Como complemento a su "guerra contra
el terrorismo", el gobierno de Estados Unidos emprendió otra contra
organizaciones no gubernamentales, advirtieron dos prominentes
instituciones de la sociedad civil.
Por William Fisher - IPS
Washington "restringe la actividad del sector
humanitario y filantrópico y limitar la libertad de expresión",
afirmaron en un informe conjunto las organizaciones OMB Watch y
Donantes sin Fronteras.
El estudio indica que el gobierno ve a las entidades sin fines de
lucro como "conductos de fondos para el terrorismo y terreno fértil
para el disenso agresivo".
Además, acusa a los tribunales de "excesiva condescendencia" con el
Departamento del Tesoro (ministerio de hacienda) de Estados Unidos,
cartera a cargo de diseñar programas que impidan el financiamiento
de grupos terroristas.
Esa política, en definitiva, impide la lucha contra el terrorismo,
señala el estudio.
OMB Watch está dedicada a analizar las actividades de la Oficina de
Administración y Presupuesto de la Casa Blanca, (OMB, por sus siglas
en inglés), cuerpo responsable de elaborar el presupuesto anual del
gobierno federal.
El Congreso legislativo "no ha utilizado sus poderes de supervisión"
para revisar esos programas y el gobierno "ignora los pedidos de
cambio" realizados desde la sociedad civil, que "opera con temor" de
alentar a las autoridades a "usar su poder para poner fin a sus
actividades", agregó el texto.
Kay Guinane, de OMB Watch, dijo a IPS que la estrategia oficial es
contraproducente.
"Para preservar los derechos de las organizaciones no
gubernamentales y de todas las personas, los diversos niveles del
gobierno deben conducir sus actividades antiterroristas en una forma
consistente con la protección de la libertad y la sociedad civil. De
otra forma, se pierden las salvaguardas que nos protegen de la
tiranía", aseguró.
El informe destaca que "las actuales políticas antiterroristas se
basan sobre un defectuoso régimen legal y definiciones vagas, falsos
supuestos sobre el terrorismo y las organizaciones civiles, y se
aplican de forma abusiva por el gobierno, que emplea sus poderes de
vigilancia con criterio político y en forma inconstitucional".
La Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del
Tesoro es uno de los blancos principales de las críticas.
Luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en
Nueva York y Washington, el Congreso legislativo facultó al Poder
Ejecutivo con amplios poderes contra organizaciones que emplearan
las actividades humanitarias como cubierta para enviar fondos a
grupos terroristas.
Esas facultades incluyen la autoridad para calificar a cualquier
organización no gubernamental como proveedora de apoyo material al
terrorismo. Los acusados no pueden ver las evidencias sobre las que
se basa ese cargo y corren el riesgo de ver congelados sus fondos,
lo que les impide continuar con su trabajo.
Desde el 11 de septiembre de 2001, el gobierno puso fin a las
actividades de docenas de grupos humanitarios por su supuesto apoyo
al terrorismo, pero sólo inició acciones legales contra tres de
ellos. Ninguno fue encontrado culpable de los cargos en los
tribunales.
El informe señala que, según datos del Departamento del Tesoro, 16,4
millones de dólares, calificados como activos de "organizaciones
terroristas extranjeras", han sido congelados desde 2001. La lista
de los afectados incluye a grupos humanitarios y fundaciones.
La legislación no contempla un tiempo límite de inmovilización de
esos fondos. Hasta el momento, y a pesar de varios pedidos, no han
sido liberados para su empleo en ayuda humanitaria, dice el estudio.
También indica que el gobierno ha empleado sus poderes de vigilancia
con fines políticos.
"Además de ofrecer ayuda y servicios a personas que los necesitan,
las organizaciones religiosas y humanitarias facilitan el
intercambio de información e ideas, promoviendo el debate sobre las
políticas públicas. El gobierno ha tratado algunas de estas
actividades como una amenaza terrorista", destaca el informe.
El estudio agrega que las autoridades apuntaron contra grupos que
expresaron públicamente su oposición a las políticas oficiales.
En 2005, la Unión para las Libertades Civiles de Estados Unidos
reveló la existencia de un intrincado sistema de espionaje doméstico
sobre las organizaciones no gubernamentales, basado en los poderes
otorgados al gobierno por la Ley Patriota, aprobada luego de los
atentados de 2001.
El informe indica que las leyes antiterroristas han hecho
crecientemente dificultoso que las organizaciones no gubernamentales
estadounidenses operen en el exterior.
Por ejemplo, tras el tsunami que afectó en 2004 a varias naciones
asiáticas, aquellas que auxiliaban a las víctimas en Sri Lanka, en
áreas controladas por los separatistas Tigres para la Liberación de
la Patria Tamil corrían el riesgo de ser acusados de ofrecer "apoyo
material" a un grupo calificado como terrorista.
Las leyes estadounidenses también crean dificultades a la Cruz Roja,
que debería violar los principios de neutralidad que guían su
trabajo para ajustarse a esas normas.
Esa organización considera que en casos de desastre, "el imperativo
humanitario es la prioridad. La ayuda se otorga sin distinción de
raza, credo o nacionalidad y sin diferenciaciones adversas de
cualquier tipo".
David Cole, experto en derecho constitucional del Centro Legal de la
Universidad de Georgetown, dijo a IPS que "el sistema empleado en
nombre de detener el financiamiento al terrorismo otorga al
Ejecutivo un cheque en blanco para colocar en una lista negra a
individuos o grupos, imponer culpa por asociación y carece de los
mínimos atributos del debido proceso".
Así como en los años 50 era ilegal en Estados Unidos ser miembro del
Partido Comunista, agregó Cole, "ahora es delito apoyar a una
organización o persona que figura en una lista de vigilancia del
terrorismo, aunque el gobierno puede congelar fondos sin mostrar
ninguna prueba sobre lazos con el terrorismo o la comisión de algún
acto ilegal".
Otros analistas creen que la campaña contra las organizaciones no
gubernamentales que desarrollan programas en países musulmanes es
parte de un clima de sospecha generalizado sobre las personas de esa
religión.
Samer Shehata, profesor de Políticas Árabes en la Universidad de
Georgetown, dijo a IPS que "la islamofobia genera un clima que
va contra los valores que, se supone, predominan en Estados Unidos, sobre tratar
a todas las personas de forma equitativa, sin discriminarlas en razón del color
de su piel, su religión o su género".