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(IAR-Noticias)
08-Marzo-07
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Bush y Chávez, la contradictoria relación con
el capitalismo |
El mundo de los negocios --para el que Smith escribió-- necesita
medidas predecibles, alejadas del estilo que muestra el presidente de
Venezuela
Por Paul Kennedy (*)
-Clarín / Tribune Media Services
Los contrastes entre Hugo Chávez y Adam Smith no podrían ser más
obvios. Uno es el carismático, agresivo y radical presidente de
Venezuela, proclive a pronunciar discursos frente a sus fervorosos
partidarios o ante una Asamblea de las Naciones Unidas sobre los males del
imperialismo estadounidense.
El otro fue un reflexivo y prudente economista político escocés
quien, hace 230 años, escribió la que habría de ser la obra más influyente
de todos los tiempos para entender las cuestiones económicas: La
riqueza de las naciones.
Tal vez lo único que puede vincular a estos dos hombres, a través de los
siglos y a través del océano, es que los venezolanos son los más
entusiastas consumidores de whisky escocés de todos los países que he
visitado.
Pero no son las costumbres ni los estilos de vida diferentes de Chávez y
Smith lo que quiero analizar aquí. Me parece mucho más significativo
mencionar que Chávez, a juzgar por las políticas que ha adoptado
recientemente (y por sus divulgadas intenciones futuras), parece estar
decidido a burlarse de todas aquellas sensatas medidas que, según afirmara
el escocés, contribuirían a hacer que una nación sea próspera, estable y
fuerte.
Ahora bien, no estoy sugiriendo que el presidente venezolano haya leído la
obra de Adam Smith. Me parece improbable que así sea. Pero lo cierto es
que las actuales políticas de Venezuela arremeten de frente contra las
ideas del gran economista. Porque ¿qué fue lo que dijo Smith? Este autor
escribió en una época de grandes turbulencias en Estados Unidos y en
muchos países más. Escribió en una época en la que el imperio español se
tambaleaba y el imperio británico estaba en ascenso. Escribió en una época
en que los intelectuales de París, Londres, Edimburgo y Filadelfia
discutían cuál era la relación adecuada entre beneficio económico y
poder, y qué era lo que engrandecía a una nación.
Para Smith, la respuesta era muy fácil. Siempre que el sistema de gobierno
de un país pudiera evitar dañar la economía, todo andaría bien. Los
seres humanos son naturalmente imaginativos y productivos y siempre están
empeñados en incrementar sus beneficios; si se les permite hacerlo, la
nación en su conjunto prosperará.
Por el contrario, si los que gobiernan actúan de manera insensata
—coartando la iniciativa, no tolerando el disenso, imponiendo impuestos
arbitrarios, confiscando bienes privados, perjudicando a la empresa y
permitiéndose participar en problemas foráneos— el país en cuestión podría
caer rápidamente en un estado de desventura, perturbación y gran
descrédito. Al parecer, lo que más le desagradaba a Smith era la
impredecibilidad; los mercados libres necesitan contar con la certeza
de que lo que se invierte hoy no se interrumpirá mañana.
Los lectores empezarán ahora a comprender cómo se relacionan estas
palabras con las recientes políticas de Chávez. El discurso agresivo y
sensacionalista que pronunció en septiembre último en la Asamblea General
de las Naciones Unidas fue sólo un gesto simbólico, a pesar de que
avergonzó a muchos diplomáticos y políticos latinoamericanos. Pero el
mundo de los negocios --el mundo para que el que Smith escribió-- se
interesa menos por la retórica demagógica que por las medidas políticas
concretas, especialmente las que incrementan la incerteza. Y es en ese
punto donde Chávez se está enterrando --y enterrando a Venezuela como
nación-- en un agujero cada vez más profundo.
Para empezar, el mandatario venezolano parece estar resuelto a
despilfarrar la inesperada buena racha que, como caída del cielo, le
ha tocado en suerte a Venezuela debido al reciente elevado costo del
petróleo y el gas natural. Hay una interesante hipótesis económica según
la cual los países carentes de recursos nacionales (pensemos en Suiza y
Singapur) suelen estar entre los más prósperos porque se han visto
obligados a apoyarse en el más importante factor generador de riqueza que
haya existido nunca: el capital humano.
Sin embargo ciertas naciones, como por ejemplo Noruega y Dubai, han usado
inteligentemente sus ganancias con el petróleo, invirtiendo en el
futuro de sus respectivos pueblos. Chávez, por el contrario, está
malgastando el capital de Venezuela: comprándoles a los rusos aviones
de combate MIG, ayudando a regímenes antinorteamericanos de Africa y de
América latina, y recompensando a sus partidarios políticos en su propio
país. Por supuesto, todo eso depende de que los precios del petróleo se
mantengan muy altos.
Por último, están sus arbitrarias interferencias en los campos de los
negocios, los impuestos y la propiedad privada. Aunque Venezuela tiene una
brecha entre ricos y pobres que es típicamente sudamericana, es probable
que no sea una buena idea confiscar tierras y empresas privadas para
poner en ejecución sus programas populistas y socialistas. Casi todas
las semanas leemos que Chávez pidió más atribuciones, o que algún
destacado partidario suyo recomienda que se le dé más autoridad al
Presidente.
Exigir que las multinacionales extranjeras paguen regalías por sus
ganancias provenientes del petróleo y el gas es perfectamente
comprensible; pero con frecuencia lo hace incrementando el porcentaje del
"recorte" del Estado y transmitiéndoles a las compañías globales la
impresión de que Venezuela no es un buen lugar para hacer negocios.
No es sorprendente entonces que todo ello haya llevado a que los mercados
extranjeros hagan grandes ventas de bonos venezolanos. En la economía de
todos los países siempre hay lugar para el debate respecto del alcance de
lo público versus lo privado. Pero no hay duda alguna de que las
medidas arbitrarias y confiscatorias de los gobiernos tienen consecuencias
negativas.
Seguramente Chávez desecharía las obras de Adam Smith, si las conociera.
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(*) Historiador, Universidad de Yale
Copyright Clarín y Tribune Media Services, 2007. Traducción de
Ofelia Castillo.
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