(IAR-Noticias)
21-Febrero-07
Casi cincuenta años después de que una pequeña nación isleña
emprendiera uno de los experimentos sociales más radicales de la historia, ha
llegado el momento de medir los resultados. ¿La salida de Castro ofrece a los
cubanos la ansiada oportunidad de obtener libertad y prosperidad, o sólo señala
el fin de una era en la que Cuba ha conocido un éxito sin precedentes? Uno de
los más acerbos críticos de Castro discute la cuestión con uno de sus
principales defensores.
Debate Carlos Alberto Montaner - Ignacio Ramonet - Foreign Policy
(*)
El comunismo ha defraudado a Cuba
Carlos Alberto Montaner
Tras casi cincuenta años de sufrimiento bajo el régimen de Fidel Castro, los
cubanos pueden prepararse ya de forma realista para la vida después del
comandante. En el momento de escribir esto, el octogenario Castro está muy
enfermo, tal vez completamente incapacitado. Cuando muera, ¿sobrevivirá el
régimen comunista que creó en 1959? ¿O se convertirá el país en una democracia
pluralista, con un sistema económico de mercado y la existencia de propiedad
privada, como ocurrió con casi todas las dictaduras del Este de Europa tras la
caída de la Unión Soviética?
Yo preveo esto último. En América, a principios del siglo XXI, una dictadura
en la que no se respetan los derechos humanos, que cuenta con más de trescientos
presos políticos –entre ellos, 48 jóvenes por recoger firmas para un referéndum,
23 periodistas por escribir artículos contra el régimen y 18 bibliotecarios por
prestar libros prohibidos– no puede sostenerse. La muerte de Fidel Castro será
el punto de partida de una serie de cambios políticos y económicos parecidos a
los que se produjeron en Europa. Los motivos son éstos:
En primer lugar, el liderazgo de Castro no es intransferible. Es un hombre
fuerte que ha ejercido personalmente el poder durante casi medio siglo. Aunque
su ideología es el comunismo, pertenece a la misma especie antropológica que
Francisco Franco en España o Rafael Trujillo en República Dominicana. Y ese tipo
de autoridad, basado en una combinación de miedo y respeto, no puede
traspasarse. Es verdad que ha escogido a su hermano Raúl como sucesor. Pero Raúl
tiene 75 años, por lo que su edad también es una desventaja, como lo son su
alcoholismo y su falta de carisma. Lo más probable es que se limite a desempeñar
un papel de transición entre la dictadura comunista y la llegada de la
democracia.
Segundo, el pueblo cubano sabe que el sistema creado por Castro ha fracasado.
Se enfrenta cada día a la realidad de que el comunismo ha agravado todos los
problemas materiales fundamentales de Cuba hasta el punto de la desesperación.
Las carencias en alimentación, vivienda, agua potable, transporte, electricidad,
comunicaciones y ropa no pueden compensarse con unos sistemas de educación y de
salud muy amplios, pero muy deficientes. Paradójicamente, incluso los propios
logros del régimen le incriminan. El hecho de que la isla cuente con una
población de un nivel educativo razonable alimenta el deseo de cambio de la
sociedad y su insatisfacción con un sistema empeñado en que la inmensa mayoría
de los cubanos tenga una vida miserable. Nadie está más ansioso por abandonar el
colectivismo igualitario que las legiones de ingenieros, médicos, técnicos y
profesores obligados a vivir sin la menor esperanza de mejorar. Esos cubanos
educados y frustrados son quienes tratarán de presionar para que se produzcan
reformas, dentro de las instituciones comunistas o incluso fuera de ellas.
En tercer lugar, llegará un momento en el que Cuba tendrá que enfrentarse a
la historia. El país no puede seguir siendo una dictadura comunista,
colectivista y anacrónica en un mundo en el que el marxismo ha quedado
totalmente desacreditado. Cuba pertenece a la civilización occidental. Forma
parte de Latinoamérica, y no tiene sentido que su Gobierno siga manteniendo al
país aislado de su entorno, sus raíces y su evolución natural. Al fin y al cabo,
las dictaduras de América Latina, tanto las de izquierdas (Velasco Alvarado en
Perú) como las de derechas (Augusto Pinochet y los regímenes militares de
Argentina, Brasil y Uruguay), han sido sustituidas por gobiernos legitimados en
las urnas.
