Es fácil entender por qué Blair no es objeto de un mayor afecto en Irak. El 8
de abril de 2003, justo antes de la caída de Saddam Hussein, tropas británicas
distribuyeron un panfleto en árabe que contenía un mensaje de paz de Blair a los
iraquíes. Este prometía "un Irak pacífico y próspero gobernado por el pueblo
iraquí".
Los iraquíes saben de sobra que esto nunca ocurrió. Cuatro años después de la
carta, Irak es quizás el país menos pacífico del mundo. Bagdad es presa del
terror. El jueves, que fue un día tranquilo, la policía recogió 21 cuerpos de
hombres asesinados. Nadie sabe cuántos cadáveres haya en el fondo del río o en
tumbas poco profundas en el desierto.
Irak no sólo no es próspero, sino que su población está cerca de la
desnutrición, pues 54 por ciento de los habitantes vive con menos de un dólar al
día, y 15 por ciento trata de subsistir con sólo cinco céntimos de dólar. Cerca
de 60 por ciento de los iraquíes está desempleado. De los 34 mil doctores que
había en Irak en 2003, 12 mil han huido del país y otros 2 mil han sido
asesinados, según la Organización de Naciones Unidas.
La otra promesa de Blair en cuanto a que Irak sería gobernado por iraquíes
tampoco ha sido cumplida, a ojos de la población. Una encuesta publicada esta
primavera demostró que 59 por ciento de los iraquíes cree que Irak es controlado
por Estados Unidos y sólo 34 por ciento piensa que el control es iraquí.
En Gran Bretaña las críticas hacia Blair giran básicamente en torno a la
decisión de ir a la guerra, el dossier "tramposo" y la ausencia de
armas de destrucción masiva. Esto ha sido una ventaja para él. Repetidamente ha
dicho que Saddam Hussein era un dictador malvado y que no se arrepiente de
haberlo derrocado.
Muchos iraquíes estarían de acuerdo. Ellos no lucharon por Saddam, ni
siquiera los supuestamente leales miembros de la Guardia Republicana, y la
mayoría fue feliz al ver el fin de su desastroso mandato. Pero un mes después
del supuesto fin de la guerra, Blair se plegó a lo que fue esencialmente una
decisión estadunidense, al permanecer ocupando el país para reformarlo a su
antojo. Es de esta decisión que surgieron todos los desastres actuales.
Blair nunca dio la impresión de saber mucho de Irak cuando lo invadió ni de
haber aprendido nada de él en los pasados cuatro años. Sus discursos y
declaraciones sobre el tema fueron, con frecuencia, pueriles. El primer año tras
la caída de Saddam se vivió bajo una ocupación absoluta. Durante el segundo año
hubo una independencia iraquí de nombre, bajo el gobierno de un gobierno no
electo de iraquíes pro occidentales.
Las elecciones de 2005 vieron el triunfo de los partidos religiosos chiítas,
para decepción de las embajadas estadunidense y británica, que desde entonces
han buscado neutralizar su influencia.
Siempre ha sido difícil saber qué tanto Blair se creyó su propia propaganda.
Una y otra vez decía que la mayor parte de Irak estaba en paz, y que la prensa
exageraba la miseria que se vivía, cuando había progresos. Fue una gran ventaja
para él que esas plácidas provincias de las que hablaba, en realidad fueran tan
peligrosas, que ningún reportero fue ahí para refutar las afirmaciones del
primer ministro.
Ninguna política exterior o militar podía haberse basado en las tonterías que
Blair repetía sobre Irak. Dijo que la insurgencia estaba aislada cuando que
ésta, desde las primeras fases de la guerra, tuvo amplio apoyo de la comunidad
sunita. En marzo pasado, 78 por ciento de los iraquíes se oponían a la presencia
de las fuerzas estadunidenses y británicas, según una encuesta de alcance muy
amplio.
Hubo otra muy fea consecuencia de esto. En Afganistán, Al Qaeda contaba con
escaso apoyo. Sus números eran tan pequeños que para filmar sus videos
promocionales mostrando a sus combatientes en acción, se tenía que contratar por
día a hombres de tribus locales. En los primeros meses de la ocupación de Irak,
Al Qaeda encontró por primera vez un ambiente de empatía en el cual crecer. El
"terrorismo" que Blair denunciaba con tanta regularidad se incubó y floreció en
condiciones que él contribuyó a crear.
Irak dejó expuestas no sólo las debilidades de Blair sino las de Gran
Bretaña. Ha sido extraño para mí en los últimos cuatro años el volver a Londres
desde Bagdad preguntándome si la gente realmente sabe lo que está pasando en
Irak. Casi inmediatamente descubrí que desde el taxista hasta el funcionario
público lo saben todo sobre los errores cometidos en Irak, pero también están
resignados a que no pueden hacer nada al respecto.
Blair no es el único primer ministro británico que comete errores
catastróficos en Medio Oriente. Se dice que Lloyd George pudo haber permanecido
como primer ministro vitalicio, por ser el arquitecto de la victoria de 1918,
pero cuatro años más tarde se vio obligado a renunciar por haber intentado ir a
la guerra con Turquía.
En 1956 Anthony Eden invadió de manera desastrosa Egipto y se justificó con
palabras a las que Blair hizo eco casi medio siglo después, alegando que Nasser
era una amenaza para Medio Oriente.
Lloyd George y Eden fueron rápidamente desalojados de Downing Street. Blair
no lo permitió y se aferró. Esto es lo que vuelve tan venenoso su legado en
Irak. Durante cuatro años le ha colgado los colores de la bandera británica a
una fallida política estadunidense sobre la que Londres no tiene influencia
significativa. Ha puesto de manifiesto una humillante dependencia británica
hacia Washington sin lograr ventaja alguna.
En cuanto a los iraquíes, pese a su retórica sobre haberlos rescatado de
Saddam, Blair se ha mostrado asombrosamente indiferente a su destino.
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*Némesis es la diosa
griega de la justicia retributiva, la venganza y la fortuna. En inglés es común
usarlo en referencia a algo que da su merecido a la persona en cuestión. (N de
la T).