En Estados Unidos se
implementan medidas contradictorias frente al colapso financiero.
Predomina la estatización y el aliento de las fusiones, pero también se
insinuó permitir la caída de algunos bancos. La nacionalización de
hipotecas tóxicas tendrá un costo inédito y no resuelve la insolvencia de
los deudores.
La recesión norteamericana tiende a globalizarse, la política monetaria
europea acentúa el enfriamiento, Japón arrastra su propia depresión y se
esfuma la expectativa de un desacople liderado por China.
Las analogías iniciales con el crack bursátil (1987) y la burbuja
tecnológica (2001) han perdido pertinencia, pero muchas comparaciones con
el 30 omiten las diferencias creadas por el intervencionismo estatal y la
asociación mundial de capitales y potencias. Ciertas semejanzas con la
depresión japonesa son acertadas, pero la referencia de 1975-76 es más
útil para graficar el cambio de etapa.
La pérdida de autoridad política, las adversidades militares y los
desequilibrios económicos limitan la capacidad norteamericana para
exportar la crisis. Pero el paradójico refugio en el dólar abre
interrogantes sobre su ocaso.
La crisis refutó las creencias neoliberales y la teoría de atenuar
riesgos con inversiones sofisticadas. Ha ganado primacía un discurso
heterodoxo que oculta la articulación de las regulaciones con la
ganancia. La especulación es inherente al capitalismo y los banqueros han
actuado en sociedad con los industriales.
El estallido obedece a una crisis peculiar de sobre-acumulación,
asentada en valorizaciones ficticias y el endeudamiento de los
asalariados. Expresa el agravamiento de la sobreproducción que genera la
contracción salarial y la competencia global. Además confluye con un
encarecimiento cíclico de las materias primas, potenciado por la
devastación del medio ambiente. Estos procesos agotaron el hiper-consumo
norteamericano provisto por Asia y financiado por el resto del mundo.
Los países periféricos son candidatos a sufrir los mayores efectos de la
conmoción, como lo anticipa la tragedia de África y el brote de hambruna.
Es también incierta la continuidad del espacio ganado por las clases
dominantes de la semiperiferia. El tsunami financiero ilustra las
dramáticas consecuencias del capitalismo e incita a construir una opción
socialista.
Por Claudio Katz (*)- Rebelión
El terremoto de Wall Street ha desconcertado al establishment global. En
la cúspide del poder predomina el pánico y las declaraciones alarmistas. Todos
registran la presencia de un acontecimiento que podría inaugurar un cambio de
época. La comparación con la caída del muro de Berlín es un indicio de esta
dimensión histórica.
El temblor actual comenzó a incubarse en junio del año pasado con el
desplome de los fondos de cobertura administrados por Bear Stearns y cobró
fuerza con la nacionalización del Northern Rock británico. De esta gestación
se pasó a un estallido cuya profundidad salta a la vista.
Magnitud y costos
La rápida conversión de problemas de liquidez en baches de solvencia
ilustró desde el principio la enorme dimensión de una crisis, que no logró ser
contenida con medidas parciales. La reducción de tasas de interés resultó
tan inútil como el intento de formar un fondo de rescate manejado por los
bancos. Tampoco sirvió la gran provisión de dinero al mercado o el auxilio de
los fondos soberanos del exterior.
El gobierno norteamericano ha puesto en práctica varias iniciativas
contradictorias para atenuar la explosión. Al permitir el desmoronamiento de
Lehman Brothers tentó la posibilidad de una limpieza brutal de los bancos
quebrados y sugirió la fijación de ciertos límites al salvataje. Pero como
precipitó el terror de los financistas revirtió rápidamente este curso, que le
otorgaba a la Reserva Federal plenas atribuciones para dictaminar quién cae y
quién se salva.
La variante opuesta de estatizar todas las pérdidas se ha consolidado luego
de la nacionalización de AIE. El sostén oficial de la mayor aseguradora del
mundo (y de su gigantesco portafolio de fondos de pensión) complementó el
rescate previo de Fannie Mae y Freddie Mac, que financian la mitad de las
viviendas norteamericanas. La contaminación de estas instituciones
semipúblicas indicó hasta que punto han quedado desbordados los problemas
iniciales con créditos de baja calidad (subprime).
