El ejército colombiano bombardea, la madrugada del 1 de marzo de 2008, un
campamento en el que estaban durmiendo un grupo de guerrilleros y algunos
estudiantes mexicanos. Luego del bombardeo, un grupo de militares y policías
entran a rematar a los heridos. Mueren alrededor de veinte guerrilleros, entre
ellos, Raúl Reyes, quien formaba parte del secretariado de las FARC, y un grupo
de estudiantes mexicanos. El campamento estaba dos kilómetros adentro en
territorio ecuatoriano.
En la primera versión de los hechos ofrecida al gobierno de Ecuador, Uribe
declaró que hubo un enfrentamiento militar con el grupo guerrillero en la
frontera, que este se retiró hacia territorio ecuatoriano y en la persecución en
caliente fue aniquilado. Uribe tenía buenas razones para mentir, pues había
ejecutado una masacre en abierta y deliberada violación de la soberanía del
Ecuador. Además, con esa versión se ocultaba la fría planificación del asesinato
del negociador de las FARC para el canje humanitario, Raúl Reyes.
El canje humanitario viene siendo planteado desde hace varios años por la
guerrilla y por sectores de la sociedad civil colombiana, y aunque el gobierno
de Uribe nunca se ha mostrado partidario de establecer negociaciones con la
guerrilla, pues niega la dimensión política de la guerra en Colombia, el año
pasado accedió a autorizar la mediación de la senadora liberal Piedad Córdoba y
el presidente Hugo Chávez. Esta apertura hacia la posibilidad del canje ocurrió
bajo la presión de las escandalosas revelaciones que surgieron en los procesos
judiciales abiertos a varios políticos del entorno más cercano a Uribe por sus
estrechos vínculos con el terrorismo paramilitar.
La decisión del gobierno colombiano de asesinar al enlace de las FARC con los
gobiernos francés, ecuatoriano, y venezolano, tenía como objetivo directo la
interrupción de las conversaciones para la liberación unilateral de varios
civiles bajo cautiverio, entre ellos la ex candidata presidencial Ingrid
Betancourt. El comandante de la Policía Nacional de Colombia admitió, pocas
horas después de la operación militar en el Ecuador, que el gobierno ecuatoriano
estaba realizando contactos con Raúl Reyes para la próxima liberación de Ingrid
Betancourt y otros civiles en poder de las FARC.
Uribe se ha pronunciado en varias ocasiones por el rescate armado de los
rehenes, aún en contra de la protesta de los familiares de esos rehenes. En su
delirio fascista, incluso le ha pedido al gobierno francés que impida hablar
públicamente a los familiares de Ingrid Betancourt, bajo la acusación de que son
"radicales", y "cercanos a las FARC".
Además, el ataque en el Ecuador ocurre a pocos días de una marcha nacional e
internacional convocada en contra del paramilitarismo en Colombia, a realizarse
el 6 de marzo. Para un gobierno comprometido con los paramilitares, era
importante minimizar la trascendencia de una marcha en contra del terrorismo de
Estado.
Al Uribe plantear que los familiares de Ingrid Betancourt son "cercanos a las
FARC", expresa mucho más que una opinión personal, está delatando una estrategia
represiva. Todo el que enfrenta la política de la clase dominante en Colombia es
considerado por el Estado como "cercano a las FARC", y por eso es que Colombia
tiene una de las poblaciones desplazadas más grandes del mundo, tiene la mayor
cantidad de sindicalistas asesinados en el mundo, y a los defensores de los
derechos humanos y los periodistas independientes se les persigue bajo la misma
fórmula. El método no es original, todos los regímenes fascistas criminalizan y
asesinan a la oposición política bajo el cargo de colaboración con el
terrorismo.
Más de cincuenta años de guerra civil no se explican con la propaganda del
gobierno colombiano, que plantea que los grupos insurgentes son bandas de
delincuentes y narcotraficantes que utilizan el terrorismo para asegurar sus
negocios. Desde que el Estado colombiano lanzó sus primeras operaciones
militares masivas en contra de los campesinos alzados en armas en Marquetalia,
se descalificó a los rebeldes como "bandoleros", y otros términos similares. El
lenguaje no ha cambiado, y ha servido históricamente para justificar crímenes
políticos horribles, como el exterminio del partido Unión Patriótica.
Lo nuevo es la relación directa de Uribe y su gobierno con el narcotráfico y el
paramilitarismo. De acuerdo con documentos desclasificados por el gobierno
estadounidense, desde los inicios de su carrera política, en la década de los
80, Uribe estuvo estrechamente ligado al Cartel de Medellín, liderizado por
Pablo Escobar. Luego, como gobernador de Antioquia, creó la red paramilitar
"Convivir". Quienes fundaron junto con Uribe el partido "Colombia Democrática",
hoy están privados de su libertad mientras se les juzga por sus vínculos con los
grupos paramilitares y con masacres perpetradas por éstos. Los jefes del
paramilitarismo han reconocido que lograron coaccionar a la población de zonas
rurales bajo su control para que votaran por Uribe en su primera elección
presidencial, así como por legisladores de su corriente ultraderechista.