Por último, los reformistas saben que el cambio no sólo es posible, sino
deseable. Los dirigentes cubanos, sobre todo los que son más jóvenes que la
generación de Fidel y su hermano Raúl, se dan cuenta de que no son héroes de una
novela romántica, sino promotores de un sistema absurdo del que todo el que
puede se escapa. Y al mismo tiempo saben, porque lo han visto en Europa del
Este, que hay vida después del comunismo. Tienen todos los incentivos morales y
materiales para contribuir al cambio. Yo predigo un cambio pacífico basado en un
acuerdo entre los reformistas del régimen y los demócratas de la oposición,
dentro y fuera de la isla.
El futuro de Cuba está aquí
Ignacio Ramonet
Q uienes afirman que, después de Fidel, Cuba seguirá los pasos de Europa del
Este, se niegan obstinadamente a ver lo que tienen ante sus ojos. El presidente
Fidel Castro no está ejerciendo su cargo desde el pasado mes de julio; es decir,
hace ya más de seis meses que existe el después de Fidel. Y, sin
embargo, no ha ocurrido nada. El régimen no ha caído ni han estallado las tan
anunciadas protestas públicas. El sistema ha demostrado que puede funcionar con
normalidad en estas condiciones, y las instituciones legales están aguantando el
impacto de la retirada de Castro. La situación actual, surgida por el
empeoramiento gradual de su salud, ha servido de ensayo general para el día en
el que ya no esté vivo. Y, por ahora, el ensayo está saliendo bien y confirma
que los comentaristas como usted, que comparan Cuba con Hungría, se equivocan.
A diferencia de Hungría, las grandes reformas cubanas no son producto de
ideas ajenas impulsadas por tropas extranjeras llegadas en vehículos blindados
soviéticos. Nacieron de un movimiento popular en el que se unieron las
esperanzas de campesinos, obreros e incluso profesionales de la pequeña
burguesía urbana. Es, además, un movimiento que aprovechó el deseo de auténtica
independencia nacional (frustrada por la intervención de Estados Unidos en 1898)
y el deseo de poner fin a una discriminación racial humillante. Y sigue contando
con el apoyo de la mayoría de sus ciudadanos. La muerte de Castro no va a
desmantelar un movimiento que ha tardado cientos de años en construirse.
Repudiar esta característica nacional es ignorar varias dimensiones esenciales
del régimen. Y es no comprender por qué, 15 años después de la desaparición de
la Unión Soviética, el sistema cubano sigue en pie.
Desde luego, en los años posteriores a Castro, La Habana sufrirá la
influencia de los acontecimientos exteriores. El coloso del Norte se
encargará de ello. No hay más que ver la sugerencia del Gobierno de Bush de
nombrar a alguien que dirija "la transición en Cuba", como si el país fuera un
protectorado colonial. La idea ha escandalizado incluso a algunos miembros de la
oposición. Es evidente que Estados Unidos está decidido a mantener una relación
equivocada con la isla. Sigue fomentando un embargo que, aparte de hacer sufrir
a los cubanos, sólo ha servido que para dar más legitimidad ante los ojos del
mundo al régimen que pretende derrotar. La posición de Washington es tan
irracional que la propia Administración Bush reconoce que el embargo no se
interrumpirá hasta que Fidel y Raúl dejen el poder. Es decir, es un embargo que,
más que con un régimen político concreto, tiene que ver con dos personajes
determinados. Da una idea del grado de neurosis que dicta la política de Estados
Unidos respecto a Cuba.
Aunque no parece probable que la Casa Blanca vaya a cambiar pronto esa terca
postura, otros países latinoamericanos han demostrado estar más que dispuestos a
reconocer los avances y las ventajas del sistema cubano. El fracaso generalizado
en Latinoamérica de los modelos neoliberales predicados en los 90 ha dado nuevo
vigor a la imagen de la isla como modelo social. Nadie puede negar los éxitos
del Estado en educación, salud, deporte y medicina, gracias a los cuales está
volviendo a ser un punto de referencia para los desposeídos del continente
latinoamericano. La estrategia de Washington de aislar a Cuba en el hemisferio
ha fracasado. De hecho, la isla no ha tenido nunca tanta aceptación entre sus
vecinos como en la actualidad. Néstor Kirchner en Argentina, Lula da Silva en
Brasil, Evo Morales en Bolivia, Hugo Chávez en Venezuela y Daniel Ortega en
Nicaragua han expresado públicamente su respeto por Fidel Castro y su
solidaridad con Cuba. Y en su mayoría están adoptando soluciones cubanas
para algunos de sus problemas sociales. No hay duda de que ese legado
sobrevivirá a Fidel Castro.