Con una nueva secuela de estatatizaciones se auxiliaría a las próximas
víctimas del vendaval: los fondos de cobertura y los fondos de capital de
riesgo (que operan con títulos altamente especulativos) y los fondos de dinero
(que aglutinan inversiones menos audaces y carentes de garantía estatal). Pero
el punto crítico son los bancos comerciales.
La quiebra de Washington Mutual inauguró un desplome que amenaza extenderse
a las 117 entidades minoristas que el FDIC (organismo oficial de garantía)
tiene en observación. Algunas estimaciones pronostican un réquiem para la
mitad de los 8.500 bancos actuales. En cualquier caso, ya es evidente que la
crisis traspasó a los bancos de inversión (que recaudaban dinero directamente
en el circuito financiero) y afecta a todo el sistema, con picos de parálisis
en las operaciones interbancarias e insinuaciones de corralitos para los
depósitos.
En este cuadro se está desenvolviendo una vertiginosa oleada de
adquisiciones. Merry Lynch fue capturada por Bank of America, Bearn Stearn fue
tomada por Morgan Stanley, Wachovia pasó al Citigrup (o Wells Fargo) y Goldman
Sachs ha puesto en venta su paquete accionario. Este virulento cambio de manos
se extiende a escala internacional con la adquisición del británico HBOS por
el Lloys y la absorción de las sucursales de Bradford and Bingley por el
Santander español.
Algunos compradores (Barclays) se apoderan por moneditas de sus viejos
competidores (Lehman) o picotean sus desechos. El resultado de semejante
aluvión sería un nivel de concentración bancaria nunca visto. Quiénes
sobrevivan a sus apuestas (eventualmente el trío JP Morgan Chase, Bank of
America y Citigrup) asumirán el comando de todo el sistema financiero
norteamericano. Este nivel de centralización es precedido por una furibunda
desvalorización de los capitales en juego, que hasta ahora se procesa dentro
de la esfera financiera.
Otra opción en curso es la nacionalización de las hipotecas tóxicas, que el
Congreso discutió en un clima de chantaje bursátil. Los financistas
(presentados como “el mercado”) exigieron el socorro público para permitir que
la economía se mantenga en pie (“restaurar la confianza”). Reclamaron al
gobierno que adquiera los títulos depreciados para su revalorizarlos y
revenderlos.
Este rescate se parece al salvataje que obtuvieron los financistas
mexicanos en 1995. Allí también el estado compró títulos carentes de valor,
limpió los balances de las entidades y comercializó papeles a pura pérdida del
fisco. Los especuladores han creado un clima de pánico para que su nueva
estafa sea bendecida como un alivio.
Pero este descarado auxilio estatal a los responsables del colapso ha
desatado una indignación contra los banqueros, que se burlan de sus
sacrosantas reglas del libre mercado. Este rechazo a Wall Street –que no se
observaba desde la época de Roosveelt- ha obligado a los legisladores ha
incorporar ciertas restricciones al cheque en blanco que inicialmente reclamó
la FED. Las enmiendas incluyen rebajas impositivas de distinto tipo, para
crear la ilusión de una distribución más equitativa de la carga.
El generalizado malestar expresa, además, la masiva intuición de un
derroche inútil. Si el paso del tiempo confirma que dos tercios de los
créditos hipotecarios son totalmente incobrables se habrá dilapidado una
montaña de dinero. Es evidente que ninguna ingeniería financiera puede
contrarrestar el desplome continuado del precio de las propiedades o el
deterioro perdurable del ingreso de sus compradores.
Por esta razón el Congreso también auspicia alguna forma de renegociación
de las hipotecas entre deudores y bancos con la mediación del estado. Pero
sólo un lejano contexto de recuperación económica brindaría algún sostén a esa
iniciativa.
Por el momento predomina una crisis sin solución a la vista que ha diluido
todos principios neoliberales. En un clima de intervención y subsidios, el
regulador es bienvenido y el mercado es cuestionado. Pero como el rescate no
es gratuito habrá que solventar una operación de costo desconocido. La emisión
de títulos sobre títulos ha sido tan sofisticada que nadie sabe calcular cuál
es el monto en juego.
