Del llamado paro del campo (el de los propietarios agrarios de todo tamaño
y de los arrendatarios productores de soya) el gobierno ha salido muy
debilitado desde el punto de vista político, dividido sobre el qué hacer,
desprestigiado por su ineptitud política y sus vacilaciones que se alternan
con muestras repetidas de autoritarismo. Para colmo, no ha encontrado mejor
solución que apoyarse en los aparatos corporativo-sindicales y dar cartas en
el asunto, reviviéndolo, al derechista y desbaratado Partido Justicialista, el
de los notables y gobernadores caudillos, que Néstor Kirchner anteriormente
había tratado de dejar de lado en nombre de una alianza con los opositores
democráticos de centroizquierda (el llamado “transversalismo” que el río se
llevó) y que ahora el mismo ex presidente se esfuerza por dirigir. Esas son
alianzas que se pagan muy caro en concesiones y que, además, desprestigian aún
más al gobierno y equivalen a las nada agradables banderillas que se le
plantan al toro opositor. Por si fuera poco, simultáneamente con su
enfrentamiento con las trasnacionales del agro, la oligarquía y las clases
medias urbanas y rurales que arrastran cada vez más sectores de los
trabajadores, mantiene de modo suicida un duro enfrentamiento con los obreros
petroleros de Santa Cruz (la provincia-feudo de los Kirchner), que ocupan la
ruta nacional y una refinería en demanda de un 19 por ciento de aumento
salarial (los metalúrgicos acaban de conseguir el 32 sin mayores problemas).
Con fríos bajo cero, la industria trabajando a medio rendimiento por falta de
combustible, escuelas que van al paro estudiantil por falta de calefacción y
un tambaleante abastecimiento en gas a los hogares, el gobierno prefiere, en
el frente petrolero, defender a toda costa las ganancias de YPF-Repsol y el
sacrosanto principio de autoridad y consigue así meterse en la tenaza entre
“el campo” y “los negros”.
El gobierno tiene mayoría en ambas cámaras, pero decide todo fuera de
ellas, sin consultas ni discusiones previas. En el campo sindical ha
conseguido el apoyo de la dirección de la CGT, pero ésta ni siquiera llamó a
un plenario de gremios para amenazar a la derecha con una movilización ni
publicó una declaración colectiva; además, la Central de Trabajadores de la
Argentina, a la que el gobierno sigue sin reconocer a pesar de sus promesas,
aparece dividida y una parte importante de sus dirigentes se ha adherido a la
movilización de las entidades patronales rurales y está muy oronda al lado de
la Sociedad Rural Argentina, la rancia organización de la oligarquía vacuna
hoy integrada en el capital financiero. Por su parte, los trabajadores rurales
(un millon 300 mil, que cobran en promedio 200 dólares mensuales y un 80 por
ciento de los cuales ni siquiera figuran en los libros contables de sus
explotadores) no se han movido ni han hecho declaración alguna, ni siquiera
para exigir a los que cortan las rutas para sitiar por hambre a las ciudades
que les paguen a sus peones lo que fija la ley o para demandar al gobierno que
derogue la ley de la dictadura (que acabó hace 25 años) que les impide
organizarse. El gobierno no cuenta con ningún movimiento social que lo
respalde pues no se puede considerar tal a los grupos cooptados de
piqueteros suburbanos. Incluso los mil 300 firmantes de la carta de los
intelectuales (entre los cuales algunos de izquierda y de valor, como Juan
Gelman o David Viñas, espero que confundidos), aunque en lo esencial respaldan
las posiciones políticas del gobierno le formulan algunas críticas y tienen
como aglutinante el temor que éste agita a un movimiento “destituyente”, es
decir, al peligro golpista, que no existe por falta de unidad, de política y
de líderes –por el momento– de la oposición burguesa-pequeñoburguesa unida.
La iniciativa política y la hegemonía cultural están hoy claramente en
manos de las derechas (peronista y antiperonista). La mayoría de la población
está muda. Pero si el gobierno no fuese capaz ni de tomar iniciativas
populares, ni de explicar el conflicto, ni de separar a los grupos que ha
unido en su contra por su torpeza y su incapacidad de negociar previamente con
cada uno de ellos, la falta de alimentos en las ciudades y su consiguiente
encarecimiento podría llevar a las calles a sectores airados de las clases
medias urbanes y , en los suburbios, provocar saqueos en los supermercados y
un aumento de la pobreza, creando un caldo de cultivo para una salida
derechista de la crisis. El gobierno necesita las retenciones (un impuesto a
las exportaciones) para pagar los servicios cada vez más caros de la deuda
externa y para subsidiar la industria y los servicios, de modo de mantener
contenidos los salarios. Pero el bloque rural evade ese pago. Para doblegarlo,
sin llegar aún a la reforma agraria, hay recursos legales intermedios: el
Parlamento podría aprobar la constitución de una Junta Nacional Reguladora de
Granos y Oleaginosas y resolver que el monopolio del comercio exterior de
dichas commodities esté en manos del Estado, y el gobierno podría
encontrar aliados en el campo resolviendo el problema legal y salarial de los
peones rurales. Por lo menos eso.
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