(IAR Noticias) 17-Junio-08
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Presidente de Ecuador Rafael
Correa |
Lo curioso es que Correa fue elegido presidente por la fama cosechada durante su
breve gestión como ministro de Economía, durante la cual tomó distancia del FMI,
se enfrentó a Estados Unidos y demostró su decisión de aplicar medidas
heterodoxas. Pero al mismo tiempo se le exige que no abandone la dolarización,
que impone los límites más estrechos a su voluntad de cambio: esta contradicción
fundamental es su mochila de plomo.
Por José Natanson -
Página 12
1.¿Rafael
Correa está implementando un modelo económico distinto?
En un país pequeño, de bajísima productividad y expuesto a los vaivenes de los
precios internacionales, la dolarización actúa como una camisa de fuerza que le
quita al gobierno margen de maniobra y le impide avanzar con políticas más
audaces. La economía se sostiene gracias a las exportaciones de materias primas
–petróleo y en menor medida banana y camarón– y las remesas que envía el millón
de ecuatorianos que vive en el exterior.
Los argentinos lo recuerdan bien. Como la convertibilidad, el encanto y la
maldición de la dolarización son las dos caras de la misma moneda: su carácter
de irreversible –o, al menos, difícilmente modificable– es la clave para
despejar el riesgo devaluatorio y neutralizar la inflación, lo cual, en teoría,
debería contribuir a regenerar el círculo virtuoso de
confianza-inversión-crecimiento-empleo. Pero el esquema ultrarrígido, que
implica sacrificar la política monetaria y cambiaria, genera graves
inconvenientes: el primero, el más elemental, es que le impide al gobierno
enfrentar los shocks externos con medidas contracíclicas (con una devaluación,
por ejemplo), privándolo de herramientas esenciales para maniobrar en contextos
de crisis y dejando al endeudamiento y a la política fiscal –es decir, el ajuste
de los gastos del Estado– como únicas alternativas.
A este problema se suma la sobrevaluación cambiaria. En Ecuador, la paridad
inicial fue fijada a 25 mil sucres por dólar, un tipo de cambio devaluado que
sin embargo se fue apreciando como efecto de la inflación, que desde el inicio
de la dolarización hasta hoy ya acumula 150 por ciento. Esto neutralizó el
efecto de la devaluación inicial y potenció los peores rasgos del modelo:
pérdida de competitividad, sesgo antiexportador y debilitamiento del aparato
productivo.
“Supuestamente, el objetivo era acabar con la inflación y garantizar la
estabilidad, pero el verdadero fin era otro –me dijo Alberto Acosta, ex ministro
de Energía de Correa y actual presidente de la Asamblea Constituyente, cuando
conversé con él en una cevichería del centro de Quito—. El verdadero objetivo
era arraigar el modelo neoliberal, garantizar la continuidad de las reformas más
allá de los resultados electorales. Y hoy es el gran límite que impone la
economía a cualquier cosa que uno quiera hacer.”
2. ¿La dolarización fue buena idea?
Cuando recién se implementó, en enero del 2000, la dolarización produjo un
efecto estabilizador y permitió generar un ambiente de mayor previsibilidad, que
no consiguió atraer miles de millones de dólares en inversiones pero que sí
alcanzó para revitalizar la demanda interna y abrir algunas líneas de crédito,
sobre todo orientadas al consumo. La pobreza y el desempleo cayeron y el PBI
creció entre 3 y 4 por ciento en los dos años siguientes.
Pero el análisis debe contemplar el contexto externo, increíblemente favorable,
marcado por los altos precios del petróleo, el incremento de las remesas y las
bajas tasas de interés internacional, a lo que habría que sumar dos datos más,
uno transparente y otro más oscuro: el transparente es la devaluación
internacional del dólar, que le devolvió cierta competitividad a la economía
ecuatoriana; el oscuro es el ingreso de millones y millones de narcodólares a
través de la frontera colombiana. Pese a todo esto, el crecimiento ha sido muy
desparejo, 4 puntos en promedio desde el 2000 hasta hoy, lo que implica un
porcentaje inferior a la media regional.
En suma, la dolarización se sostiene en este contexto atípico, pero no ha
permitido aprovechar las extraordinarias condiciones internacionales y es un
misterio cómo podrá sobrevivir en un ambiente menos favorable.
3. ¿Por qué Correa decidió mantener la dolarización?
Cuando todavía era un profesor de economía dedicado a los debates académicos,
Correa escribió en Iconos, la revista de Flacso Ecuador: “Un tipo de cambio fijo
irreversible, en una economía abierta, pequeña y de baja productividad, es
claramente un disparate técnico, que seguramente algún día controlará la
inflación, pero probablemente quebrando el sector real de la economía”.