En julio del 2007 la FED estimaba pérdidas por 50 mil millones de dólares.
A principio de año la cifra saltó a 512 mil millones y las evaluaciones
actuales giran en torno a uno o dos billones de dólares. ¿Cómo se pagará
semejante factura?
Las grandes crisis bancarias de las últimas décadas tuvieron costos
monumentales para los países subdesarrollados. Involucraron el 55,1 % del PBI
de Argentina (1980-87), el 55% de Indonesia (1997-2004) y el 34% de
Tailandia (1997-2004). Pero este porcentaje apenas alcanzó el 3,2 % en el
último gran rescate financiero de Estados Unidos (1981-91). Por primera vez
en décadas la primera potencia deberá afrontar un bache financiero-fiscal de
gran escala.
Impacto recesivo global
El estallido de la crisis ha transformado la desaceleración económica en
una recesión manifiesta. El freno ya se percibe en la caída de la inversión,
el estancamiento del consumo y la fragilidad de las exportaciones
estadounidenses. La discusión entre optimistas y pesimistas sobre el futuro
nivel de actividad se ha zanjando con un diagnóstico coincidente de caída del
PBI.
Ya no hay margen para reactivar con reducciones de tasas de interés,
mientras el “desapalancamiento” financiero (asumir pérdidas y limpiar
carteras) precipita la contracción del crédito y la escalada deflacionaria.
Desde los años 60 todas las recesiones precipitadas por colapsos inmobiliarios
han sido particularmente prolongadas.
El consumo a crédito que sostiene a la economía norteamericana ha quedado
frontalmente afectado y se avecina una crisis social de proporciones. Los
deudores desesperados que abandonan sus casas para evitar el remate son las
primeras víctimas de esta pesadilla. El desbarajuste inmobiliario amenaza a
una población ya irritada por el aumento del precio de la nafta, que avizora
el temido desempleo en un país carente de protecciones sociales
significativas. En este clima crece la indignación hacia los ejecutivos de
Wall Street, cuyos ingresos en las últimas tres décadas saltaron de 40 a 344
veces del promedio laboral.
La gravitación internacional de la economía norteamericana determina la
acelerada transmisión de su recesión. Sólo Wall Street maneja un volumen de
fondos superior al conjunto de las bolsas europeas. Estados Unidos concentra
el 20% del PBI global, pero sus importaciones aceitan el comercio global y sus
empresas transnacionales definen la tónica productiva de todo el planeta. El
salto registrado en la mundialización ha incrementado, además, la
sincronización internacional del ciclo económico.
La expectativa inicial en un desacople liderado por Europa se ha
desvanecido con la secuela de estatizaciones que siguen la huella
estadounidense (Fortis de Bélgica-Holanda, Bradford and Bringley de
Inglaterra, Glitnik de Islandia). El viejo continente afronta los mismos
problemas de créditos incobrables que su par norteamericano, pero
implementando una política monetaria dura, que buscó homogenizar en torno al
euro las distintas situaciones nacionales.
La crisis no sólo ha socavado ese intento y ha dividido a los gobiernos
entre partidarios de un fondo general de rescate y promotores de salvatajes a
cargo de cada presupuesto nacional. Esta fractura obviamente indica que la
salud de los bancos es muy despareja en la región. Todo el intento europeo de
sostener el proyecto neoliberal de unificación con altas tasas de interés se
encuentra, además, seriamente amenazado por el enfriamiento que impone al
nivel de actividad.
Por su parte Japón tampoco contrarresta el giro recesivo, ya que arrastra
las rémoras de su propia depresión. La economía nipona tiene menos autonomía
que Europa para incidir fuera de su estrecho campo de influencia y cuando
comenzaba a recuperarse ha chocado con el desplome norteamericano.
