Empecemos con el
problema de la pretendida hipocresía. “¿Quién quiere recibir
lecciones de alguien que dice: ‘haz como te digo y no como yo
hago’”?, preguntó un periodista. Nadie, claro está. Mas eso es
precisamente una descripción harto ajustada del póquer de
despojo unilateral que es nuestro sistema de comercio global,
juego en el que EEUU y Europa –a través del Banco Mundial, el
FMI y la OMC— dicen al mundo en desarrollo: “Bajad vuestras
barreras comerciales, que nosotros mantendremos las nuestras
levantadas”. Desde subsidios agrícolas hasta el escándalo del
Dubai Ports World, la hipocresía es el principio y la directriz
de nuestro orden económico.
El sólo crimen de Wolfowitz ha sido hacer suya la postura de la
institución internacional que dirigía. El hecho de que haya
respondido al escándalo contratando a un abogado célebre y
saliendo a comprarse un “entrenador” de liderazgo, no deja de
ser una prueba de que le ha calado en lo más hondo el estilo del
Banco Mundial: en caso de duda, gástate el presupuesto en
consultores carísimos, y llámalo ayuda.
La mentira más grave que subyace a toda esta disputa es el
sobrentendido de que el Banco Mundial era una institución con
credenciales éticas impecables, hasta que, según 42 antiguos
ejecutivos del Banco, su crédito se vio “fatalmente
comprometido” por Wolfowitz. (Muchos liberales de izquierda
norteamericanos se han apuntado a ese cuento, presos de una
prisa fugaz por obligar a los neocons a dimitir.) Porque lo
cierto es que la credibilidad del Banco estaba ya fatalmente
comprometida cuando, a cambio de un préstamo, obligó a cancelar
las becas para estudiantes en Ghana; cuando exigió a Tanzania
privatizar su sistema hídrico; cuando para prestar ayuda en las
devastaciones del Huracán Mitch, puso como condición la
privatización del sistema de telecomunicaciones; cuando exigió
“flexibilidad” laboral tras la catástrofe del tsunami asiático
en Sri Lanka; cuando impulsó le eliminación de subsidios
alimentarios tras la invasión de Irak. A los ecuatorianos les
importa un higo la novia de Wolfovitz; más agobiante les resultó
que en 2005 el Banco Mundial dejara de transferirles los 100
millones de dólares que les tenía prometidos sólo porque el país
osó gastar una porción de sus rentas petroleras en salud y
educación. ¡Menuda organización antipobreza!
Pero el área en que el Banco Mundial tiene menos derecho a la
autoridad moral es el de la lucha contra la corrupción.
Dondequiera que haya habido pillaje estatal masivo en las
pasadas cuatro décadas, allí han estado el Banco Mundial y el
FMI, y en primera línea de la escena del crimen. Y no; no, no.
No es que se quedaran mirando para otro lado cuando las
autoridades locales se llenaban los bolsillos; lo que hicieron
fue poner negro sobre blanco y por escrito las reglas conforme a
las cuales tenía que proceder el robo al grito de: “¡Más de
prisa, hagan el favor!” (un proceso conocido como terapia de
choque y de saldo rápido).
La Rusia bajo liderazgo del recientemente fallecido Boris
Yeltsin es un caso harto instructivo. Ya en 1990, el Banco
Mundial colocó a la antigua Unión Soviética ante la tarea de
imponer inmediatamente lo que llamó una “reforma radical”.
Cuando Mijail Gorbachov se negó a seguir ese curso, Yeltsin tomó
el relevo. Este buldózer de hombre no dejó estorbo ni títere con
cabeza a la hora de allanar el camino trazado desde Washington,
ni siquiera se contuvo ante los políticos rusos electos. Tras
ordenar en 1993 a los tanques abrir fuego sobre los
manifestantes, matando a cientos y dejando al Parlamento en
llamas, quedaba todo listo para las privatizaciones a precio de
saldo de los bienes estatales más preciados en beneficio de los
llamados oligarcas. Ni que decir tiene: el Banco estaba allí. A
propósito del frenesí legislador, completamente ajeno a
cualquier control democrático, que siguió al golpe de Yeltsin,
comentó en el Wall Street Journal Charles Blitzer, el economista
en jefe del Banco en Rusia: “Jamás me había divertido tanto en
toda mi vida”.
Cuando Yeltsin dejó el cargo, su familia se hizo
inexplicablemente rica, mientras muchos de sus diputados se
revolcaban por el lodazal de los escándalos de corrupción. De
todo eso se informó, como siempre, en occidente como si se
tratara de excesos locales desafortunados de un proyecto de
modernización económica globalmente ético. De hecho, la
corrupción resultaba inherente a la idea misma de una terapia de
choque. La turbulenta aceleración del cambio era crucial para
aplastar el amplio rechazo que despertaban las reformas, pero
significaba al propio tiempo, y por definición, que era
imposible su control. Además, los beneficios para los
funcionarios locales resultaban incentivos imprescindibles para
que los apparatchiks rusos generaran el amplio mercado abierto
exigido desde Washington. Ello es que hay buenas razones para
que la corrupción nunca haya sido una prioridad para el Banco y
para el FMI: sus funcionarios comprendieron cabalmente que para
reclutar políticos a favor de unos programas económicos que
necesariamente habrían de reportarles furiosos enemigos en sus
propios países, hay que estar dispuesto a llenar un poco las
cuentas bancarias que esos políticos tienen en el extranjero.
Rusia está lejos de ser un caso único: desde el Chile del
dictador Augusto Pinochet, que acumuló más de 125 cuentas
bancarias mientras construía el primer estado neoliberal, hasta
la Argentina del Presidente Carlos Menem, que conducía un
deslumbrante Ferrari Testarossa rojo mientras liquidaba su país,
pasando por los “millones extraviados” en el Irak de hoy: en
todos los países hay una clase de políticos ambiciosos y
sanguinarios dispuestos a actuar como subcontratistas de
Occidente. Cobran honorarios, y a esos honorarios se les llama
corrupción: esa socia callada pero omnipresente en la cruzada
privatizadora del mundo en vías de desarrollo.
Las tres instituciones capitales de esa cruzada han entrado en
crisis. Y no por sus hipocresías pequeñas, sino por las
superlativas. La OMC no puede volver a encarrilarse, el FMI está
en bancarrota, desplazado por Venezuela y China. Y ahora el
Banco Mundial rueda por despeñaderos.
Informa el Financial Times de que cuando los ejecutivos del
Banco Mundial dan consejos, “ahora se les ríen en la cara”. Tal
vez todos deberíamos reírnos del Banco. Pero lo que en ningún
caso habría que hacer es colaborar en el blanqueo de su ruinosa
historia repitiendo el necio cuento de que la reputación de una
respetable organización antipobreza ha resultado humillada por
un hombre. Se comprende que el Banco quiera tirar a Wolfovitz
por la borda. Yo digo que el barco deber irse a pique con su
capitán.
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Naomi Klein es la autora
de No Logo: Taking Aim at the Brand Bullies (Picador) y, más
recientemente, Fences and Windows: Dispatches From the Front
Lines of the Globalization Debate (Picador).