Cuando Alemania aún no salía de su estupor por los violentos
choques entre activistas "globalifóbicos" y la Policía en la ciudad
norteña de Rostock, el fin de semana, con un saldo de mil heridos, el lunes,
otra vez, se desataron los disturbios por parte de manifestantes
que protestan por la cumbre del Grupo de los Ocho (los siete países más
industrializados y Rusia) que comienza este miércoles, en el super custodiado
balneario vecino de Heiligendamm.
Las nuevas "escaramuzas" que incluyeron piedras y botellazos entre unos
2.000 manifestantes y la Policía, suponen el tercer día de incidentes,
provocando alarma en el gobierno de Angela Merkel, anfitriona del
encuentro y presidenta de turno del G-8.
Entre 10.000 y 15.000 personas marcharon el lunes hacia el puerto de la ciudad
y un centenar tomó instalaciones migratorias para protestar contra el
trato dado en Europa a los extranjeros. Hubo 49 arrestados y un número no
determinado de heridos
Entre ayer y hoy se esperaba la llegada de unos 80.000 manifestantes.
El gobierno alemán se declaró sorprendido por la fuerza de las protestas y
su violencia, y dispuso un inusitado despliegue de seguridad con 16.000
policías en torno al balneario de Heiligendamm.
Las autoridades alemanas montaron un operativo de seguridad impresionante
para proteger a los jefes de gobierno de los países del G-8, que se
reunirán desde el miércoles hasta el viernes en este balneario sobre el
Báltico alemán. Hace meses que se está vigilando a los grupos de
ultraizquierda y críticos a la globalización. En mayo se hicieron
numerosas razzias y controles, incluidas pruebas de olor corporal y
vigilancia de correspondencia.
En el exclusivo balneario donde estarán, entre otros, los presidentes
George Bush y Vladimir Putin, se montó una valla de protección de varios
kilómetros y se prohibieron las manifestaciones.
Voceros policiales, autoridades de seguridad y dirigentes de todos los
partidos políticos destacaban el lunes su preocupación frente a unos
disturbios que algunos medios, como el diario berlinés Tagesspiegel,
calificaban de "una nueva dimensión de violencia" y de hechos "pocas veces
vistos" en el país.
"Se debe actuar con absoluta dureza contra estos criminales", declaró el lunes
el ministro del Interior, el cristianodemócrata Wolfgang Schäuble,
mientras algunos de sus correligionarios pedían que la Policía comience a
utilizar balas de goma. También Harald Ringstorff, primer ministro
regional de Mecklemburgo (donde se encuentra Rostock) abogó por detener
preventivamente a quienes pudieran provocar incidentes. "Se actuará con
toda la fuerza de la ley contra los que solo tengan en la cabeza provocar
disturbios", declaró el socialdemócrata Ringstorff.
El gobierno de Merkel condenó duramente los incidentes del fin de semana y
llamó a los manifestantes a distanciarse de los violentos.
"Esperamos que la cumbre tenga éxito y que se concentre la atención en el
contenido y no en las cuestiones de seguridad", dijo el lunes el portavoz del
gobierno, Ulrich Wilhelm.
El presidente del sindicato alemán de Policía, Konrad Freiberg, declaró en
cambio al diario Bild que cree que todavía no pasó lo peor.
"Podemos estar contentos de que no haya policías muertos", declaró
Freiberg, partidario de hacer controles previos a las marchas. "Quien
tenga piedras o cuchillos debe ser detenido inmediatamente", agregó en la
entrevista con Bild.
El fin de semana, la Policía solo hizo algunos controles al azar de
mochilas y bolsos. El lunes, las autoridades de seguridad decidieron cambiar
de estrategia para enfrentar posibles desbordes. Tres hileras de policías
militarizados marcharon a cada lado de la manifestación en Rostock. Aún
así ocurrieron desmanes.
Metáforas
Claudio Mario Aliscioni
Ya casi no sorprende la violencia de los incidentes
en estas cumbres de líderes mundiales. Tampoco los enormes contingentes de
manifestantes congregados. El rostro más notable de estos megaencuentros quizás
sea ahora el inusitado grado de aislamiento de los representantes de millones de
voluntades; líderes cada vez más apartados en islas artificiales donde el
cuidado por la seguridad adquiere un peligroso parecido al limbo más
desconectado de las necesidades terrenas. Sobrecoge la escena. Es una
perturbadora, inquietante metáfora de la forma en que la política moderna asume
el lazo con lo que la sustenta: el votante.