Además, usted pasa por alto las reformas que ha emprendido el propio régimen,
que incluyen la apertura a las inversiones extranjeras, la desregulación parcial
del comercio exterior, la despenalización de la posesión de divisas extranjeras,
la revitalización del turismo, y otras. Aún más importante, los gobernantes han
diversificado las relaciones comerciales del país y han firmado acuerdos con
Argentina, Brasil, China, Venezuela y Vietnam. ¿El resultado? Durante los
últimos 10 años, el crecimiento medio anual del PIB cubano ha sido
aproximadamente del 5%, uno de los mayores de Latinoamérica. En 2005, por
ejemplo, el país alcanzó el 11,8% (si se incluye el valor de sus servicios
sociales), y se espera una cifra parecida para 2006.
Por primera vez en su historia, este país no depende de un socio preferente,
como había dependido sucesivamente de España, Estados Unidos y la Unión
Soviética. Es más independiente que nunca. Con una distinción tan poco frecuente
y tan duramente ganada, no parece probable que los cubanos vayan a invertir su
rumbo.
Los cubanos son pobres y están esclavizados
Responde Carlos Alberto Montaner
C ualquiera que conozca la historia de Cuba sabe que Fidel dirigió la
revolución contra el presidente Fulgencio Batista con el fin de restaurar las
libertades en la isla y restablecer la Constitución de 1940, no para crear una
dictadura comunista copiada del modelo soviético. La razón por la que el
comunismo no ha caído en Cuba, igual que no lo ha hecho en Corea del Norte, es
la represión total. Se trata de un tipo de opresión totalmente ligado a un
hombre que está muriéndose. Cuando él desaparezca, también desaparecerá gran
parte del miedo que su régimen inspira al pueblo.
Por encima de las diferencias políticas, todos los seres humanos tienen las
mismas aspiraciones. Prefieren la libertad a la opresión, los derechos humanos a
la tiranía, la paz a la guerra, y quieren que mejoren sus condiciones de vida y
las de sus familias. Eso es así tanto en Hungría como en Cuba. Los cubanos
quieren los mismos cambios por los que siempre han luchado los pueblos
reprimidos. Y, cuando la muerte de Fidel Castro les de la oportunidad de hacer
esos cambios, la aprovecharán.
No hay más que fijarse en los hechos. En cubaarchive.org, el
economista cubano Armando Lago y su ayudante, María Werlau, han recopilado un
balance que explica por qué el régimen de Castro ha obligado a dos millones de
habitantes (y sus descendientes) a exiliarse. Con Castro ha habido
aproximadamente 5.700 ejecuciones, 1.200 asesinatos extrajudiciales, 77.800
balseros muertos o desaparecidos y 11.700 cubanos fallecidos en misiones
internacionales, sobre todo durante los 15 años de guerras africanas en Etiopía
y Angola. Lo que va a dejar Castro es un legado de sangre e injusticia, no de
solidaridad latina y reforma.
Culpa usted a Estados Unidos y su embargo de los problemas materiales que sufre
el pueblo cubano. Pero su análisis ignora el efecto devastador que tuvieron el
colectivismo y la falta de libertades políticas y económicas –no Estados Unidos–
en los países del bloque soviético, hasta desembocar en su desaparición. Y las
estadísticas sobre el crecimiento económico de Cuba son muy sospechosas. Las
cifras oficiales sobre los logros económicos y sociales de Castro tienen tan
poca credibilidad que la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe optó
por no tenerlas en cuenta cuando recogía sus propios datos sobre los auténticos
parámetros de la sociedad cubana. En cuanto a la idea de que la isla es hoy más
independiente que nunca, es ridícula, puesto que gran parte del crecimiento
económico del que habla está impulsado por los 2.000 millones de dólares al año
(unos 1.600 millones de euros) que proporciona Venezuela.
