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Por más esfuerzos que se haga por encontrar algo positivo
de cuanto sucede en el entorno para presentarlo y reflexionar con nuestros
lectores, hidalgo es concluír que no logramos, porque cuanto más uno lee,
escucha y ve, más conjoga y tristeza invade el espíritu porque nunca como ahora,
graves síntomas de descomposición social se imponen con una fuerza brutal
imposible de ignorarse.
Ya Los Tiempos en su artículo central ha intentado enlistar
aquello que abruma y preocupa al pueblo como ser las amenazas del número Uno de
los uniformados contra supuestos separatistas, los incidentes en Sucre donde un
cabildo proclamó a una mujer campesina como prefecta del departamento, la
indignación existente en Santa Cruz y la toma del edificio prefectural en La
Capital, la prohibición de exportar aceite vegetal en perjuicio de los
productores del oriente. Los ingredientes contenidos en estos hechos
periodísticos quedan relegados a un plano diferente de lo sucedido en Epizana el
26 de febrero hace 30 días.
En efecto y merced al trabajo periodístico de Notivisión
hemos resultado impactados por la crueldad, el salvajismo, la violencia brutal
con que tres jóvenes de la Policía Nacional fueron detenidos, encerrados y en el
corolario trágico torturados y maltratados hasta la muerte por una turba
aleccionada por sus “dirigentes originarios” que determinaron el vil asesinato
de carabineros de origen humilde, si se quiere asímismo originarios, sin motivo
aparente y ante el evidente abandono de sus camaradas.
Aquella turba retratada en todo su criminal accionar por
dos periodista valientes que a riesgo de sus vidas lograron filmar las
inenarrables secuencias de la “calle de la amargura” a que se los sometió
durante largo tiempo, víctimas de golpes de piedra, empellones, apaleos y
persecuciones en un escenario donde no apareció una sola persona que hubiera
reclamado cordura, llamado a la tranquilidad o tratado de impedir aquel triple
asesinato que marcará para siempre a Epizana como pueblo maldecido, acreedor a
la ira divina!
Willy Alvarez, Walter Avila y Eloy Yupanqui eran seres
humanos que dejan en la orfandad a padres, esposas, hermanos, hijos y por más
que se ha querido cubrir con un velo de sombra los pormenores del crimen del que
fueron víctimas, salta a la vista que cualquiera hubiera sido el motivo que
promovió la masacre, nada absolutamente justifica el linchamiento. Lo
imperdonable e incomprensible es hasta ahora, la tardanza de la Policía alarmada
directamente lo que consta de las llamadas que recibió el comandante de
Cochabamba, en acudir a salvar a sus camaradas. Más aún, resulta realmente
inaudito que habiendo llegado un pelotón a pocos metros del sitio donde las
víctimas estaban siendo retenidas, se hubieran dado vuelta atrás. Fue un acto de
cobardía, de abandono de los tres policías, de entregarlos a la masa que horas
más tarde cometió el más grave delito, hasta el día de hoy impune, sin castigo
frente a una ciudadanía consternada ante la injusticia, el encubrimiento, la
complicidad.
Vano sería el intento de llevar el consuelo a los seres
queridos de Willy, Walter y Eloy víctimas de esa diabólica corriente que está
asolando la nación con la sombra de una mal llamada “justicia comunitaria”, que
en el caso de Epizana guarda concomitancia con una ministra de estado,
irónicamente “de justicia”, cuyos parientes aparecen involucrados en los sucesos
de alguna manera, y de la turba que procede de Chillijchi, en la cercanía de
Epizana y de manejos turbios incluyendo el tráfico de drogas y el contrabando.
Al revelar el programa televisivo Notivisión los inocultables detalles de los
asesinatos, ha quedado al descubierto gran parte de la verdad, testimonio
suficiente del delito infraganti para poner tras las rejas a los criminales sin
vuelta de hoja.
Ante lo sucedido se puede pensar que el gobierno está dando
una mala señal de ser el delito posible si la meta es noble. La falacia (se
trató de extorsionadores) no puede justificarlo. Se cita a J.B.Alberdi cuando
afirmó “que donde falta gobierno falta libertad, la falta de leyes o que éstas
no se cumplen supone la anarquía”, o sin castigo no hay Estado, sin el control y
la sanción del delito el Estado desaparece. Se trata de castigar a los culpables
con los códigos vigentes, la impunidad dejaría suelto al monstruo de siete
cabezas. Hay que limitar el libertinaje, el concepto de falsa libertad que hoy
está en boga, por la imprecisión e inseguridad jurídica que ha desatado “el
cambio”. Si el Estado no respeta las leyes que ha creado se entra en la vorágine
de anarquía donde la razón está del lado del más fuerte y no de la ley. La ley
se inventó para frenar la barbarie no para potenciarla aunque por momentos nos
parezca que ésta recibe aliento del gobierno establecido.
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(*) Mauricio Aira: Periodista boliviano
mauricio.aira@comhem.se
www.mauricioaira.com