Cuando un país tiene un déficit por cuenta corriente frente al resto del
mundo, ello significa que ha recibido más bienes y servicios de los que ha
entregado a cambio. La diferencia se ha saldado con activos del país: reales,
como casas o fábricas, o, las más de las veces, financieros, como dinero o deuda
privada o pública del país en cuestión. Como la deuda crece más o menos al ritmo
marcado por el déficit anual, si éste persiste, el resto del mundo va acumulando
derechos contra él, consolidando así una posición acreedora.
En el año 2006, el déficit del conjunto de países industriales superaba el
medio billón de dólares, y el Fondo Monetario Internacional estimaba que
seguiría aumentando hasta 600.000 millones en los próximos cinco años. Para
entonces, el déficit de Estados Unidos, hoy de 800.000 millones, se habrá
reducido en un 25%, mientas que el de la eurozona habrá subido, por el aumento
de los gastos en energía. Como esta situación dura desde hace años, algunos
países han alcanzado una posición deudora muy elevada: así, en 2006, el resto
del mundo tenía derechos contra Estados Unidos equivalentes a más del 25% de su
Producto Interior Bruto.
Los principales países acreedores son Japón (que está incluido, a efectos de
clasificación, entre los países industriales), los países productores de
petróleo (sobre todo los de Oriente Próximo) y China. Si atendemos sólo a los
flujos anuales, el Fondo estima que, en 2006, China y Oriente Próximo
financiaban, a partes iguales, el 86% del déficit de los países industriales, y
prevé que, para 2013, el superávit chino exceda la totalidad del déficit de los
países industriales, y duplique el de los países de Oriente Próximo.
Todo ello basta para otorgar a China un papel decisivo en el mantenimiento de
la estabilidad del sistema financiero internacional: cualquier cambio brusco en
la composición de la cartera de deuda del Banco Central chino tendría
repercusiones considerables sobre el tipo de cambio del dólar y los tipos de
interés. Sin pretender adivinar los propósitos de una institución tan
impenetrable como suele ser un Banco Central, tratemos de esbozar cuáles son sus
opciones.
En 2007, los activos financieros de Estados Unidos en poder del resto del
mundo ascendían a 16 billones de dólares (la posición neta es menor, por el
volumen de activos extranjeros propiedad de norteamericanos): unas 11 veces el
PIB español del mismo año. No es exagerado estimar en un billón de dólares las
tenencias de bonos del Tesoro en el Banco Central chino.
Estos activos, como todos los activos exteriores, están sujetos al riesgo de
cambio y al de interés, y ambos han jugado en contra de sus tenedores: en los
tres últimos años, el dólar ha perdido un 17% de su valor frente a la moneda
china, y un 25% frente al conjunto de divisas.
Además, el rendimiento de los bonos del Tesoro no ha hecho más que bajar
desde mediados de 2006, hasta situarse, en agosto pasado, en el 1,75%. Por ambos
conceptos, pues, el Banco Central chino ha sufrido grandes pérdidas en su
cartera.
Para compensar en lo posible los menores rendimientos de los bonos del
Tesoro, los acreedores de Estados Unidos, y, en particular, las autoridades
chinas han ido acumulando carteras de deuda de entidades como Freddie Mac y
Fanny Mae, que ofrecían rendimientos mayores, a la vez que disfrutaban de una
garantía implícita del Gobierno de Estados Unidos: es decir, eran títulos
emitidos con el entendimiento tácito de que el Gobierno haría frente a los pagos
si las entidades estaban en dificultades (algo así como la deuda de nuestros
ayuntamientos): así, el volumen de activos de esta clase en poder de inversores
públicos extranjeros (bancos centrales) se ha quintuplicado desde 2003, hasta
superar el billón de dólares en junio de 2008. Pero ahora resulta que, por el
momento, no es seguro que los acreedores de las dos F, que acaban de ser
nacionalizadas, vayan a cobrar hasta el último céntimo: los detalles del plan de
salvamento aún están por decidir. Tras las pérdidas de cambio y de interés de
los bonos del Tesoro, el Banco Central chino corre ahora el riesgo de no cobrar
la totalidad de su deuda.
En resumen: el Banco Central chino ha hecho un pésimo negocio durante los
últimos años, y a nadie se le ocurriría confiarle la gestión de sus ahorros.
Claro está que la comparación con una entidad privada está fuera de lugar: un
banco central tiene otros objetivos que el de conseguir los mejores resultados
posibles.
En particular, en este caso, la financiación del déficit norteamericano, al
contribuir a sostener la cotización del dólar, ha permitido mantener las
exportaciones chinas a Estados Unidos, y ha ayudado así al crecimiento y a la
modernización de la economía china: seguramente un objetivo más importante que
los resultados del Banco, o del Tesoro chino. Pero todo tiene un límite, y puede
uno preguntarse si las autoridades chinas no decidirán deshacerse de sus activos
en dólares, dejando que sean otros quienes financien el déficit norteamericano:
ésta es una pregunta que muchos se hacen desde hace años, y que la crisis
financiera ha vuelto a hacer pertinente.
En términos generales, la respuesta es sencilla: las autoridades chinas
evitarán hacer cualquier cosa que haga peligrar el sistema financiero
internacional, o que ponga en dificultades a Estados Unidos; no se verán
obligadas a hacerlo por su propia situación; y sí tratarán de sacar partido de
su posición acreedora, con la máxima discreción posible, procurando extraer
contrapartidas financieras, comerciales o de otro orden.
Este comportamiento es coherente con el que han mantenido desde su entrada en
el escenario económico internacional, hace 30 años: así, en 1998, al término de
la crisis del sureste asiático, y contra todo pronóstico, no devaluaron su
moneda, y pusieron así de manifiesto su voluntad de contribuir a la estabilidad
del sistema.
Tampoco es previsible que las circunstancias les fuercen a liquidar activos,
como ha sucedido a otras entidades: el superávit corriente asegura un flujo
constante de divisas, y la política de tipo de cambio les pone al abrigo de
salidas masivas de capital, de manera que no van a tener problemas de liquidez
internacional. Por todo ello, sería extraño que originaran movimientos bruscos
en los mercados de divisas o de deuda. En el corto plazo, todo indica que
seguirán la corriente.
Pero es muy probable que traten de hacer uso de su posición de actor
principal en los mercados financieros en el curso de sus continuas negociaciones
con Estados Unidos, en los terrenos que son de su interés: así, por ejemplo,
puede que las autoridades norteamericanas dejen de darles la lata con el tipo de
cambio; o que suavicen su posición comercial en una temporada que se adivina
difícil para los exportadores chinos; es posible, por último, que obtengan
concesiones, siempre invisibles, sobre el tratamiento de los asuntos de Taiwan o
del Tíbet. Todo esto quedará lejos de las miradas del público.
Más allá de lo inmediato, no cabe duda que la crisis del sector financiero
norteamericano marcará un cambio de actitud en las autoridades chinas: a los
ojos del mundo, el liderazgo estadounidense en materia financiera ha sido puesto
en cuestión. El ahorro del resto del mundo se dirigía hacia el mercado
estadounidense porque éste ofrecía, no sólo liquidez, sino también seguridad;
esto ha cambiado. El cambio será real, aunque imperceptible, y consolidará lo
que va siendo un hecho: el desplazamiento del centro de gravedad del mundo
económico de Occidente hacia Oriente.
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(*)Alfredo Pastor es profesor del IESE y de la CEIBS de Shanghai.