Luego de la violación de la soberanía ecuatoriana por parte de las fuerzas
armadas colombianas, hubo una reacción generalizada de repudio en Latinoamérica.
Ecuador y Venezuela movilizaron tropas hacia sus fronteras con Colombia, y
rompieron relaciones diplomáticas con el régimen fascista de Uribe, medida que
fue imitada por Nicaragua. El presidente Chávez dijo que, para su gobierno, una
agresión semejante a la sufrida por Ecuador sería motivo de una guerra con
Colombia, e incluso amenazó con expropiar algunas empresas colombianas. La
respuesta del gobierno uribista fue acusar a los gobiernos de Ecuador y
Venezuela de colaborar con las FARC, además de amenazar con demandar a Chávez en
La Haya por "financiamiento de genocidas", y rayó en la locura cuando denunció
que la guerrilla había adquirido uranio y se había convertido en una amenaza
terrorista a nivel planetario. Paradójicamente, fue el gobierno colombiano el
demandado en 2005 en La Haya por su responsabilidad en más de dos mil masacres.
Luego de una tímida resolución de la OEA en la que se reconocía la violación de
la soberanía ecuatoriana, pero no se condenaba a Colombia, se llevó el tema a la
Cumbre del Grupo de Río, el 7 de marzo. De manera increíble, el presidente
Chávez, quien días antes había denunciado con justicia a Uribe y su gobierno por
paramilitar y narcotraficante, presentó una posición conciliadora frente a un
Uribe insolente, que no escatimó oportunidades para lanzar los más desquiciados
ataques en contra del gobierno ecuatoriano. El canciller dominicano, el
presidente peruano, y otros representantes de los gobiernos derechistas de la
región celebraron el rol jugado por Chávez para lograr un acuerdo supuestamente
satisfactorio para todas las partes. En realidad la exigencia de una condena al
gobierno colombiano por su violación a la soberanía ecuatoriana no fue
satisfecha, pues el Grupo de Río se limitó a reconocer el hecho sin emitir
condena alguna. La posición conciliadora de Chávez frente a Uribe le permitió al
régimen fascista en Colombia saldar su crimen con una disculpa y el compromiso
de no volver a violentar la soberanía de sus vecinos, una salida ridícula
adornada con sonrisas y aplausos que lesiona la dignidad de los pueblos
latinoamericanos. Nicaragua reanudó sus relaciones diplomáticas con Colombia, y
un Ecuador aislado aceptó la resolución. Es lamentable que el Estado venezolano
haya asumido una posición semejante, existiendo precedentes de violación a la
soberanía de Venezuela tan graves como los secuestros de Jaime Ballestas y
Rodrigo Granda en la ciudad de Caracas por parte de funcionarios del DAS
colombiano.
En un momento estelar en el que quedó al descubierto el absoluto desprecio del
gobierno colombiano por la legalidad internacional, y en el cual se hubieran
podido tomar medidas de verdadera presión sobre Colombia, Venezuela pudo haber
mantenido la suspensión del comercio binacional e invitado a más países de la
región a romper relaciones diplomáticas con Colombia y reconocer el carácter
beligerante de la insurgencia. De esta manera habría logrado presionar
efectivamente al régimen de Uribe, y asomarían nuevas perspectivas para una
salida negociada a la guerra en Colombia, antes de que el imperialismo
estadounidense logre su objetivo de internacionalizar el conflicto como una
estrategia para profundizar su control militar en la región. Sin embargo, la
diplomacia venezolana despreció esta oportunidad histórica y optó por tender al
régimen uribista un nuevo puente.
Mientras transcurría este espectáculo deprimente, se anunciaba en las agencias
internacionales la entrega de la mano amputada de Iván Ríos. Este integrante del
secretariado de las FARC había sido asesinado por supuestos desertores de la
guerrilla, convertidos en sicarios para cobrar los cinco millones de dólares que
el gobierno colombiano ofrecía por su entrega. Según Reuters, "La Bolsa de
Valores de Colombia cerró con un alza de un 2,64%, en una jornada activa,
alentada en la última media hora de negocios por el anuncio del Ejército de
Colombia de la muerte de un líder de la mayor guerrilla izquierdista del país"
(Diario Panorama, 8/3/2008).
El festín de los hipócritas en el Grupo de Río fue bautizado como una victoria
de la paz por la prensa internacional. Y Colombia siguió desangrándose.