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Barack Obama saluda a sus seguidores en Chester.(Foto AP) |
El senador de Illinois asegura que su objetivo es unificar regiones e
ideologías de Estados Unidos.
Por Antonio Caño
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El País, España
A
menos de una semana de la votación que puede llevarle a la Casa Blanca, Barack Obama
ha retomado el mensaje integrador y pos-ideológico que le permitió revolucionar
el panorama político estadounidense hace ya casi un año. Frente a las
acusaciones de su rival de que el país puede encontrarse con el presidente más
izquierdista de la historia, el candidato demócrata intenta ganar las elecciones
con la promesa de que buscará la reconciliación de las dos Américas amargamente
enfrentadas en los últimos años.
En sus argumentos finales, el lunes en Ohio,
el martes en Pensilvania, hoy en
Florida, siempre ante decenas de miles de seguidores, Obama, sin duda convencido
de que su victoria está al alcance de la mano, ha dedicado más tiempo a definir
el perfil de su posible presidencia que a responder a los asuntos de la campaña.
"En una semana podemos poner punto final a las políticas que no han dudado al
dividir una nación para ganar elecciones, que han tratado de enfrentar a una
región con otra, a las ciudades con los pueblos, a los republicanos con los
demócratas; punto final a las políticas que nos ofrecían miedo cuando
necesitábamos esperanzas. En una semana, en este momento decisivo de nuestra
historia, podemos darle a este país el cambio que necesita", afirma.
Se trata de la versión más cautivadora de Obama, del excepcional político
que, contra el pronóstico de todos, esparció una semilla regeneradora por todo
el país y está a punto de recoger los frutos de su trabajo, tan sorprendente
como meticuloso.
Frente a él, John McCain quema su última munición con una creciente sensación
de impotencia, rodeado de colaboradores y compañeros de partido que piensan ya
más en salvar su propia cabeza. "Sé que es agradable escuchar la retórica del
senador Obama, pero fijémonos en los hechos", advirtió ayer McCain. "Hay una
diferencia fundamental entre Obama y yo. Ambos estamos en desacuerdo con la
política económica del presidente George Bush, pero la diferencia es que él cree
que los impuestos han sido demasiado bajos y yo creo que el gasto ha sido
demasiado alto".
Las encuestas -ayer, un 8% de ventaja para Obama en la media que realiza la
cadena de CNN, una ventaja que nunca nadie ha podido superar a estas alturas de
la carrera- prueban que esos argumentos están agotados: ni McCain consigue que
los electores lo diferencien de Bush, ni el tradicional debate sobre los
impuestos es determinante ante una crisis económica como la que sufre el país.
Los ciudadanos han dejado clara su voluntad de cambio y Obama se ha impuesto
como el agente de ese cambio. Hay, no obstante, una constante llamada a la
prudencia de parte de los demócratas. "Menos gritos y más votos", decía ayer
Obama en un mitin.
Los estrategas del Partido Demócrata temen que el exceso de confianza
desmotive a algunos votantes, especialmente jóvenes, y complique la victoria en
algunos Estados clave en los que todavía hay margen suficiente para una
sorpresa, especialmente en Florida y Ohio. Si McCain consiguiese ambos Estados,
la noche electoral del 4 de noviembre podría ser más larga de lo que ahora
anticipan los pronósticos.
El esfuerzo último de Obama de ofrecerse como el candidato unificador tiene
el propósito de ganar algunos votos conservadores en esos Estados, pero,
principalmente, de combatir la última campaña propagandística republicana, que
pretende presentar a Obama como un socialista con planes de utilizar los
mecanismos del Estado para cambiar el modelo político norteamericano.
El último argumento en ese sentido es una entrevista de Obama en el año 2001
en la que parece lamentar que el Tribunal Supremo no hubiera nunca "entrado en
asuntos como la redistribución de la riqueza". McCain ataca ese flanco
insistentemente. "Obama cree en la redistribución de la riqueza, no en las
políticas que permitan el crecimiento de nuestra economía o la creación de
empleos", afirma el republicano.
Esto de la redistribución de la riqueza, que viene rondando en la campaña
desde la célebre conversación entre Obama y Joe el fontanero en la que el
senador le dijo que su política fiscal intenta "esparcir la riqueza", puede que
suene razonable en Europa, pero en el lenguaje norteamericano es casi un
sinónimo de comunismo. El lunes, el candidato demócrata a la vicepresidencia,
Joe Biden, se negó a contestar una pregunta sobre la supuesta orientación
"marxista" de la política de Obama. El propio aspirante a la presidencia ha
tenido que salir al paso de esta campaña asegurando que su propósito de esparcir
la riqueza no se corresponde con el comunismo, sino con "algo tan genuinamente
americano como la creación de oportunidades".