En un reciente artículo, el inglés John Pilger
--de gran experiencia en cubrir
elecciones en Estados Unidos-- recordó que el único candidato presidencial que le
dijo la verdad fue el racista George Wallace (aquel de "segregación ahora,
segregación siempre"). "No hay diez centavos de diferencia entre demócratas y
republicanos", le confió Wallace a Pilger durante uno de sus fracasados
intentos por llegar a la Presidencia y muy poco antes del atentado que lo
confinó a una silla de ruedas hasta su muerte en 1998.
Por momentos, aquella ironía del ex gobernador de Alabama --hay que convenir--
ilumina de modo asombroso algunos de los costados más oscuros de la democracia a
la que se atribuye ser la menos imperfecta y la más importante del planeta.
Es lo que sucedió esta semana, entre otros momentos de la campaña presente,
cuando Mitt Romney, uno de los precandidatos republicanos, decidió arrojar la
toalla sobre el cuadrilátero político, desistiendo después de más de un año de
proponerse como candidato del Partido Republicano un esfuerzo que, literalmente,
le costó una fortuna.
Los más de 35 millones de dólares de su propio peculio que Romney volcó
en el intento resultó uno de los datos más destacados de ese abandono del
escenario. Es una cifra que se mencionó al mismo tiempo en que se divulgaba que
la candidata demócrata Hillary Clinton había actuado como prestamista de su
propia organización de campaña con cinco millones de dólares, sin que se
aclarara como piensa recuperar el crédito.
Habrá --allá pero también en otras partes-- quienes encuentren en estas
inversiones de los políticos rasgos admirables. ¿Después de todo si no están
dispuestos a arriesgar su propio dinero cómo es posible creer lo que proponen y
los méritos que se adjudican? Pero esta es una visión de moralina propia del
pensamiento menos sofisticado.
Las preguntas que habría que formular tienen que ver con la forma en que se ha
dejado que la elección democrática --que debiera ser un proceso de todos y
abierto a todos en cualquier lugar que se practique-- haya quedado cautiva del
gran dinero. Es algo así como una regresión a los orígenes atenienses del
sistema, esto es la actividad política reservada solo a los propietarios y, para
más precisión, a los grandes propietarios. Por otra parte si el liderazgo
democrático demanda siempre fortunas ¿cómo no habría de quedar entrampado en la
voluntad de los intereses especiales que defienden, las más de las veces, no
derechos si no privilegios que sin el oro se volverían intolerables para una
clase dirigente realmente empeñada en el bien común?
Lo de Romney en particular ofrece otro aspecto generalmente confuso: la
tozudez de la derecha republicana en seguir haciendo digerible al gañote
colectivo algunos principios --mitos también cabría decir-- que hoy han caído en
descrédito para la opinión pública estadounidense: el estado como gran
impedimento del progreso y la prosperidad, la mano dura con los ilegales, la
lucha contra el así llamado "fundamentalismo islámico" como el nuevo enemigo que
reemplazó a la Alemania de Hitler y a la Unión Soviética, etc.
Cabe recordar aquí que Romney fue gobernador de Massachusetts --estado de
tradición demócrata y centroizquierdista-- para lo cual se presentó como un
"conservador social" y abrazó o poco menos la defensa del derecho al aborto y la
regularización de los inmigrantes ilegales.
En esta campaña decidió recuperar los ropajes originales y lo hizo con tal
entusiasmo que ahora, de cara al fracaso, sus asesores ponderan la idea según la
cual sobreactuó su regreso al conservadurismo impenitente. Escucharlo en
su discurso de renuncia fue esclarecedor de lo que está en juego y no solo para
el país que realiza la elección. Romney recogió el tema de la puja con el Islam
y advirtió que si Estados Unidos no se armaba más y mejor, proponiendo destinar
el 4% de su PBN a la tarea, se estaría rindiendo, lo que también podría suceder
si Clinton o Barack Obama ganan la elección de noviembre.
No mencionó, por cierto, que su país tiene ya un gasto militar superior al
resto del mundo combinado y que George W. Bush acaba de solicitar al
congreso un presupuesto record de más de 500 millones de dólares para Defensa y
que el impulso que militares como el general David Petraus --comandante en Irak--
están dando a la idea de un rearme es difícil de concretar cuando se está al
borde de la recesión. Habló de seguir desguazando el estado --dijo Romney--
porque otras naciones, notoriamente China, estaban reduciendo el liderazgo
económico de Estados Unidos con su competencia. Claro, sin advertir que el
intento chino está esencialmente en manos del estado.
Es interesante notar aquí que los economistas estadounidenses debaten hoy un
trabajo ("Crisis Financiera del 2007 Una comparación histórica") de los
académicos Carmen Reinhart (Universidad de Michigan) y Kenneth Rogoff (Harvard)
en el que señalan que Estados Unidos se encuentra en vísperas de una crisis
solo comparable a las cinco más importantes del pasado reciente (España
1977; Noruega 1987; Finlandia y Suecia 1991 y Japón 1992). ¿No es este el
costado que los candidatos debieran privilegiar por sobre los latiguillos
ideológicos?