La presión social lo obligó a cambiar de discurso. En Ecuador, la dolarización
no es vista como una bomba a mediano plazo sino como una tabla de salvación que
sería insensato abandonar. Fue la salida desesperada a la crisis política y
económica más grave de la historia del país, por lo que es natural que hasta hoy
sea valorada como un bien a preservar. Y es natural también que el amplio
consenso social del que goza la dolarización llevara a Correa a prometer durante
la campaña presidencial del 2006 que no introduciría modificaciones en caso de
alcanzar la presidencia. “Así como fue una insensatez entrar, tratar de salir en
estos momentos sería igualmente insensato”, señaló.
Lo curioso es que Correa fue elegido presidente por la fama cosechada durante su
breve gestión como ministro de Economía, durante la cual tomó distancia del FMI,
se enfrentó a Estados Unidos y demostró su decisión de aplicar medidas
heterodoxas. Pero al mismo tiempo se le exige que no abandone la dolarización,
que impone los límites más estrechos a su voluntad de cambio: esta contradicción
fundamental es su mochila de plomo.
4. ¿Correa está aprovechando los márgenes de maniobra para implementar otras
políticas?
La idea es fortalecer el rol del Estado con algunas políticas desarrollistas sin
modificar el sistema cambiario. Uno de los objetivos, clave en una economía con
tipo de cambio fijo, es bajar la tasa de interés, para lo cual se intenta
devolverle cierto protagonismo a la banca pública. La recuperación de
Petroecuador –como Irán, Ecuador es un exportador de petróleo que debe importar
combustible– es otra de las metas del gobierno. Y, finalmente, una de las
medidas más criticadas por la oposición: la decisión de utilizar los recursos
del Fondo de Ahorro y Contingencia, formado con dinero proveniente del petróleo
como garantía para el pago de la deuda externa, y la firma de un decreto que
estipuló que el 99 por ciento de los fondos obtenidos por el aumento del precio
del crudo iría a parar al Estado. Todo esto en el marco de una política
internacional que incluye la cancelación del acuerdo con Estados Unidos por la
Base de Manta (única base militar norteamericana en Sudamérica) y la decisión de
no firmar un tratado de libre comercio con Washington, lo que convertiría a
Ecuador en el único país americano con costas en el Pacífico en no haber firmado
una alianza comercial con el coloso del Norte.
La cara social de este giro económico es la duplicación del Bono de Desarrollo
Humano que se entrega a las familias más pobres, de 15 a 30 dólares, el aumento
del Bono para la Vivienda, de 1800 a 3600 dólares, y la implementación de
subsidios a la harina, los fertilizantes y el transporte público para frenar la
suba de precios.
Pero la gestión económica está lejos de los objetivos planteados. Ecuador creció
apenas 3,9 en 2006, 2,9 en 2007 y se estima menos de 3 por ciento para 2008. Es
decir, un promedio inferior al de la región, como resultado de un esquema
económico que en algún momento será necesario discutir. Aunque nunca lo dirá en
voz alta, Correa probablemente siga pensando que tarde o temprano será necesario
abandonar la dolarización. Recupero otro párrafo de su artículo. “La salida
debería realizarse de manera paulatina e implicaría un largo período de tiempo.
Para ello será necesario acumular dos cosas: recursos económicos y consenso
social”, escribió Correa. Lo primero consiste en atesorar reservas para tener
capacidad de maniobra una vez levantada la represa. El segundo aspecto es más
delicado: “En el caso de la convertibilidad argentina, dicho consenso social se
logró cuando ya la crisis era demasiado grande. Y precisamente como consecuencia
de ésta”.
El momento aún no ha llegado: la reforma constitucional insume buena parte de la
energía política del presidente, cuyo poder dependerá en buena medida de cómo se
resuelva el trámite.
5. ¿Por qué impulsa Correa una reforma constitucional?
Durante casi diez años, desde 1997 hasta la victoria de Correa, Ecuador vivió un
ciclo de fuerte inestabilidad política, infrecuente aun para las alteradas
repúblicas latinoamericanas, que lo llevó a batir el record regional de
gobiernos cortos, con ocho jefes de Estado en una década, en un contexto de
descomposición partidaria, caos económico y creciente deterioro social. Todo
esto bajo una serie de liderazgos fallidos, el primero de los cuales fue el
pintoresco Abdalá Bucaram, cuyas primeras medidas como presidente fueron: el
anuncio de que grabaría un disco con el grupo Los Iracundos, la decisión de no
mudarse al palacio presidencial con el argumento de que carecía de una cancha de
fútbol y el intento de contratar a Diego Maradona por un millón de dólares.
