-Por un lado, la deuda externa que, según el Financial Times,
alcanza ya el nivel de 2001 (pese al descuento unilateral y al pago al FMI,
tan cacareados por el gobierno), ya que está cerca de los 185 mil millones de
dólares y aumentará este año por lo menos en 5 mil millones más, porque su
pago está ligado al índice de la inflación. Por eso, dicho sea de paso, las
estadísticas oficiales mienten sobre dicho índice, pues si diesen las cifras
reales del aumento de los precios, los intereses de la deuda aumentarían a 10
mil millones. Esa deuda externa sigue siendo impagable, pero el gobierno no
sólo la reconoce, sino que también aceptó la escala móvil de intereses en
dólares como regalo al capital financiero.
–El control de la renta extraordinaria: en cuanto a la petrolera, ya el
gobierno renovó los contratos con las empresas extranjeras por 40 años (hasta
después de cuando, según los expertos, se acabará el petróleo argentino) y
garantizó así a esos pulpos. A la gran minería extranjera no sólo no le tocan
las ganancias extraordinarias ni le hace pagar el deterioro ambiental, sino
que además la subsidia. Tampoco cobra impuestos a las ganancias financieras ni
toca con las retenciones (el impuesto a la exportación) a las grandes
trasnacionales que controlan el sector granero y que, en los cinco meses
recientes, ganaron 63 por ciento más que en el mismo periodo de 2007
exportando, a pesar del llamado paro agrario, por valor de casi 11 mil
millones de dólares. La mayor retención a la exportación de soya (para que ese
cultivo no elimine el de maíz, oleaginosas, trigo –que se corre el peligro de
tener que importar– ni la ganadería vacuna) asegura a los productores una
ganancia mayor, después del impuesto, a la de años anteriores. Siguen pues
produciendo y exportando ilegalmente sin que el gobierno intervenga con
medidas reales, como podrían ser una ley sobre los contratos de arriendo, la
supresión de la ley de la dictadura contra los jornaleros agrícolas (que no
gozan de derechos legales y cobran salarios de miseria) y, sobre todo, la
creación de una junta reguladora de granos oficial y la comercialización en el
exterior, por el Estado, de las cosechas y los productos del campo.
El gobierno, por otra parte, sigue con la más injusta política impositiva.
El grueso de las contribuciones al fisco proviene de la aberrante concepción
según la cual el salario sería renta, y del IVA de 21 por ciento sobre
alimentos, en vez de basarse en la tasación a los especuladores y los más
ricos.
–La disputa por la renta y por la orientación productiva del país: el
capital financiero mundial se apodera de la producción de alimentos, del agua
y de los recursos naturales, y tiene una visión estratégica mundial dentro de
la cual Argentina, vasta, poco poblada, con tierras fértiles y llanas y mucha
agua, es una pieza importante. No es posible desvincular el conflicto actual
en este país de la tendencia a la desvalorización a escala mundial de los
bienes industriales ante la masificación de la producción y, por el contrario,
al costo cada vez mayor de los alimentos (con las consiguientes hambrunas
masivas y la desaparición física de los más pobres).
El capital financiero mundial (con el cual están integrados los grandes
capitales rurales argentinos) no acepta la política del gobierno de Buenos
Aires basada en un dólar caro para frenar las importaciones industriales y
agrícolas, y proteger así un mercado interno para los industriales cuyas
exportaciones son favorecidas al mismo tiempo por ese tipo de cambio.
El gobierno está también interesado en mantener los productos-salarios,
como los alimentos, a un precio bajo para que el costo de la mano de obra no
suba y las ganancias patronales sean altas y estables y, por tanto, al control
de precios une los subsidios a las grandes cadenas vendedoras de alimentos y a
los servicios (transporte, luz, gas domiciliario, etcétera).
El capital financiero cree que eso es despilfarro y demagogia, al igual que
los grandes productores de soya, a los cuales no les importa sino lo que
podrían ganar exportando, aunque el país se quede sin carne, ni maíz ni trigo
o caiga en la miseria 20 por ciento más de los pobladores por no poder cubrir
sus necesidades elementales. Tampoco les importa que el Estado se quede sin
poder financiar las escuelas, los servicios básicos, los hospitales. Ese es el
fondo de la lucha: el interés del capital financiero y rural contra el
gobierno que no quiere abandonar a la industria productora de bienes de
consumo (y que da trabajo) ni abandonar a su suerte a su base popular.
Los cortes de ruta, por consiguiente, buscan doblarle la mano al gobierno
para que el control de la renta agraria esté en poder del capital financiero y
para que Argentina sea exclusivamente productora de las materias primas
agrícolas que determine el “mercado” (es decir, cuatro o cinco oligopolios).
Constituyen un “golpe blanco” y un chantaje político para imponer una política
antipopular, para concentrar aún más el ingreso en manos de los capitalistas.
Forman parte de un movimiento dirigido por el capital financiero y por las
grandes soyeras, que arrastró a los medianos y pequeños capitalistas rurales.
El problema principal consiste en ver por qué, dado ese carácter de clase,
no sólo no encontró respuesta de los trabajadores, sobre todo urbanos, sino
que también despertó simpatía en algunos sectores de éstos. Trataré de
explicar eso en mi siguiente artículo.