l colapso de Afganistán está más cerca de lo que el mundo cree. Kandahar
está en manos del talibán –toda la ciudad, con excepción de 1.6 kilómetros
cuadrados en el centro de la ciudad– y los primeros puestos de control
talibanes están a escasos 24 kilómetros. El gobierno profundamente corrupto
de Hamid Karzai es casi tan impotente como lo es el gabinete iraquí en la
Zona Verde de Bagdad. De hecho, los transportistas afganos ahora llevan
licencias del talibán, que opera sus propias cortes en áreas remotas del
país.
La Cruz Roja ya advirtió que las operaciones humanitarias están siendo
drásticamente socavadas en la mayor parte de Afganistán; más de 4 mil
personas, un tercio de ellas civiles, han sido asesinadas en los últimos 11
meses, al igual que gran cantidad de soldados de la OTAN y 30 trabajadores
humanitarios.
Tanto los talibanes como el gobierno de Karzai están ejecutando a sus
prisioneros en cada vez mayor número. Las autoridades afganas ahorcaron este
mes a cinco hombres por asesinato, secuestro o violación –si bien un
prisionero, pariente lejano de Karzai, como era de esperar, vio su sentencia
conmutada–. Hay más de 100 personas condenadas a muerte en Kabul.
Éste no es el resurgimiento de un Afganistán democrático, pacífico y
“sensible a los géneros” que se le prometió al mundo después de derrocar a
los talibanes en 2001. Fuera de la capital y en el lejano norte, casi todas
las mujeres andan cubiertas totalmente con la burkha, mientras que
combatientes originarios de Cachemira, Uzbekistán, Chechenia y hasta de
Turquía están llegando a unirse a las filas de los talibanes. Se cree que
hay más de 300 combatientes turcos en Afganistán, y la mayoría de ellos
tiene pasaporte europeo.
“Nadie que conozco quiere que el talibán vuelva al poder”, me dijo un
ejecutivo de negocios de Kabul –en estos días se insiste en el anonimato
como en 2001–, “pero la gente detesta al gobierno y al Parlamento, que nada
hacen por su seguridad. Con tantas personas desplazadas que llegan a Kabul
desde las provincias, hay desempleo masivo, pero no existen estadísticas.
“El ‘libre mercado’ llevó a muchos al desastre financiero. Afganistán es
sólo un campo de batalla de ideología, opio y corrupción política. Tenemos a
todos estos consorcios comerciales que reciben contratos de gente como (la
organización humanitaria) USAID. Primero se apropian entre 30 y 50 por
ciento de sus propias ganancias, luego subcontratan a otras compañías, de
manera que sólo queda 10 por ciento del presupuesto originalmente destinado
a los afganos.
Afganos que trabajan para organizaciones de caridad y Naciones Unidas se
quejan con sus patrones de que los talibanes los presionan y les exigen
información o casas seguras. En el campo, los agricultores viven
atemorizados por ambos lados de la guerra. Un funcionario de muy alto rango
en una organización no gubernamental (ONG) de Kabul –quien insistió en el
anonimato– dice que tanto los talibanes como la policía amenazan
regularmente a pobladores de aldeas.
“Un grupo talibán de 15 o 16 personas puede llegar a la casa de un líder
local y exigirle comida y alojamiento. El líder dice al pueblo que alimenten
al grupo y le permita quedarse en la mezquita. Luego llegan la policía o el
ejército y acusan a los habitantes del pueblo de colaborar con el talibán,
detienen a hombres inocentes y amenazan a la comunidad con retirarles la
ayuda humanitaria. Y siempre existe el peligro de que la aldea sea
bombardeada por los estadounidenses”.
En Ghazni, el talibán ordenó que todos los teléfonos móviles fueran
apagados entre 5 y 6 de la tarde por temor a que espías pudieran usarlos
para revelar las posiciones de la guerrilla. La guerra de los celulares
puede ser un conflicto en que el gobierno está ganando. Con la ayuda que
Estados Unidos brinda a la policía del Ministerio del Interior, ésta ya está
en condiciones de rastrear y triangular llamadas.
Una vez más, los estadounidenses hablan de formar “milicias tribales” para
combatir a los talibanes, como hicieron en Irak y han intentado las
autoridades paquistaníes en su frontera noroeste. Pero los caciques de los
años 80 fueron corrompidos por los rusos cuando el sistema se puso en
práctica hace dos años –se llamó Fuerza Policial Auxiliar– y fue un fiasco.
Los miembros de esa formación dejaron de ir a trabajar, se robaban las armas
y se unían a las milicias privadas.
“Cada vez que llega a Kabul un embajador occidental, vuelven a recalentar
esta idea” dice otro desesperado activista de ONG. “Oh, formemos milicias
locales, es una idea brillante”. Pero nada hacen por solucionar el problema
del pillaje y la crueldad del talibán y los bombardeos aéreos que los
afganos hallan intolerables. La comunidad mundial debe dejar de darle
vueltas al asunto y pensar en los cimientos que debieron haberse construido
hace cuatro o cinco años”.
Lo que esto significa para esos occidentales que han pasado años en Kabul
es simple: ¿Es en verdad la “democracia” la ambición irrenunciable de los
afganos? ¿Es posible crear un Estado federal fuerte? ¿Está la comunidad
internacional dispuesta a combatir a los señores de la guerra y
productores de droga del gobierno de Karzai? Y lo más importante de todo:
¿tiene el desarrollo realmente algo que ver con “mantener el control sobre
el país? El viejo y cansado proverbio estadounidense de que “donde termina el
pavimento comienza el talibán” es falso. Los talibanes están montando
puestos de control en las carreteras recién reconstruidas.
El Ministerio de Defensa tiene 65 mil hombres bajo sus dudosas órdenes
pero necesita 500 mil para controlar el país. Los soviéticos fracasaron en
su intento de conservar el control sobre la nación con 100 mil hombres y 150
mil soldados afganos que los apoyaban.
Ahora que Barack Obama se prepara para enviar otros 7 mil soldados
estadounidenses a ese pozo que es Afganistán, los españoles e italianos están
hablando de retirarse mientras los noruegos podrían hacer lo mismo con sus
500 hombres en la zona del norte del país.
Repetidamente, los líderes occidentales se refieren a la “clave” de
entrenar a cada vez más afganos para ingresar al ejército. Pero esa fue la
misma “clave” usada por los rusos, y resulta que no funcionó.
“Nosotros” no estamos ganando en Afganistán. Hablar de aplastar al
talibán es tan desolador e irreal como siempre lo ha sido. De hecho, cuando
el presidente afgano trata de tener un encuentro con el mullah Omar –según
Estados Unidos es uno de los principales objetivos de esta guerra miserable–
ya se sabe qué esperar. Omar ni siquiera quiso hablar con Karzai.
La partición del país es una opción que nadie discutirá –darle el sur
afgano a los talibanes y conservar el resto, pero daría pie a otra crisis
con Pakistán ya que los pashtunes, la mayor parte del talibán, querrían todo
lo que consideran es “Pashtuntistán” y que incluyen territorios tribales
paquistaníes.
Esto también implicaría volver al “gran juego” de rediseñar las fronteras
del sureste asiático, algo que, como la historia ha demostrado, siempre
viene acompañado de derramamiento de sangre.