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España: la carga de ETA, a cuenta de la crispación
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(IAR-Noticias) 10-Junio-07
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Manifestación contra el secuestro de un
concejal del Partido Popular ajusticiado por ETA |
El extremismo del separatismo vasco que vuelve a plantear la vía
armada y el enojo de la oposición conservadora, debilitan a Rodríguez
Zapatero.
Por Oscar Raúl Cardoso
- Clarín
J osé Luis Rodríguez Zapatero está en problemas. Hacia fines de
mayo su Partido Socialista Obrero Español perdió las elecciones
municipales a manos de la oposición de centroderecha, el Partido Popular.
Es verdad que la diferencia en porcentajes fue más delgada que una hoja de
papel de arroz --35,6% para el PP 34,9% para el PSOE--, pero la tradición
política del país enseña que quien gana comicios comunales se alza con
la victoria en la siguiente elección nacional. Y Rodríguez Zapatero
deberá revalidar su mandato en las urnas el próximo mes de marzo
También es cierto que, por ínfima que sea aquella diferencia, alcanzó para
mostrar a un PP que abandonaba la posición de la impotencia perdidosa en
la que parecía atrapado desde que Rodríguez Zapatero se alzó con el
Gobierno en 2004 en una elección que, en las encuestas, parecía imposible
y derrotando al favorito, Mariano Rajoy.
Pero el eclipse relativo de la estrella socialista está predatado.
En diciembre pasado cuando el grupo separatista ETA (Patria Vasca y
Libertad) volvió a la agresión violenta --matando dos ciudadanos
ecuatorianos con una bomba en el aeropuerto de Barajas--, momento desde el
cual el Gobierno socialista pareció quedar a la deriva en una herida
abierta de violencia con la que España convive desde hace 40 años.
Hace unas horas ETA decidió sincronizar su discurso con su acción y puso
las palabras en el mismo lugar violento del que partió la más
reciente explosión. Anuló así el cese del fuego unilateral que había
declarado el año pasado, hace 14 meses, y abrió las puertas a una nueva
ola de ataques que ahora la opinión pública aguarda naturalmente
crispada.
Conviene poner en perspectiva ese peligro. ETA es una organización
seriamente afectada por la represión de largos años y sometida a un severo
desprestigio en la opinión pública española.
Esa represión se realiza ahora de modo cooperativo desde ambos lados de la
frontera franco-española en el País Vasco. Un ejemplo es que en los
últimos cuatro años ha cobrado cuatro víctimas fatales que --aunque no
reduce la dimensión de tragedia de esos asesinatos-- marca una
diferencia sustancial con el pasado: 800 muertes en 30 años.
Así y todo es difícil evaluar la capacidad operativa de sus comandos. Es
más que seguro que ETA haya aprovechado la relativa calma de estos meses
para reorganizar sus cuadros y aun para reabastecerse (hace poco
robó armas de fuego de un depósito militar francés) y el solo hecho de que
haya podido atentar en Barajas no es un dato que llame a nadie a la
tranquilidad.
Uno sólo tiene que retrotraerse a los ocho años del anterior primer
ministro, José María Aznar del PP, para encontrar varios anuncios
oficiales vacíos sobre la derrota definitiva de ETA.
Ahora bien, Rodríguez Zapatero ha quedado con un esquema pacificador
hecho añicos entre sus manos y del otro lado la voz de la derecha --que
reclama el aniquilamiento del grupo, nada menos-- que se vuelve más
estentórea, producto de los nuevos desarrollos. ¿Otra vez habrá que
privilegiar lo militar como respuesta al desafío del ETA?
La historia muestra que este camino tampoco lleva a España al puerto de la
paz anhelada. ETA sigue teniendo en el País Vasco un núcleo duro de
simpatizantes en esa sociedad que, aunque minoritario, es esencial a
la hora de permitirle desarrollar actividades.
Acéptese o no, es como postuló el escritor vasco Bernardo Atxaga, si ETA
es ahora una pesadilla, "aunque lo olvidemos o no queramos aceptarlo
muchas pesadillas políticas comenzaron como un sueño, como una noción
compartida de utopía. Es lo que le ha sucedido a los vascos".
Eso es lo que algunos recuerdan del origen de ETA --fundada por un grupo de
universitarios en las años 60-- por mucho que a la mayoría le parezca
absurdo. Curiosamente aunque Rodríguez Zapatero conserve sólo jirones de
su proyecto original, su visión sigue siendo la mejor; hallar una
solución negociada al conflicto.
Esto no quiere decir que las fuerzas de seguridad españolas se abstengan
de operar contra ETA como tienen que hacerlo, porque la seguridad pública
es prioritaria para ellas y porque la impone la ley vigente.
Pero depender sólo de las armas y quizás --como en épocas de otro
socialista, Felipe González-- de alguna forma de guerra sucia ya se ha
probado insuficiente.
Hay más que la suerte del País Vasco comprometida en esto. Está el
estatuto autonómico para Cataluña, ahora bajo análisis judicial, que
promete favorecer un viejo anhelo: mantener a España unida mientras
permite un máximo posible de libertad para que las identidades y
culturas que la conforman no se sientan asfixiadas.
Para Rajoy y su PP la tentación de un triunfo en marzo es ahora un imán
poco menos que irresistible. Consecuentemente sólo parece importarle
caer sobre la espalda socialista ya dolorida. Quizá harían bien los
políticos españoles en volver su mirada a lo que acaba de producir la
larga negociación entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte:
un gobierno compartido impensable hace menos de una década.
Por lo demás, en el problema vasco no hay, como en el irlandés, dos
facciones radicalizadas --las que ahora se sientan en las sillas de un
mismo gabinete-- algo que ciertamente favorece las posibilidades españolas.
Pero lo sucedido en Irlanda fue posible, entre otras razones, porque
laboristas y conservadores se empeñaron en un mismo curso, sin
claudicar en los momentos críticos o confusos que se sucedieron desde los
acuerdos del Viernes Santo a fines de la década pasada.
En todo caso lo que está en la esencia misma del caso irlandés es posible
hallarlo, como demanda, en el español: una actitud inteligente es más
difícil, pero también siempre más provechosa, que sólo una violenta.
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