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ómo entender que el enfrentamiento entre Hamas y Fatah
--las principales
organizaciones palestinas-- y la virtual separación de los territorios de la
Franja de Gaza y de Cisjordania constituyen esa "ventana de oportunidad para la
paz" con la que se entusiasmó el presidente George W. Bush esta semana al
recibir en Washington al primer ministro israelí Ehud Olmert? Hay algo en esta
visión que huele a oportunismo pobremente fundamentado.
La secuencia de este pensamiento es bastante sencilla de descifrar. El choque de
armas intestino en Palestina es algo que tanto israelíes como estadounidenses
alentaron desde la victoria electoral de Hamas de hace 16 meses --incluyendo la
provisión de armas a Fatah-- pero el desenlace de la quiebra territorial no
figuraba en ningún plan. Como no lo estaba la sospecha de que los
extremistas de Hamas podían ir tan lejos.
El resultado, no por imprevisible, deja de sugerir que viene preñado de regalos.
Por lo pronto ha dejado a Hamas atrapada en sus consignas más incendiarias, en
la necesidad de seguir reivindicando un estado teocrático islámico que tiene
cero posibilidades de instalarse en ese lugar bajo el sol, en su expulsión del
gobierno de coalición que compartía con Fatah y en la asfixiante realidad de un
cerco físico a Gaza que hace temer por la suerte del millón y medio de
palestinos que allí vive (vivir es un verbo extremadamente pobre en este
caso).
Resulta que ahora este desastre parece habilitar a Jerusalén y a Washington a
apostar a los "moderados" entre los palestinos y a ignorar, sin siquiera
sonrojarse por ello, el mandato electoral aun válido de Hamas; algo que harán
por primera vez a partir del próximo lunes en la ciudad turística egipcia de
Sharm el Sheik respondiendo a una invitación del presidente Hosni Mubarak.
Hay, sin embargo, persianas que amenazan con desplomarse sobre esta "ventana de
oportunidad". Vayamos de una en una.
El lugar y el convite son de dudosa calidad. Mubarak es, sí, una voz de peso en
el mundo árabe pero no la única ni la más estentórea. En la misma ciudad y con
los mismos medios diplomáticos ha intentado antes vender forzados esquemas de
pacificación que sólo dieron por resultado el fracaso. Otros estados árabes,
Arabia Saudita es uno de ellos, están ya advirtiendo que el negocio de ignorar a
Hamas de modo absoluto puede ser una fórmula de vuelo más que corto.
Que los saudíes propongan además la recreación del gobierno compartido es algo
que solo vale en lo retórico, pero la advertencia subyacente es válida: Fatah y
Hamas siguen siendo las dos organizaciones palestinas con mayor
representatividad y esto no cambiará de la noche a la mañana. Una encuesta de
esta misma semana mostró que la opinión pública palestina responsabiliza por
igual a ambas por la violencia fratricida de los últimos tiempos, pero
también que las dos obtendrían porcentajes de votos muy similares a los que
obtuvieron en enero del 2006, si pudiesen celebrarse elecciones ahora. En el
largo plazo, Hamas no podrá ser excluida en cualquier fórmula que aspire al
éxito, guste o no.
Por lo demás, está la recientemente descubierta "moderación" de Hamas con sus
dos principales figuras, el presidente Mahmoud Abbas y su novel primer ministro
Salam Fayyad. Estos hombres están teniendo más suerte que en la que sus
últimos meses de vida tuvo Yasser Arafat, líder histórico de Fatah, quien
insistió en gritar a oídos sordos que él era un "moderado" mientras las fuerzas
israelíes lo mantenían como virtual prisionero en Cisjordania acusándolo de
"terrorista".
Otra pregunta ¿conviene que los "moderados" sean vistos como tales por los
propios palestinos y el resto del mundo árabe? Se podría decir que sí y que el
dinero que ahora se les promete desde Occidente y Jerusalén servirá para mostrar
el ejemplo del rédito de esa moderación a quienes aun no creen en ella.
Conviene, sin embargo, no alterar el orden natural de prioridades. El problema
central de los palestinos no es, pese a su debilidad económica, el dinero: es
la concreción de su identidad nacional en un estado y mientras cualquier
fórmula no ponga este tema por delante no habrá progreso efectivo, con o sin
Hamas.
La "moderación" puede volverse así en contra de quienes la elogien.
Fayyad, ya una rareza como antiguo burócrata del Banco Mundial, y el propio
Abbas están rozando la peligrosa frontera de la traición en la percepción de la
opinión palestina y árabe. Solo hay que recordar la condena y el magnicidio
posterior del egipcio Anuar el Sadat después que se atreviera a firmar la paz
con Menahem Begin. Y también el desprestigio que se desplomó sobre Arafat
después de su reunión con Ehud Barak, a pesar de haberse negado a aceptar la
propuesta israelí.
¿Por lo demás, tiene sentido de revestir de euros y dólares a la administración
de 200 mil burócratas de Fatah aquejada como está por una corrupción
imposible de disimular y a sus trece agencias de seguridad armada a los que
no caracterizan las prácticas moderadas ni el comportamiento democrático? Y en
Gaza, ¿qué sentido tiene dejar que se convierta en un ente que irradie prácticas
terroristas? Quizá la "ventana de oportunidad" este realmente abierta pero no
será disfrazando las prioridades como mejor se la aproveche. No vaya a ser que
algunos terminen extrañando un día la barbarie de Hamas como hoy pueden extrañar
el liderazgo de Arafat.