Cuando comenzó la revolución de Castro, éste afirmó que todos los males
económicos tenían su origen en que EE UU explotaba la isla. Desde entonces, ha
dicho que se deben a que Washington no la explota. ¿En qué quedamos? También es
una curiosa paradoja del régimen castrista el hecho de que se oponga ferozmente
al Área de Libre Comercio de las Américas que apoya Estados Unidos y, al mismo
tiempo, exija que se levante el embargo para poder comerciar libremente con ese
país. Sin embargo, pese a estas contradicciones, lo cierto es que EE UU es un
socio comercial muy importante para Cuba. Cada año, los estadounidenses venden a
Cuba alrededor de 350 millones de dólares en productos agrarios, autorizan
transferencias de dinero por valor de 1.000 millones de dólares (la mitad de las
exportaciones de la isla) y, sobre todo, concede visados de residencia a 20.000
cubanos, con lo que libera al Gobierno de graves presiones sociales. Además,
Estados Unidos está ya preparándose para poner fin a las sanciones en cuanto
Cuba emprenda la vía hacia la democracia. Ésa no es la conducta de un enemigo
implacable.
El envidiable historial de Castro
Responde Ignacio Ramonet
I ncluso aunque Castro fuera tan represivo como dice, la historia ofrece un
buen número de ejemplos de pueblos descontentos que se alzaron contra la
represión. Desde la antigua Alemania del Este, pasando por Polonia, Hungría y
Checoslovaquia, hasta China –para no hablar más que de rebeliones contra el
comunismo autoritario–, la gente ha sabido siempre luchar contra la opresión.
Sin embargo, en la Cuba castrista no se han producido levantamientos
significativos. Cuando el comandante caiga derrotado por la enfermedad, nada
indica que los cubanos vayan a alzarse de pronto contra el socialismo.
Usted tiene que dejar de observar la isla a través de un prisma ideológico y
de tergiversar los datos para que se ajusten a un esquema preconcebido. Ya es
hora de que razonemos como adultos. Sus estadísticas, que mezclan el número de
combatientes muertos en una vieja guerra (1956-1959) con el de personas ansiosas
por emigrar –en su mayoría por motivos económicos–, no demuestran nada. La
exageración se convierte en insignificancia.
Ninguna organización seria ha acusado jamás a Cuba –donde, en la práctica,
existe una moratoria sobre la pena de muerte desde 2001– de llevar a cabo
desapariciones, ejecuciones extrajudiciales ni torturas físicas a los
detenidos. No se puede decir lo mismo de Estados Unidos en sus cinco años de
guerra contra el terror. No existe un solo caso de estos tres tipos de
crímenes en Cuba. Al contrario, en cierto sentido, el régimen representa la
vida. Ha logrado aumentar la esperanza de vida y reducir la mortalidad infantil.
Como decía el columnista de The New York Times, Nicholas Kristof, en un
artículo el 12 de enero de 2005, "si Estados Unidos tuviera un índice de
mortalidad infantil tan bajo como el de Cuba, salvaría a 2.212 bebés más al
año".
Estos éxitos son un gran legado de Fidel Castro, que pocos cubanos, ni
siquiera los que están en la oposición, estarían dispuestos a perder, y que los
numerosos latinoamericanos convencidos por líderes populistas en los últimos
tiempos anhelan. Los cubanos gozan de pleno empleo, y cada ciudadano tiene
derecho a tres comidas al día, algo que sigue sin conseguir Lula en Brasil.
Pero a Castro no se le recordará solamente como el defensor de los más
débiles y los más pobres. Dentro de 100 años, los historiadores le elogiarán por
haber construido una nación unida con una identidad sólida, después de un siglo
y medio con la tentación blanca y elitista de alinearse con Estados Unidos por
temor a la abundante población negra oprimida. Ellos le recordarán como merece,
como un pionero fundamental en la historia de su país.
El final de un triste capítulo
Responde Carlos Alberto Montaner
¿C ómo puede decir que no ha habido levantamientos significativos? Sabe tan
bien como yo que sí ha habido resistencia popular al establecimiento de la
dictadura comunista. En los 60, miles de campesinos se alzaron en armas en las
montañas de Escambray, pero fueron aplastados por el régimen de Castro. Se
calcula que el número de presos políticos en los dos primeros decenios de su
régimen ascendió a 90.000, y el propio Gobierno reconoce 20.000.
Además de esta cuantificación del coste humano de la revolución,
cualquiera que desee conocer la crueldad de la represión comunista en Cuba puede
leer los 137 informes y comunicados de prensa de Amnistía Internacional sobre el
tema, así como los abusos documentados en numerosos informes de organizaciones
como Human Rights Watch. El crimen más conocido de la era de Castro es, hasta el
momento, el hundimiento deliberado del barco 13 de Marzo, ordenado el
13 de julio de 1994, con 72 refugiados a bordo. De los 41 que murieron ahogados,
10 eran niños.
