"Jihad, habibi, Jihad" gritaba el joven marroquí, a la salida de
la mezquita de Regent Park, en Londres. Acababan de finalizar las
oraciones del viernes a la tarde y los musulmanes salían en grupos,
diferenciados en su origen por las formas de sus turbantes y túnicas.
Algunos respondían con insultos, otros sonreían o lo ignoraban. La policía
lo dejó gritar un rato hasta que intervino, sugiriendo con firmeza que se
dispersara, bajo pena de ser detenido por obstrucción de la salida. A una
semana de los atentados terroristas frustrados en Gran Bretaña y en el
segundo aniversario de los ataques del 7/7 en Londres, la libertad de
expresión sigue siendo un derecho que los musulmanes ejercen en el reino,
así llamen abiertamente a la "Guerra santa".
Dos millones de británicos musulmanes viven en Gran Bretaña y al menos
cinco millones se han sumado como inmigrantes para vivir en un país que
los mira cada día con más desconfianza y hasta miedo, cuando comparten el
transporte público. Ser musulmán hoy entre los británicos implica
definirse sin excusas contra el ejercicio del terrorismo y rechazar que lo
ejerciten en su nombre. La participación de médicos especialistas y bien
educados de Oriente Medio en los atentados en Londres y Glasgow volvió a
convertirse en la pesadilla de los musulmanes moderados. Reavivaron la
mutua pérdida de confianza que se inicio con los atentados
protagonizados por británicos hijos de la inmigración en los subterráneos
dos años atrás y ponen en peligro una vez más los delicados equilibrios
para la convivencia intercomunitaria, con la guerra de Irak y Afganistán
en marcha y la ocupación de los territorios palestinos.
Los musulmanes británicos rechazan plenamente los atentados en nombre del
Islam. Pero a diferencia del resto de los británicos, "comprenden las
razones" que llevan a una nueva generación a elegir el "martirologio", el
Islam radical y el terrorismo. "Nosotros condenamos completamente estos
atentados. Violan los preceptos del Islam", explica el economista
paquistaní Ajaz Majid, a la salida de la mezquita. "Pero están
directamente relacionados con lo que pasa en Irak, en Palestina y las
políticas que les permiten EE.UU. y la Unión Europea a Israel".
El nuevo gobierno de Gordon Brown se está diferenciando en el lenguaje y
en la estrategia de Tony Blair. Condenó los atentados sin mencionar al
Islam, aclarando que ninguna fe los justificaba. Y llamó a la comunidad
musulmana a colaborar reivindicando la identidad británica que habían
elegido como inmigrantes. Los primeros jidahistas fueron los
seguidores de Bin Laden como mujaidines a Afganistán. La segunda ola son
los jóvenes más brillantes y educados de Oriente Medio, que partieron de
sus conservadores países y se radicalizaron en Occidente, donde no
pudieron soportar ni adaptarse a los nuevos valores. Osama Bin Laden es
ingeniero, su número dos Ayman Al Zawahiri no es sólo médico pediatra sino
farmacéutico y cirujano egipcio, Mohamatd Atta era arquitecto urbanista y
Mohamed Asha, líder de los médicos terroristas británicos, es un neurólogo
jordano.
"Los que protagonizaron los atentados representan una 'anomia social'. Se
sienten rechazados pero rechazan la cultura de sus padres como la que
viven en Occidente. Esto se traduce en la búsqueda de una filosofía
que no es ni occidental ni es el Islam pasivo de sus padres y la
encuentran en el Islam radical" explica Clive Walker, experto en
terrorismo de la Universidad de Leeds.
El intento de integración del gobierno no basta. Los musulmanes no sólo
son mirados con recelo sino que la policía los detiene, les revisa los
autos. Han comenzado ataques incendiarios a negocios e indios y
paquistaníes de origen y temen que el fenómeno se expanda.
Bilal es un estudiante radical de Islam. Después de unos años de
drogadicto, descubrió el salafismo en la cárcel donde cumplía una condena
por robo y ahora vive la religión a su manera. "No temo ir a Guantánamo.
Le digo a Blair, a Bush, a Brown: desocupen los países musulmanes y dejen
de apoyar a los dictadores que defienden sus intereses. Es desocupación o
guerra santa" dijo.
Safdar, rico hombre de negocios saudita de vacaciones en Londres, está
convencido: "Ocupan Irak en nombre de la democracia y apoyan a un dictador
paquistaní como Musharraf por sus intereses. Este terror sólo se va a
acabar cuando dejen a los países musulmanes respetar sus creencias y sus
costumbres. El terrorismo es hijo de la frustración".
"No en nuestro nombre". El mismo slogan que fue usado por los británicos
que manifestaban contra la guerra en Irak en Londres después de la
ocupación está siendo usado por un grupo llamado "United Muslims" para
rechazar los atentados en Londres y Glasgow. El grupo comenzó a publicar
avisos pagos en todos los diarios británicos para construir un consenso de
condena al terrorismo. Los jidahistas hacen una reforma al versículo:
consideran que el Corán prohíbe la muerte de una persona "excepto como un
castigo por asesinato y otra villanía en la tierra".
En la puerta de la mezquita, el imán reparte un libreto: Breve e
ilustrada guía para comprender el Islam. En la página 60 está la
explicación para la condena a los atentados terroristas frustrados: el
profeta Mahoma prohíbe los castigos con fuego.