Los estereotipos proyectan ya su sombra sobre las vidas de los musulmanes
indios, que representan un 13,5% de la población.
Por Martha Nussbaum (*) - Revista Sin Permiso
Traducción para www.sinpermiso.info:
María Julia Bertomeu.
Si, como ahora parece probable, los terribles atentados del mes pasado en
Bombay fueron obra de terroristas islámicos, la cosa pinta mal para la minoría
islámica de la India. No importa que sus perpetradores estuvieran financiados
desde el exterior, en relación con el conflicto en curso en Cachemira. Los
ataques alimentarán un vigoroso estereotipo de musulmanes violentos e indignos
de confianza, prontos a la conquista religiosa e incapaces de llegar a ser
buenos ciudadanos democráticos. Tales estereotipos proyectan ya su sombra sobre
las vidas de los musulmanes indios, que representan un 13,5% de la población.
Importa, empero, considerar el terrorismo indio desde una perspectiva más
amplia.
El terrorismo en la India no es, en absoluto, asunto exclusivo de los
musulmanes. Una cadena de incidentes recientes se ha atribuido a grupos
islámicos, la mayoría con vínculos foráneos que tienen que ver con Cachemira.
Sin embargo, el ejemplo de terrorismo sangriento más reciente en la India fue el
asesinato de no menos de 2.000 musulmanes perpetrado durante meses en 2002 por
hordas derechistas hindúes en el estado de Gujarat.
Ese horrible pogrom fue presentado en su día como represalia por el incendio,
pretendidamente cometido por musulmanes, de un tren en el que viajaban pasajeros
mayoritariamente hindúes. Pero dos investigaciones independientes han terminado
por concluir que el incendio no fue sino un trágico accidente causado por unos
bidones de queroseno que traían unos pasajeros.
Pero, siendo verdad que eso no se supo en su momento, lo cierto es que el
grueso de los asesinados –o violados, o apaleados— vivían a mucha distancia del
lugar en donde se produjo el incendio, y era claro que no podían tener la menor
conexión con él. Además, hay pruebas más que sobradas de premeditación: grupos
hindúes de extrema derecha habían confeccionado listas de viviendas y negocios
musulmanes.
También son abrumadoras las pruebas de que el gobierno del estado e Gujarat
cobijó a los perpetradores de los asesinatos, lo que llevó al Departamento de
Estado norteamericanoa denegar en 2005 el visado a Narendra Modi, el jefe de
gobierno de Gujarat. Recientemente, el periódico de investigación Tehelka aportó
todavía más pruebas de la complicidad del gobierno en los ataques homicidas a
los musulmanes. Un periodista de Tehelka, pertrechado con una cámara oculta,
entrevistó a varios participantes en los actos violentos de Gujarat, los cuales
describieron con detalle la fabricación de bombas en fábricas propiedad de
miembros de la derecha hindú; cómo esas armas fueron traídas de contrabando
desde otros estados, y cómo la policía recibió instrucciones para mirar hacia
otro lado.
Un dirigente del Bajrang Dal (un grupo paramilitar hindú de extrema derecha)
describió así su propio papel en el asunto: “Estaba esa mujer preñada, y yo la
rajé en canal… No habría ni que dejarles respirar. Ahora digo exactamente lo
mismo. Se trate de quien se trate, mujeres, niños, cualquiera, lo único que cabe
hacer con ellos es rajarlos. Hay que apalearlos, liquidarlos, hay que quemar a
esos bastardos… La idea es no dejar a ninguno con vida; después, todo será
nuestro.”
La revelación de que miembros de la derecha hindú se libraron a una campaña
de limpieza étnica no debería sorprender a nadie. Desde 1930, su movimiento no
ha dejado de insistir en que la India es para las hindúes, que musulmanes y
cristianos son forasteros que deberían tener un estatuto nacional de segunda
clase.
Este año, en la parte oriental del estado de Orissa, miembros del Bajrang Dal
asesinaron a una miríada decristianos que rechazaton convertirse al hinduismo.
(El grueso de los cristianos indios son descendientes de conversos, a menudo
procedentes de las castas hindúes más bajas.) Pacçificas aldesa fueron reducidas
a cenizas; se prendió fuego a un orfelinato patrocinado por la Iglesia; docenas
de iglesias fueron destruidas, y misioneros y sacerdotes fueron asesinados a
sangre fría. Miles fueron obligados a huir de sus hogares, y al menos 30.000 se
quedaron sin techo. La consigna: “Matad a los cristianos y destruid sus
instituciones”.
En agosto, los obispos católicos de la India procedieron a cerrar escuelas
por todo el país “en protesta por las atrocidades cometidas contra la comunidad
Cristiana y otra gente inocente”. Tales acciones, tendentes a transformar la
democracia pluralista india en un régimen etnocéntrico, representan una grave
amenaza para el futuro de la India.
Todo eso es terrorismo, pero nunca sale en la primera plana de los grandes
medios de comunicación del mundo. Y cuando se abre paso en los periódicos fuera
de la India, apenas se usa la palabra “terrorismo”. El resultado es una
percepción, n la India y en todas partes, de que los musulmanes son los malos de
la película en materia de violencia terrorista.
Esos estereotipos son tan dominantes, que muchas asociaciones de juristas de
los estados se niegan a defender a musulmanes acusados de complicidad con el
terrorismo, a pesar de que la Constitución de la India garantiza todos los
acusados una defensa gratuita.
Entretanto, aun con pruebas escasas, si alguna, ronda a los jóvenes
musulmanes la sospecha de terrorismo, un análogo del actual y feísimo fenómeno
norteamericano de la fijación de perfiles raciales.
Algunos musulmanes son delincuentes. Pero eso no justifica la demonización de
los musulmanes; lo mismo que los actos violentos de la derecha hindú no
justifica el estereotipo que pinta a todos los hindúes como violadores y
asesinos. Actúese contra los delincuentes con determinación, buenas pruebas y
juicios justos, y déjese de perseguir a todo una comunidad por su sola
afiliación religiosa.
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(*) Martha Nussbaum ha sido profesora de filosofía en la Universidad de Harvard y
actualmente lo es en la de Brown. Es además una activa defensora de la causa
feminista, y ha sido una crítica tan inclemente filosóficamente, como certera
políticamente, del feminismo académico de impronta relativista. En SinPermiso 2 se acaba de publicar su
célebre ensayo contra Judith Butler, convertido entretanto en un clásico
contemporáneo de la crítica filosófica de la charlatanería ["El
feminismo exige más y las mujeres merecen algo mejor", en: Sinpermiso Nº
2, junio 2007, págs. 151-174]. Entre sus últimos libros traducidos al
castellano están: La terapia del deseo: teoría y práctica en la ética
helenística [traducción de Miguel Candel]. Barcelona: Paidós, [2003];
El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura
[traducción de Rocío Orsi Portalo y Juana María Inarejos Ortiz Boadilla del
Monte]. Madrid: A. Machado Libros, 2005; El cultivo de la humanidad: una
defensa clásica de la reforma en la educación liberal [traducción de
Juana Pailaya]. Barcelona: Paidós Ibérica, 2005; “El ocultamiento de lo
humano: repugnacia, vergüenza y ley” [Traducción de Gabriel Zadunaisky].
Buenos Aires: Katz Editores, 2006; Las fronteras de la justicia:
consideraciones sobre la exclusión [traducción de Ramon Vilà Vernis y
Albino Santos Mosquera]. Barcelona: Paidós, 2007.