A Castro no se le recordará como una lumbrera ni como un defensor de los
derechos humanos. El pueblo cubano recordará la era del comandante con tristeza.
Deja como legado un catálogo detallado de cómo no gobernar. Deberíamos tener
diversos partidos políticos, no uno solo que es dogmático, inflexible,
empobrecedor y equivocado. Deberíamos respetar los derechos humanos.
Deberíamos confiar en el método democrático, en el imperio de la ley, el
mercado y la propiedad privada, como hacen los países más prósperos y felices de
la Tierra. Debemos tolerar y respetar a las minorías religiosas y a los
homosexuales, y prohibir para siempre los actos de repudio o los
pogromos contra las personas que son diferentes.
Tenemos que erradicar de forma permanente el apartheid que impide
que los cubanos disfruten de los hoteles, restaurantes y playas a los que sólo
pueden ir los extranjeros. Debemos vivir en paz, olvidarnos del
aventurerismo internacional que tanta sangre costó en África y en la mitad
de los grupos guerrilleros del mundo, inspirados por Fidel Castro.
En resumen, con el fallecimiento del comandante debemos esforzarnos en ser
una nación normal, pacífica y moderna, no un delirante proyecto revolucionario
empeñado en cambiar la historia del mundo.
Ver la verdad
Responde Ignacio Ramonet
Y a que hablamos de terribles violaciones de los derechos humanos, ¿por qué no
empezamos por la protección que da todavía hoy Estados Unidos en Miami a dos
terroristas confesos, los exiliados cubanos Luis Posada Carriles y Orlando Bosch,
acusados de hacer estallar un avión civil cubano el 6 de octubre de 1976 y matar
a 73 personas? Un acto que aún no ha denunciado toda la gente de Miami que sigue
alimentando viejos resentimientos contra Cuba y que no ha protestado contra las
3.000 víctimas cubanas asesinadas por actos terroristas financiados y dirigidos
desde Estados Unidos. ¿Será que hay un doble rasero, un rechazo al mal
terrorismo (Al Qaeda) y una aceptación del bueno (anticubano)?
Y, si le preocupan los derechos humanos, ¿cómo puede negar que Cuba, un país
pequeño, es el que más ayuda médica suministra a docenas de naciones pobres en
todo el mundo? Hay aproximadamente 30.000 médicos cubanos que trabajan de forma
gratuita en más de 30 países.
Proporcionalmente, sería como si Estados Unidos enviara a 900.000 médicos al
Tercer Mundo. Sólo la Misión milagro, que ofrece operaciones de cataratas gratis
a los pobres de Venezuela, Bolivia y Centroamérica, ha devuelto la vista a más
de 150.000 personas. ¿Acaso el que una persona pueda ver a sus hijos y los
paisajes de su patria no es un derecho humano fundamental? Cuba no acepta que le
esté negado a millones de pobres.
Es una pena que, mientras observa su país con una mirada llena de reproches
encendidos, no vea usted la verdad de lo que ocurre hoy en Cuba ni sepa cómo
interpretar la permanencia de su régimen socialista.
Cuba libre
Responde Carlos Alberto Montaner
S iempre existen intelectuales dispuestos a justificar los crímenes. Ocurrió
con Stalin y Franco, y ahora ocurre con Castro. Es moralmente incomprensible:
aman a los verdugos y odian a las víctimas. ¿Cómo puede el Gobierno cubano
respetar la solidaridad con sus vecinos latinos y, al mismo tiempo, no defender
los derechos humanos en su propio patio? ¿Dónde está la incompatibilidad entre
la solidaridad y la democracia?
Juzgar una dictadura que lleva medio siglo siendo incompetente y atroz por
las operaciones de cataratas que realiza es el argumento fascista que suelen
emplear los apologistas de Franco: su dictadura fue positiva porque los
españoles podían comer tres veces al día. Era también el argumento de los
racistas en Suráfrica: el apartheid era positivo porque los negros del
país no eran tan pobres como sus vecinos. La dictadura de Castro ha sido buena,
según nos enteramos ahora, porque ha suministrado médicos al Tercer Mundo.
