Cuatro años después, la misma fecha, George Bush se vio obligado a vetar el
proyecto de ley presentado por el Congreso que vincula la financiación de las
operaciones militares en Iraq y Afganistán con la retirada de las tropas
norteamericanas de Iraq.
El Pentágono no recibirá los 124,2 mil millones de dólares solicitados, si no
comienza a evacuar el contingente militar en octubre del corriente y terminarlo
hacia abril, se dice en la declaración del Congreso controlado por los
demócratas. El presidente se opuso rotundamente y por segunda vez durante seis
años de su estancia en la Casa Blanca, impuso el veto.
Este clinch- recurriendo a la terminología boxística- del poder ejecutivo al
legislativo de Norteamérica no fue inesperado. Bush realizó lo que hace mucho
había prometido. Y por consecuencia los motivos del veto presidencial son origen
del asco que experimentan los norteamericanos. Bush lamenta que el Congreso haga
caso omiso de la opinión de los generales estadounidenses que están en el campo
de batalla en Iraq y de los políticos que ni olieron la pólvora. Y por enésima
vez, enumera las horribles secuelas que podría traer la retirada de las tropas.
De nuevo los norteamericanos han vuelto a oír que el pueblo iraquí se vería
desmoralizado y decepcionado (como si este pueblo no hubiera sido escindido en
clanes beligerantes). A ellos se les inculca también que esto sería una señal
alentadora para los asesinos en todo el Oriente Próximo (como si la invasión de
EEUU a Iraq no hubiera producido el efecto precisamente de esa señal) Y el hecho
de que se concretice la retirada de Norteamérica del territorio iraquí se
convertirá en la fecha de su derrota (como si el fracaso de la campaña iraquí de
EEUU fuera una novedad).
En su discurso el presidente pasó por alto, mejor dicho, hizo concientemente
caso omiso del problema principal. Su veto al proyecto de ley significa el veto
a la voluntad de los electores norteamericanos.
El electorado aseguró a los demócratas la mayoría en ambas Cámaras del Congreso,
los que en noviembre ganaron las intermedias sobre la plataforma antimilitar. En
los últimos seis meses esos ánimos se han acentuado. Según los datos del sondeo
del Wall Street Journal - NBC News, hechos públicos la semana pasada, el número
de norteamericanos que apoyan el plan del Congreso de retirar las tropas de Iraq
sobrepasa el de sus belicosos compatriotas (el 56% contra el 37%). Además, el
55% de los encuestados están convencidos de que es imposible ganar la guerra
iraquí que ya cobró la vida de 3350 norteamericanos y de centenares de miles de
iraquíes, a despecho de los sueños con la victoria que acarician la
Administración y el generalato.
Pues bien, el veto ha sido proclamado, y ahora ¿qué?
Ambos bandos de signo contrario -el Congreso y la Casa Blanca- cayeron en una
situación bastante delicada.
Los demócratas comprenden perfectamente que ya no pueden dejar de un plumazo a
decenas de miles de jóvenes norteamericanos que arriesgan la vida en Iraq sin
moderno material bélico, municiones, comida caliente, en fin, todo lo que corre
a cargo de la financiación federal que ya se agota en junio. Sería una
profanación del patriotismo, lo que no podrán comprender también aquellos
norteamericanos que en noviembre votaron a favor de los demócratas.
A este respecto existen consideraciones solapadas. A decir verdad, los
demócratas se afligirían mucho, si su proyecto de ley fuese aprobado por el
presidente. En esos 19 meses que quedan hasta las presidenciales en EEUU., lo
que menos quisieran los demócratas sería asumir la responsabilidad por los
sucesos en Iraq. Que quienes tramaron el caos, respondan por él. Desde el punto
de vista de los demócratas, les es mucho más ventajoso adelantar hoy nobles
ideas pacificadoras que no se hacen realidad por culpa de los adversarios
políticos. Quieren hacer ver cómo se preocupan por acelerar el retorno de los
jóvenes norteamericanos a sus hogares. Y "a nuestras buenas intenciones
responden con el fuego de las armas de grueso calibre: el veto presidencial".
Por otro lado, la espada de Damocles de la carrera electoral presidencial se
cernió sobre los republicanos. En su seno arraigan los recelos: la inflexible
argumentación ortodoxa de Bush a favor de la guerra impopular podrá costar muy
caro a su partido en las elecciones del 4 de noviembre de 2008.
Como resultado, la objetiva realidad política de Norteamérica empuja al Congreso
y la Casa Blanca a aceptar compromiso.
Según todos los indicios, ni la Cámara de Representantes ni el Senado podrán
reunir dos tercios de votos para el veto presidencial: demasiado insignificante
es la superioridad numérica de los demócratas. Tiene más probabilidades otro
guión: los demócratas podrán dar marcha atrás respecto al calendario de retirada
de las tropas. En resumidas cuentas, tienen un sinnúmero de otras posibilidades
para introducir esta exigencia en los futuros documentos, por ejemplo, en el
proyecto de ley que legalice las operaciones del Pentágono en 2008, que será
sometido a la consideración del Congreso ya a mediados de mayo. Lo que los
demócratas no darán a Bush, es el cheque en blanco para que pueda proseguir la
guerra.
A su vez, la Casa Blanca podrá calmar las pasiones de los demócratas moderando
las condiciones que se le imponen al gobierno de Iraq. Por ejemplo, obligar al
premier Nuri al-Maliki a garantizar en un grado mayor la seguridad y consentir
en el reparto de los dividendos provenientes de la extracción de petróleo.