El papel compensador que se esperaba de China e India se ha diluido, ya que
ninguna locomotora puede empujar a un convoy totalmente descarrilado. Se ha
discutido mucho si China podía contrarrestar la desaceleración mundial con la
expansión de su mercado interno. Algunos economistas resaltaron esa
posibilidad y otros la descartaron, recordando la dependencia del crecimiento
asiático del mercado norteamericano. Pero el contrapeso chino requería un
freno moderado de la actividad en los centros y no la abrupta recesión que se
ha desatado. Por eso el anunciado desacople tiende a convertirse en un
reacople de Asia a la caída general.
Comparaciones
Muchos analistas buscan en las crisis precedentes una guía sobre el posible
devenir del shock actual. Las analogías iniciales con el crack bursátil de
1987 o con el estallido de la burbuja tecnológica del 2001 han quedado
totalmente superadas. En ambos casos los activos en juego eran acciones y no
viviendas y ninguno de esos temblores desembocó en colapsos bancarios. Sólo
precipitaron recesiones de acotadas duración e intensidad, que fueron
remontadas por la reactivación del consumo en un plazo relativamente breve.
Descartada la semejanza con estos declives de poco alcance se ha impuesto
una generalizada comparación con la depresión del 30. Numerosos economistas
resaltan los puntos de coincidencia con este clásico antecedente del desplome
general. Pero se equipara la eventual profundidad de la caída y no las
modalidades de la crisis. Si la intensidad de la regresión productiva y social
alcanzará esa magnitud es por el momento una incógnita. Pero la dinámica del
proceso en curso presenta numerosas diferencias con el sendero que desató
1929.
Las medidas que hace ocho décadas se aplicaron con posterioridad al crack
se han implementando actualmente con anticipación. La inyección de liquidez de
los últimos meses provocaría horror a Hoover y suscitaría los aplausos de
Keynes. En la actualidad también se limita la caída de los bancos y se elude
cualquier aumento de las tasas de interés. Habrá que ver si estas medidas
atenúan o agravan el desplome económico, pero se desenvuelven en un contexto
internacional muy distinto al pasado.
En los años 30 no existía el actual entrelazamiento de capitales y tampoco
operaba una coordinación entre la FED y los bancos centrales de Europa y Asia.
En lugar de una moneda internacional de referencia prevalecía una disputa por
heredar la primacía de la libra esterlina y en función de esa aspiración, las
grandes potencias devaluaban sus monedas. El escenario proteccionista de áreas
comerciales en pugna distaba mucho de la interconexión actualmente impuesta
por las empresas transnacionales.
La gran depresión derivó en una confrontación bélica entre las principales
potencias, que nadie avizora al comienzo del siglo XXI. Un enfrentamiento
militar entre Estados Unidos, Europa y Japón es inimaginable.
Otra comparación en boga presenta el estancamiento padecido por Japón como
un espejo de lo que sucederá en Estados Unidos. Esa economía asiática soportó
una burbuja inmobiliaria muy semejante, con precios que se triplicaron
(1986-91) y luego se desmoronaron en dos tercios.
Pero Japón vaciló en implementar las medidas que Estados Unidos ha
instrumentado rápidamente, confirmando la brecha que separa a una potencia
subordinada de otra dominante. Además, la economía nipona nunca actuó como
locomotora de la economía mundial y al depender de la protección militar
norteamericana se remodeló con medidas comerciales y cambiarias (revaluar el
yen y abrir su economía), que nadie se atreve a sugerirle a Estados Unidos.
Quizás la comparación más adecuada con el desplome actual es lo ocurrido en
1975-76. Esa crisis clausuró una etapa (el boom posguerra) con la misma
contundencia que el temblor del 2008 pondría el fin del neoliberalismo pleno
(que instauraron Thatcher y Reagan). Tomando en cuenta esta referencia
histórica hay que prestar atención a las medidas que expresaron giros
significativos. Hace tres décadas estos virajes fueron la inconvertibilidad
del dólar (1970) y el aumento de tasas de interés (1978). Seguramente la
crisis actual incluirá transformaciones de ese alcance y en poco tiempo
sabremos si las medidas que ya se han adoptado, atenúan o exacerban la
intensidad de la conmoción.
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(*)
Economista, profesor de la UBA, investigador del Conicet. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).