No, todas las dictaduras –como todas las formas de terrorismo– son
reprensibles. No olvidemos que Castro llegó al poder con tácticas guerrilleras y
terroristas (los habaneros recuerdan a la perfección la noche de las cien
bombas en 1958), pero más grave es que la isla ha servido de refugio en el
que se reagrupan los narcotraficantes, incluidas las FARC colombianas. ¿Estos
intelectuales quieren un régimen como el de Cuba para Francia? Supongo que no.
Y, si no lo quieren para Francia ni para sí mismos, ¿por qué lo quieren para
nosotros, los cubanos? ¿Es que no tenemos derecho a la libertad y la democracia?
Sin embargo, pese a esta triste complicidad, llegará un día en el que saldrán
libres los presos políticos, se celebrarán elecciones pluralistas y empezará la
reconstrucción material y moral de una sociedad empobrecida artificialmente,
cruelmente aterrorizada por la represión y devastada por el totalitarismo
estalinista. Después de Castro, Cuba será libre.
¡Viva Fidel!
Responde Ignacio Ramonet
L os intelectuales importantes siempre han estado de parte de los acosados por
la arrogancia de los poderosos enemigos de la Cuba de Fidel Castro. Colocarse en
contra de la isla y en favor de EE UU, cuya Administración está acusada de
violaciones muy graves de los derechos humanos (torturar a presos, secuestrar a
civiles y encerrarlos sin juicio en cárceles secretas, asesinar a sospechosos y
crear una prisión en Guantánamo, Cuba, completamente al margen de la ley) por
las conciencias respetables del mundo, no es comportamiento propio de un
ciudadano medianamente informado. No es ni siquiera una cuestión de actitud
intelectual.
Para ser intelectual hay que ganárselo. Y el primer paso es informarse y no
mencionar el apartheid surafricano e ignorar que no empezó a
desmoronarse hasta que sus tropas de élite cayeron derrotadas en diciembre de
1986 en Cuito Cuanavale, el Stalingrado del apartheid, no por fuerzas
estadounidenses, sino por soldados cubanos. Eso fue lo que empujó al surafricano
Nelson Mandela, un icono de nuestro tiempo, a decir que la revolución de Fidel
Castro había sido "una fuente de inspiración para toda la gente amante de la
libertad". También él, como tantos cubanos que llorarán la muerte de su líder,
acostumbraba a exclamar: "¡Viva el camarada Fidel Castro!".
******
(*)Ambos participantes en este debate han escrito mucho sobre Fidel Castro, su
vida, su legado y su influencia en Latinoamérica. El polémico libro
Fidel Castro: Biografía a dos voces (Debate, Madrid, 2006), de
Ignacio Ramonet, es resultado de más de cien horas de entrevistas con el
comandante, aunque el autor ha sido acusado de inventarse las entrevistas y de
reproducir discursos del líder cubano reproducidos en el órgano oficial del
Partido Comunista cubano, Granma. Journey to the Heart of
Cuba: Life as Fidel Castro (Algora, Nueva York, 2001), de Carlos
Alberto Montaner, ofrece un juicio crítico del perfil psicológico y el legado
político del líder cubano.
Para un análisis de la psique de Castro –y sus hábitos de lectura–, véase la
curiosa reseña literaria que escribió sobre la obra de su amigo Gabriel García
Márquez en 'Chronicle of a Friendship Foretold' (Foreign Policy, marzo/abril
2003). En After Fidel: The Inside Story of Castro's Regime and
Cuba's Next Leader (Palgrave Macmillan, Nueva York, 2005), el ex
agente de la CIA Brian Latell explica cómo la relación entre Fidel y Raúl sigue
alimentando los mitos y las realidades de la historia cubana. Jorge Domínguez
contempla un futuro sin Fidel en Cuba hoy (Colibrí,
Madrid, 2006).
El cortometraje Bye Bye Havana (Journeyman Pictures,
2005), de J. Michael Seyfer, muestra una imagen seria y colorista de la Cuba que
dejará Fidel. El periodista Anthony DePalma narra 'Focus on Cuba: Fidel Castro
Cedes Power' (NYTimes.com, 2 de
agosto de 2006), un reportaje fotográfico que captura el drama emocional que
suscita la salida de Castro del escenario político.
Carlos Alberto Montaner es un columnista cuyos artículos
aparecen publicados en Europa, Latinoamérica y EE UU. Ignacio Ramonet es
director de Le Monde Diplomatique en París.
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