Sus esfuerzos por ascender a su novia, Shaha Riza, una funcionaria de carrera
del banco, además de acusaciones de que era mal administrador y una creciente
preocupación entre los países miembro de que estaba usando al banco a favor de
Estados Unidos, fueron todos elementos que atizaron el fuego de la polémica.
Como señaló Graydon Carter, editor de la revista Vanity Fair, en su "Carta del
Editor" de junio (escrita antes de la estrategia de salida del Banco Mundial por
parte de Wolfowitz), las cosas habían ido tan mal para él que se había vuelto
"una fuente de ridículo dentro del organismo internacional".
Según RightWeb, un proyecto del Centro de Relaciones Internacionales, Wolfowitz
recibió evaluaciones variadas sobre su trabajo en el Banco Mundial.
Desde el ángulo positivo, "insistió para que Estados Unidos y otros países ricos
redujeran los subsidios para la asistencia al desarrollo en países más pobres,
persiguió fervientemente políticas anticorrupción y anunció medidas que
aspiraban a fortalecer al vigilante interno del banco, el Departamento de
Integridad Institucional".
Los críticos, sin embargo, fueron rápidos en señalar el hecho de que Wolfowitz
exacerbó la controversia al elegir sumar a su equipo a "asociados y partidarios
cercanos" de la "guerra contra el terrorismo" del gobierno de Bush.
El caso para deshacerse de Wolfowitz probablemente fue sellado a comienzos de
este año, cuando se reveló su actuación directa en el proceso para conseguir un
aumento de sueldo y un nuevo puesto para su novia, quien trabajaba en el
Departamento de Estado (cancillería estadounidense) pero recibiendo su salario
del banco.
Wolfowitz está familiarizado con el mundo de las organizaciones de expertos
conservadores y con los institutos de políticas públicas. Además de su trabajo
previo en el American Enterprise Institute, fue presidente de la Heritage
Foundation y del Hudson Institute. También fue uno de los firmantes originales
del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, de William Kristol.
Pese a su funesto desempeño dentro del gobierno y a sus cuestionables
actividades en el Banco Mundial, a Wolfowitz se le dio una nueva bienvenida en
su vuelta al redil.
A diferencia de otros funcionarios del gobierno de Bush que también fueron
obligados a renuncias por irregularidades, Wolfowitz vuelve ahora a una posición
en la que puede influir en las políticas públicas.
Durante la primera parte de sus más de 30 años de existencia, el conservador
American Enterprise Institute fue visto como "una dominante organización de
expertos en políticas económicas y ciencia política".
Varios respetados analistas del centro que todavía están en la institución, como
William Schneider y Norman Ornstein, "encarnan ese viejo estilo", escribió
Benjamin Wallace-Wells en un artículo de The Washington Monthly en diciembre de
2003.
A comienzos de los años 80, el American Enterprise Institute no era un
competidor para la Heritage Foundation, una organización de expertos más nueva y
con sede en Washington, en materia de políticas conservadoras a ultranza.
Heritage Foundation combinaba una capacidad de recaudar significativas sumas de
dinero de otras fundaciones conservadoras con un voraz apetito por la
publicidad. Así pudo elevar su perfil institucional a través de sus incesantes
comunicaciones con fuentes mediáticas dominantes y de derecha.
Luego que DeMuth asumió el control del American Enterprise Institute en 1986, la
organización "puso en práctica una fórmula sorprendentemente exitosa para atraer
dinero y cosechar influencia, a tono con el estilo cada vez más agresivo de la
comunidad conservadora de Washington", destacó Wallace-Wells.
DeMuth contrató al padrino del neoconservadurismo, Irving Kristol, y a Jeane
Kirkpatrick, quien fue consejera de política exterior del Ronald Reagan
(presidente entre 1981 y 1989) durante su campaña de 1980, y quien se convirtió
en la primera mujer en desempeñarse como embajadora de Estados Unidos ante la
Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Desde su puesto en el American Enterprise Institute, Kirkpatrick promovió las
políticas impulsadas por el Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC,
por sus siglas en inglés), con sede en el mismo edificio que el American
Enterprise Institute y liderado por varios notables neoconservadores, entre
ellos William Kristol, hijo de Irving.
Tanto antes como después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de
2001, que dejaron 3.000 muertos en Nueva York y Washington, el PNAC jugó un rol
agresivo al alentar al gobierno de Bush a invadir Iraq.
Otros varios arquitectos de la guerra de Iraq también estuvieron vinculados al
American Enterprise Institute, entre ellos Richard Perle, el propio
vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, el ex embajador de este país ante
la ONU, John Bolton, y el ex jefe de política del Pentágono Douglas Feith.
En febrero de 2003, el presidente Bush pronunció un importante discurso político
ante el American Enterprise Institute, trazando su plan de guerra,
"agradeciéndoles (a los miembros de esa organización) por su servicio" y apoyo a
la invasión.
La influencia del American Enterprise Institute dentro del gobierno persiste
hasta hoy.
Según Think Progress, un proyecto del Fondo de Acción del Centro para el
Progreso Estadounidense, "el plan de escalada de Bush se basa ampliamente en un
artículo del 2 de noviembre de 2006 de Frederick Kagan, analista del American
Enterprise Institute, quien alegó que Estados Unidos debería "reingresar (a Iraq)
en grandes cantidades".
En su entrevista con Financial Times, Wolfowitz señaló que no pensaba abandonar
el servicio público.
Pero dados sus malos cálculos sobre Iraq y su nefasto desempeño al frente del
Banco Mundial, otra designación de Bush sería una resurrección política para
nunca olvidar.
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(*) Bill Berkowitz es un connotado
observador del movimiento conservador estadounidense. Publica periódicamente la
columna "Conservative Watch" en la revista electrónica WorkingForChange.org.