La campaña en contra de la corrupción ha estado en el centro del
mandato de Wolfowitz. Ahora, sus propios problemas éticos
implican que el banco podría necesitar un nuevo presidente,
que tal vez volverá a enfocarse en los proyectos tradicionales
del Banco Mundial, como combatir la malaria y construir
represas, carreteras y escuelas.
Pero los esfuerzos anticorrupción llegaron para quedarse y en
cierta manera incluso se han institucionalizado. Gracias en
parte a Wolfowitz, muchos en la entidad creen que esos esfuerzos
son esenciales para lograr que la ayuda sea más efectiva al
largo plazo. Hace poco, el banco adoptó procedimientos formales
para que sus proyectos cumplan con esa meta. La pregunta que se
hacen en el banco no es blanco o negro —combatir la pobreza o
combatir la corrupción— sino cómo alcanzar e integrar ambos
objetivos y a cuál darle más énfasis.
Hay mucho en juego y la saña en la pelea en torno a Wolfowitz ha
exacerbado aún más el juego. Tradicionalmente, Estados Unidos
—el mayor donante del Banco Mundial— escoge a quién lo dirige,
mediante un pacto que permite a los europeos escoger la cabeza
de la organización hermana, el Fondo Monetario Internacional.
Debido al rencor de la pelea, la Casa Blanca podría verse
forzada, en caso de que Wolfowitz renuncie, a postular no sólo
un candidato, sino una lista de la cual los miembros del banco
podrán escoger. EE.UU. incluso podría ser forzado a proponer un
candidato de otra parte del mundo, como de alguna región donde
el banco sea especialmente activo.
Abrir la presidencia del Banco Mundial a los países en
desarrollo podría provocar un cambio en el foco político de la
institución, alejándose de mejorar los gobiernos e impulsar
economías de libre mercado —que algunos ven como prioridades de
países ricos— y orientándose más en lo que le preocupa a los
países pobres, como los proyectos para combatir la pobreza. No
obstante, algunos países en África donde prolifera la
corrupción, como Nigeria, han aplaudido el enfoque
anticorrupción.
Un presidente europeo del banco, posibilidad menos cierta,
también afectaría las prioridades de la institución. Los
funcionarios europeos han estado entre los más críticos del
enfoque agresivo de Wolfowitz, que recompensa a países que son
menos corruptos y castiga a aquellos que lo son más, aunque eso
signifique retener ayuda que podría beneficiar a las poblaciones
pobres de ese país.
La agitación viene en un momento en que muchos cuestionan las
misiones fundamentales del banco y del FMI. Desde 1990, países
en desarrollo como Brasil, México, Corea del Sur y China han
gozado de grandes inyecciones de capital privado que busca
invertir en mercados emergentes. Estos países descubrieron que
podían a menudo pedir prestado en mercados globales para
impulsar sus propios presupuestos o construir plantas de energía
sin tener que pasar por las burocracias o exigencias políticas
de los prestamistas multilaterales como el FMI. Mientras que las
inversiones anuales del Banco Mundial se han mantenido estables
durante años en US$22.000 millones, el flujo de capital privado
hacia los países en desarrollo se ha disparado, alcanzando casi
US$500.000 millones en 2005, frente a US$85.000 millones en
1990, según cifras del Banco Mundial.
Sin embargo, la importancia de la institución fue demostrada a
finales de los 90, cuando inversionistas privados se espantaron
y retiraron su dinero de los países en desarrollo. El Banco
Mundial y otras instituciones ayudaron a juntar decenas de miles
de millones de dólares en préstamos de rescate para países como
Tailandia y Uruguay.
El futuro enfoque del banco dependerá en parte de lo que pase
esta semana cuando su junta termine las discusiones sobre si
Wolfowitz debe permanecer al frente de la entidad.