En "Occidente",
algunas de las informaciones más importantes sobre Irak
permanecen ignoradas o simplemente no se les comenta. Hasta que
esta información sea tomada en cuenta, las propuestas sobre la
política de EE.UU. en Irak no serán ni moral ni estratégicamente
sanas.
Por ejemplo, una de las recientes historias sobre la devastada
tierra de Irak —una de las menos discutidas y más iluminadoras—
es una encuesta en Bagdad, Anbar y Najaf sobre la invasión y sus
consecuencias.
“Alrededor del 90 por ciento de los Irakuíes piensan que la
situación en el país era mejor antes de la invasión dirigida por EE.UU. que en la actualidad”, informó United Press International,
tras divulgar una encuesta realizada en noviembre del 2006 por
el Centro de Investigaciones y Estudios Estratégicos de Irak,
con sede en Bagdad.
“Casi la mitad de los encuestados favorecen una retirada
inmediata de las tropas dirigidas por EE.UU.”, informó The Daily
Star en Beirut, Líbano. Otro 20 por ciento avaló una retirada
por etapas que comenzaran de inmediato. (Una encuesta del
Departamento de Estado de EE.UU., también ignorada, determinó
que dos terceras partes de los habitantes de Bagdad quieren una
retirada inmediata).
Generalmente, sin embargo, la opinión pública en Irak, en EE.UU.
o en cualquier otro lugar no es considerada relevante por
quienes hacen la política, al menos que pueda impedir lo que
ellos prefieren elegir. Estos planificadores tienden a ser
profundamente antidemocráticos, aunque suelen mostrar una
sublime retórica sobre el amor a la democracia y las mesiánicas
misiones para promocionarla.
Oposición a la guerra
Las encuestas en EE.UU. muestran una mayoritaria oposición a la
guerra, pero éstas reciben una atención limitada y apenas entran
en la planificación de la política, o al menos en la crítica de
esa planificación.
La más prominente crítica reciente fue el informe del Grupo de
Estudios sobre Irak liderado por el ex secretario de Estado
James Baker y por el ex representante demócrata Lee Hamilton. El
informe fue ampliamente aclamado como un valioso correctivo
crítico a la política de George W. Bush, quien inmediatamente
desechó el informe.
Un notable rasgo del informe es su falta de preocupación por la
voluntad del pueblo Irakuí. El informe cita algunas de las
encuestas sobre el sentimiento Irakuí, solamente en relación a
la seguridad de las fuerzas militares estadounidenseericanas.
La implícita hipótesis del informe es que la política debe ser
creada de acuerdo con los intereses del Gobierno de EE.UU., no
con los de los Irakuíes.
La verdadera razón para la invasión, por cierto, es que Irak
tiene las segundas reservas de petróleo más grandes del mundo,
que son muy baratas para explotar, y se hallan en el centro de
los recursos de hidrocarbono más importantes del mundo. El tema
no es el acceso a esos recursos sino su control (y para las
corporaciones energéticas, la obtención de ganancias).
Como observó el vicepresidente Dick Cheney en mayo pasado, el
control sobre los recursos de energía provee “instrumentos para
la intimidación y el chantaje” es decir, cuando está en las
manos de otros.
En el más delicado fraseo del estudio, se dice que “EE.UU. debe
ayudar a los líderes Irakuíes a reorganizar la industria
nacional del petróleo como una empresa comercial, a fin de
mejorar la eficacia, la transparencia y la responsabilidad”.
A raíz de su sistemática falta de voluntad para discutir asuntos
tan crasos, el Grupo de Estudios de Irak es incapaz de enfrentar
la realidad de las opciones políticas de EE.UU. frente a la
catástrofe que la invasión ha creado.
Un pueblo soberano
Los planificadores saben qué está en juego. Un Irak soberano,
parcialmente democrático, podría ser un desastre para ellos y
para sus aliados occidentales. Con una mayoría chiíta, Irak
probablemente continuará mejorando sus relaciones con Irán. Hay
una población chiíta a través de la frontera en Arabia Saudita,
oprimida por la tiranía monárquica apoyada por EE.UU. Cualquier
paso hacia la soberanía en Irak alienta la defensa de los
derechos humanos y un grado de autonomía en la región donde está
situado la mayor parte del petróleo saudita.
La soberanía en Irak podría conducir a una alianza chiíta que
controlaría la mayoría de los recursos de petróleo mundiales e
independiente de EE.UU., socavando un objetivo primario de la
política exterior estadounidense desde la segunda guerra
mundial.
Poderosos motivos, en consecuencia, llevan a EE.UU. y al Reino
Unido a tratar de mantener un control efectivo sobre Irak.
El informe Baker-Hamilton pide al Presidente que anuncie que
EE.UU. no intenta tener una presencia militar permanente en Irak,
pero sin solicitar que se ponga fin a la construcción de bases
militares. Por lo tanto, esa declaración no será tomada en serio
por los Irakuíes.
Algunos observadores temen que una evacuación de Irak por parte
de EE.UU. llevaría a una guerra civil total y a la devastación
del país. A propósito de las consecuencias de la retirada,
tenemos derecho a hacer nuestros juicios personales, todos ellos
tan carentes de información y dudosos como los de la
Inteligencia de EE.UU. Pero eso no importa. Lo que importa es lo
que los Irakuíes piensan. O mejor aún, eso es lo que debería ser
realmente importante.
Ahora bien, en oposición al informe Baker-Hamilton (y a la
opinión pública iraquí), el plan de Washington es introducir más
tropas en Irak. Pocos especialistas en Oriente Próximo esperan
que esa táctica tenga éxito.
Pero ninguno debería subestimar la fuerza de la política
exterior de EE.UU. para mantener su control sobre los recursos
de la región. Una soberanía Iraquí difícilmente será tolerada
por el poder ocupante.