Además, claro, de un paquete de medidas que marcaría el inicio del ciclo
económico neoliberal.
A Bucaram le siguió Jamil Mahuad, el prestigioso ex alcalde de Quito que
implementó la dolarización y que fue desplazado tras una rebelión indígena y un
intento de golpe de Estado, y Lucio Gutiérrez, el militar golpista que tuvo que
renunciar luego de una nueva revuelta popular, esta vez de clase media. Y entre
uno y otro, vicepresidentes y legisladores que asumían de manera transitoria. En
fin, una monótona sucesión de crisis que fue consolidando la idea de que algo
funcionaba estructuralmente mal en la democracia ecuatoriana.
En esta perspectiva histórica, parece natural que Correa hiciera de la promesa
refundacionista el eje de su campaña, como en su momento hicieron Chávez y Evo
Morales, pero con la diferencia de que, para subrayar su voluntad
antipartidocrática, el ecuatoriano se negó a presentar candidatos al Congreso,
lo cual generó una larga pulseada institucional que incluyó decisiones muy
discutibles, como el desplazamiento de 57 parlamentarios opositores y su
reemplazo por suplentes. Pese a todo, Correa logró sortear los escollos
institucionales para convocar al plebiscito por la reforma constitucional, donde
el Sí se impuso con un abrumador 82 por ciento, y luego obtuvo una mayoría
holgada en la elección de convencionales. Su camino luce ahora más despejado.
6. ¿Correa es un títere de Chávez?
Osvaldo Hurtado, ex presidente de Ecuador y uno de los grandes referentes del
pensamiento neoliberal de su país, me dio su opinión durante una entrevista en
su pequeña oficina en Quito: “Son líderes populistas, que creen que las
instituciones están a su servicio y no ellos al servicio ellas”.
Es cierto que Correa comparte con Chávez el estilo carismático de liderazgo, la
conexión directa con los sectores populares, la voluntad redencionista y un
modelo de gestión decisionista que tiende a concentrar el poder en la figura del
presidente. También la idea de que la historia empieza con ellos, como si no
hubiera pasado (o como si el pasado valioso fuera sólo el lejano, el de Bolívar
o Eloy Alfaro). Sin embargo, sería absurdo definir a Correa como una marioneta
teledirigida por Chávez desde Caracas. El hombre, gusten o no sus políticas, ha
demostrado que tiene personalidad. Y aunque la alianza con Venezuela es
importante, no implica un alineamiento total: Correa, por ejemplo, se niega a
abandonar la Comunidad Andina de Naciones y ha rechazado, diplomática pero
firmemente, las invitaciones a sumarse al ALBA.
7. ¿Correa tiene futuro?
El ascenso político de Correa es resultado del dramático desmoronamiento del
sistema político y económico ecuatoriano y de la emergencia de dos actores
sociales que habían ganado protagonismo en la última década: el movimiento
indígena, que protagonizó la revuelta contra Mahuad y apostó a Gutiérrez pero
que ahora mira con simpatía al nuevo presidente; y las clases medias quiteñas
que lideraron la “rebelión de los forajidos” y que constituyen la base social
más importante del gobierno.
Sin la imprevisibilidad de Chávez y con sólo atisbos de su proverbial
megalomanía, Correa ha logrado un amplio respaldo popular y, a menos de dos años
en el poder, aún no tiene que lidiar con el desgaste inevitable de la gestión.
Pudo concretar, pese a todos los obstáculos, algunas de sus promesas, desde la
Asamblea Constituyente hasta políticas sociales para los sectores más
castigados. Y no enfrenta la resistencia de partidos políticos fuertes ni de
poderes regionales potentes. A diferencia de Bolivia, donde los reclamos
autonómicos de Santa Cruz constituyen la principal oposición a Evo Morales, en
Ecuador la oligarquía de Guayaquil, una ciudad que se parece cada vez más a
Miami y que es la sede de las principales empresas exportadoras, no ha logrado
construir un foco de oposición convincente. Los tres triunfos electorales de
Correa –en las presidenciales, en el plebiscito por la reforma constitucional y
en la elección de constituyentes– se extendieron homogéneamente por todo el
país, quebrando la tradicional división costa-sierra. Todo esto confirmaría su
fortaleza y permitiría augurarle larga vida al nuevo líder. Sin embargo, los
desequilibrios producidos por la dolarización, ese corset de hierro que no logra
quitarse, echan sombras sobre un futuro que de otro modo luciría mucho más
promisorio.
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