Lo que después asombró fue la desenvoltura intelectual que lo
llevó a decidir el debate sobre las líneas de delimitación que separan la
derecha de la izquierda. Había analistas que se preguntaban si esas líneas se
habían movido, empujadas por la globalización liberal. Sarkozy zanjó la
discusión. Y mediante la composición de su gabinete, ha demostrado que el
perímetro de la derecha incluye ahora en efecto buena parte del Partido
Socialista, en todo caso su ala "social-liberal". En este sentido, el nuevo
ejecutivo (donde no menos de cuatro miembros: Bernard Kouchner, Eric Besson,
Jean Pierre Jouyet y Martin Hirsch, vienen de la izquierda) no hace más que
reflejar la derechización de la sociedad francesa.
Una derechización paradójica, dado que el sufrimiento social no ha dejado de
aumentar, y que desde 1995 las luchas sociales persisten vivas en un mundo
laboral duramente golpeado por la precarización y la tercerización, las
deslocalizaciones y el desempleo.
La era del gaullismo se termina, sustituida por la del sarkozismo, es decir,
un populismo francés que se propone reunir en su seno a todas las derechas, de
los lepenistas a los social-liberales, sin olvidar a los centristas,
cautivándolas mediante una ilusión de movimiento y de apertura calificados de
"modernos" y aun de "progresistas". Y cuyas principales fuentes de inspiración
son el modelo republicano neoconservador de Estados Unidos (véase "Las recetas
ideológicas del presidente Sarkozy", páginas 1, 8 y 9), Silvio Berlusconi en
Italia y José María Aznar en España. Tres experiencias, dicho sea de paso,
recientemente repudiadas por los votantes de esos países.
El nuevo fracaso de la izquierda constituye en primer lugar una derrota
intelectual. El hecho de no haber producido, por inmovilismo, por quiebra de los
sectores populares o por incapacidad, una nueva teoría política para construir
una Francia más justa, cuando todas las estructuras de la sociedad han resultado
transformadas en los últimos quince años por el brutal desmoronamiento de la
Unión Soviética y el impulso devastador de la globalización neoliberal, ha
terminado por resultar suicida. La izquierda ha perdido la batalla de las ideas.
Y eso después de que su experiencia gubernamental la llevara a bloquear
salarios, cerrar fábricas, eliminar empleos, liquidar las cuencas industriales,
y privatizar parte del sector público. En suma, desde que aceptó la misión
histórica, contraria a su esencia, de "adaptar" Francia a la globalización, de
"modernizarla" a costa de los asalariados y a favor del capital. Allí está el
origen de su derrota actual.
Delegar la responsabilidad del fracaso en los grandes medios de comunicación,
que constituyen hoy el principal aparato ideológico del sistema, remite a
lamento infantil o a impotencia. Porque la nueva jerarquía de poderes instaurada
por la globalización coloca evidentemente en la cumbre, como poder primordial,
el poder económico y financiero seguido del poder mediático, mercenario del
anterior. Este dúo dominante controla el poder político. Que en las democracias
de opinión, en la era de la globalización, sólo se conquista con el
consentimiento cómplice de los dos primeros.
La "izquierda de la izquierda" tampoco ha tenido en cuenta esta evidencia; a
pesar de la riqueza de sus propuestas ha ofrecido a menudo un espectáculo
consternante de desunión y egotismo.
Para el conjunto de la izquierda, se trata de una derrota decisiva. Señala el
fin de una época. Y la obliga a una indispensable refundación. Para construir
por fin, como se dice en estos tiempos en América Latina, "un socialismo del
siglo XXI".