Todo listo, aquello olía a éxito de inteligencia asegurado. Se construyó un
túnel de 450 metros de largo que serpenteaba a seis metros de profundidad. Para
1957, la CIA y sus pares británicos interceptaban toneladas de información del
enemigo, recogida a borbotones en la efervescencia de la Guerra Fría. Medio
millón de llamadas, grabadas en 50.000 cintas. Allí había desde diálogos entre
altos cargos y mero chusmerío de soldados rasos soviéticos. Tal era el festival
de datos que pasaban los años y la CIA seguía analizando charlas. Y nada. Nunca
nada. Ni un dato útil. Ningún hallazgo.
George Blake fue el culpable del fiasco. El ex diplomático de origen holandés y,
a la vista de todos, un fiel espía de la corona, era en realidad un doble agente
soviético que se encargó de avisar a la KGB del bendito túnel. Moscú se regodeó
con el plan y vio una formidable ventana para desinformar al enemigo.
Durante casi un año, los soviéticos dejaron a británicos y estadounidenses
escuchar y escuchar... nada importante. El cuento se terminó cuando la KGB
decidió que ya era hora de denunciar la existencia del corredor.
La inteligencia soviética hizo estragos con sus dobles espías infiltrados en las
vísceras del reino. Tenía tres redes de espías, una en Cambridge, otra en
Oxford, y una tercera llamada el "Green Ring" que reclutó ciudadanos británicos
comunes para robar secretos a la corona.
El caso de Harlod "Kim" Philby remite a la célebre historia de los "espías de
Cambridge". Durante 30 años Philby, al frente de un equipo de británicos de pura
cepa -John Cairncross, Buy Burgess, Donald MacLean y Anthony Blunt-, tuvo acceso
a todos los documentos confidenciales del gabinete de guerra de Wiston Churchill.
Philby huyó a la URSS en 1963. Murió en Moscú en 1988. George Blake, a su vez,
fue detenido, juzgado y condenado en 1961.
Queda aún por relatar el escándalo John Profumo-Christine Keeler. El, secretario
de Defensa británico, casado con una glamorosa actriz de cine. Un conservador
que había logrado trepar hasta el gabinete de ministros. Ella, una prostituta,
amante del agregado naval soviético, y espía soviética.
En 1963, Profumo renunció. Keeler fue juzgada y enviada a prisión.
Ninguno de los otros casos de espionaje soviético en Gran Bretaña escandalizó
tanto a la rigurosa sociedad británica como el caso Profumo. Como recuerda un
periodista del diario The Guardian: "Aun hoy, en nuestra peculiar sociedad, nos
excitamos cuando descubrimos a un ministro con los pantalones bajos. En 1963,
esa misma noción era profunda y deliciosamente shockeante".
Profumo murió en marzo de 2006, a los 91 años en Londres.