La canciller (jefa de gobierno) de Alemania, Angela Merkel, aseguró en
reiteradas ocasiones que los países del G-8 (el suyo, Canadá, Estados Unidos,
Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia) cumplirán su compromiso de
duplicar la asistencia al desarrollo de África para 2010.
Merkel y otros altos funcionarios alemanes insisten en que la inversión del G-8
en África debe aumentar para mejorar las oportunidades económicas que el
continente ofrece al sector privado.
Lo mismo dicen numerosos activistas, desde la estrella de rock Bob Geldof a
directivos de importantes organizaciones de fomento al desarrollo.
Pero pocos mencionan la que quizás sea la cuestión clave para el desarrollo de
África: la necesidad de una reducción de los subsidios y aranceles con que la
mayoría de los países del G-8 amurallan sus mercados para proteger a sus
agricultores.
Numerosos estudios advierten que esas barreras contribuyeron en gran medida,
durante los últimos dos decenios, a socavar el desarrollo de ese continente y de
otras regiones pobres del planeta.
No se trata de un asunto desconocido para políticos y analistas de radicados en
los países del G-8. Ya en 2005, el Informe de Desarrollo Humano del Programa de
las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) tenía como título: "Cooperación
internacional en la encrucijada: Asistencia, comercio y seguridad en un mundo
inequitativo."
"El problema básico que deben atender las negociaciones agrícolasde la
Organización Mundial del Comercio (OMC) pueden resumirse en cinco palabras:
subsidios de los países ricos", indicaba el informe.
"En la última ronda de negociaciones comerciales multilaterales (lanzada en
Doha, Qatar, en 2001), los países ricos prometieron cortar los subsidios
agrícolas", pero, según remarcaba el informe, esos mismos subsidios crecieron
constantemente.
Los países más ricos gastaron en 2005 1.000 millones de dólares en asistencia a
la agricultura en los países pobres, mientras asignaban la misma suma, pero cada
día, a varias formas de subsidios a la producción agrícola interna. "Es difícil
de imaginar un orden de prioridades menos adecuado", indicaba el informe del
PNUD.
La situación no ha cambiado mucho desde entonces.
A este "orden de prioridades" representado por las barreras comerciales de la
Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y Japón a la producción agrícola de países
pobres de África, Asia y América Latina, se suman algunos elementos de la
asistencia al desarrollo y de emergencia a esas mismas regiones.
En ese sentido, cabe destacar el aporte financiero estadounidense al Programa
Mundial de Alimentos (PMA).
Washington es el principal donante de esta agencia de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU), con 1.200 millones anuales. Pero la ayuda está
condicionada: con ese dinero debe comprarse alimentos producidos en Estados
Unidos, por lo que constituye un subsidio oculto a los agricultores de ese país
y una barrera insuperable para los productores del Sur pobre, incluso en
periodos de emergencia.
"La buena práctica en casos de emergencia es suministrar apoyo en efectivo al
PMA, para que la agencia pueda comprar cereales a un costo adecuado", dijo Alice
Wynne Wilson, de la organización no gubernamental ActionAid.
"Llevar grandes volúmenes de alimento a una región donde existen áreas
superavitarias puede conducir a una situación en que haya escasez en algunas
áreas de un país dado y comida allí producida pudriéndose en otras", explicó
Wilson.
Los países europeos también exportan a África, y a precios de dumping, sus
grandes superávit agrícolas, apoyados por el Estado. Los mercados africanos se
ven inundados por productos que se comercializan más barato que los producidos a
nivel local, lo cual condena a los agricultores de esos países.
Los países de la Unión Europea exportaron 1.150 toneladas de leche en polvo a
Burkina Faso en 2005. "Eso condenó a la ruina a los productores lácteos del país
y llevó al país por una carretera rápida a la violencia política", dijo a IPS
Wilhelm Thees, colaborador de la organización católica alemana Misereor.
"Si los productores burkineses pudieran vender su leche, vivirían de su propio
trabajo y el país disfrutaría de paz y estabilidad política", agregó Thees.
Por toda África se escuchan quejas similares.
En Senegal, una democracia bastante sólida en un continente plagado de
dictadores corruptos y guerras brutales, los productores de tomate y otros
alimentos han sufrido durante más de una década las consecuencias de más de una
década de relaciones comerciales injustas con el mundo rico.
El mercado senegalés está saturado de productos del Norte rico baratos y
subsidiados: tomate de Italia, cebolla de Holanda, arroz de Japón, algodón de
Estados Unidos y pollo de toda Europa.
Mientras, los senegaleses pagan el costo de los programas de ajuste
internacional dictados por instituciones financieras multilaterales como el
Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Hasta 1984, los países más pobres del mundo, la mayoría de ellos en África
subsahariana, disfrutaron de un superávit comercial agrícola con el resto del
mundo. Pero desde entonces el flujo cambió de dirección: el déficit es creciente
y constante, y llegó a 6.000 millones de dólares en 2005.
En ese año, según el Informe sobre Desarrollo Humano, África subsahariana, con
689 millones de habitantes, representa una proporción menor de las exportaciones
mundiales que Bélgica, con 10 millones.
Si esta región disfrutara hoy la misma porción de las exportaciones mundiales
que en 1980, su ganancia equivaldría a ocho veces la asistencia que recibió en
2003.