La renuncia de Corea del Norte al desarrollo de su programa atómico es
más un triunfo de la diplomacia multilateral china que de la presión unilateral
de los EE.UU.
Por Oscar Raúl Cardoso
- Clarín
Algunas veces --no muchas en verdad-- los desarrollos internacionales se
presentan de un modo casi transparente que permite apreciar a simple vista la
complejidad que suponen. Esta semana se presentó uno de esos casos cuando el
siempre sorprendente Kim Jong-il instruyó a su diplomacia que entregara a China
el informe más completo hasta el presente sobre su programa nuclear. China es
para Pyongyang el más directo interlocutor del denominado "grupo de los seis"
(Estados Unidos, Japón, Corea del sur y Rusia, además de la propia Corea del
Norte) que intenta detener la crisis nuclear planteada en el extremo asiático.
Desde su reino ermitaño , una de las fórmulas empleadas para aludir a Corea del
Norte, que posiblemente sea el país del planeta que vive bajo mayor clausura,
Kim parece haberle servido el jueves a Bush un triunfo que exhibir en el ocaso
de su último mandato. En Washington el presidente estadounidense aceptó de buena
gana el obsequio después de todo está buscando un éxito internacional para
exhibir como legado de los pasados ocho años y tanto Irak como Afganistán
continúan negándoselo. Y, en cuanto a lo que deseaba acometer en Irán, el tiempo
y un poder político que se le filtra como agua entre los dedos lo limitan
también.
Bush debió ser cauto y también travestir la verdad un tanto, aunque en esto
último posee una gran experiencia. Aunque dijo que iniciaría el proceso para
sacar a Corea del Norte de la lista de países que patrocinan el terrorismo .
Pyongyang ingresó a esa nómina hace 20 años cuando sus agentes fueron acusados
de atacar un avión comercial de la línea surcoreana.
Demandará más de un mes, pero al cabo de esa gestión Pyongyang quedará
nuevamente habilitada para recibir ayuda estadounidense, además de la que
aporten los demás miembros del grupo de los seis.
Dónde y qué escondió Bush El presidente presentó la decisión coreana como algo
que la diplomacia estadounidense había logrado junto a sus aliados . Como tantas
otras de Bush esta no es verdad. Cuando en el 2002 acuñó su definición sobre el
eje del mal e incluyó a Corea del Norte junto a Irán e Irak. La idea entonces
era que Pyongyang debía ser un futuro objetivo militar de las operaciones que se
habían iniciado en Afganistán y que, en breve, continuarían en Irak.
Alguien debe haberle soplado al oído a Bush que Corea no era lo mismo que Irán e
Irak y que, a diferencias de estos, Pyongyang sí tenía entre cuatro y seis
bombas nucleares. Si Kim optara por suicidarse al frente de sus 23 millones de
gobernados, aun así estaría en condiciones de producir antes sendos desastres en
Seúl, Corea del Sur, y Tokio, Japón al estilo de los que recordamos en Hiroshima
y Nagasaki.
De hecho los países que recibieron el informe saben que no sólo llega un tanto
retrasado --debió entregarlo a fines del año pasado-- si no que no contiene
parte de la información más buscada por el grupo de los seis .
Buscan datos como la cantidad precisa del plutonio --material apto para el uso
bélico-- que los reactores nucleares coreanos han dejado en los arsenales. Este
dato es importante porque Pyongyang realizó el año pasado disparos de prueba
como misiles de corto y mediano alcance y otro, el --Taepong 2-- que presentó
como intercontinental y con capacidad de alcanzar las costas de Estados Unidos.
Pocos expertos creen que este es el caso, pero todos coinciden en que de
continuar su investigación los norcoreanos lograrán lo que buscan.
En diciembre pasado la fuerza aérea israelí bombardeó instalaciones en Siria
aduciendo que eran parte de un proyecto nuclear que estaba siendo transferido
desde Corea del norte.
Igual sucede con la ojiva. A comienzos de octubre del 2006, Corea hizo estallar
un artefacto nuclear de un kilotón de potencia, algo que los expertos no
consideran un arma competitiva. Por esa razón el punto último del ejercicio del
grupo de los seis es arrancarle a Kim el control del programa nuclear y
obligarlo a ponerlo bajo supervisión internacional.
Fueron los chinos preocupados por potenciales conflictos armados en lo que
perciben como su terra nostra (las dos Coreas, Japón, etcétera) los que
presionaron fuerte sobre Pyongyang llevándolo a un punto donde no podía ya negar
todo gesto. De todos modos King parece dispuesto solo a hacer pequeños guiños,
pero no reales concesiones como podría ser asumir --si lo hizo-- una tarea
proliferadora entregando parte de su tecnología atómica militar a terceros
países. No todo lo que brilla es metal precioso en las relaciones de poder
internacionales. Ni todo aquello que parece constituir un punto de llegada lo
es. No se trata aquí de abrazar el pesimismo solo por el gusto de hacerlo, sino
de comprender el esfuerzo que es necesario hacer para descifrar el verdadero
sentido de lo que se produce cada día sobre la escena internacional.
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(*)John Cavanagh y Chuck Collins: investigadores del Institute for Policy
Studies en la John Hopkins University, Baltimore, EEUU