- Tribuna Media Services / Clarín
La audaz decisión del presidente George W. Bush de disponer un
"aumento" de 20.000 efectivos estadounidenses en Irak llevó el debate sobre la
guerra a una etapa definitoria. No habrá oportunidad de otra
reevaluación.
El desencanto de la opinión pública estadounidense generó crecientes demandas de
algún tipo de retirada unilateral, que suelen manifestarse en forma de
exigencias a plantear al gobierno de Bagdad y que, de no cumplirse en plazos
específicos, darían lugar a un alejamiento de los Estados Unidos.
En las condiciones actuales, sin embargo, la retirada no es una opción. Las
fuerzas estadounidenses son indispensables. No se encuentran en Irak como un
favor al gobierno de ese país ni como recompensa por su conducta.
Están ahí como expresión del interés nacional de los Estados Unidos por
evitar que la combinación iraní de ideología imperialista y fundamentalista
domine una región de cuyas reservas de energía dependen las democracias
industriales. Una abrupta partida estadounidense complicaría mucho los
esfuerzos de alejar la marea terrorista de Irak. Los gobiernos frágiles desde
Líbano hasta el Golfo se verían tentados a hacer concesiones preventivas. El
conflicto sectario de Irak podría alcanzar dimensiones genocidas, más graves
que las que dieron lugar a una intervención estadounidense en los Balcanes.
La decisión del presidente Bush, por lo tanto, no debe analizarse en términos de
la estrategia de "mantener el rumbo" que éste desechó una y otra vez en los
últimos días. Debe considerársela el primer paso hacia una nueva estrategia
de vinculación de poder y diplomacia para toda la región, dentro de lo
posible con bases no partidarias.
El objetivo de la nueva estrategia debe ser demostrar que los Estados Unidos
están decididos a desempeñar un papel importante en la región, a adaptar el
envío de fuerzas y su cantidad a las realidades emergentes, así como a
proporcionar un espacio de maniobras para un gran esfuerzo diplomático de
estabilización.
En lo que respecta a las amenazas a la seguridad de Irak —la intervención de
terceros países, la presencia de combatientes de Al Qaeda, un elemento criminal
de gran envergadura, el conflicto sectario—, los intereses nacionales de los
Estados Unidos pasan por derrotar las dos primeras. No tienen que participar
en el conflicto sectario, y mucho menos ser utilizados por un bando para sus
propios objetivos.
A medida que evolucione esa estrategia abarcadora, hay que trasladar las fuerzas
estadounidenses de las ciudades a otros enclaves, de modo tal que éstas
puedan distanciarse de la guerra civil y concentrarse en las amenazas que se
describieron antes.
La misión principal sería la de proteger las fronteras de la infiltración y
evitar la creación de zonas de entrenamiento de terroristas o un control de tipo
talibán en regiones importantes. En ese momento sería posible una reducción
significativa de las fuerzas estadounidenses.
Esa estrategia haría que las retiradas dependieran de la situación real, y no al
revés. También brindaría tiempo para elaborar una diplomacia cooperativa
para la reconstrucción de la región, que comprendería el avance hacia una
solución de la cuestión palestina.
A los fines de tal estrategia, no es posible desechar el instrumento militar y
confiar, como sostienen algunos, sólo en los medios políticos. La diplomacia
pura es una vieja ilusión estadounidense. La historia nos da pocos ejemplos
de ello. El intento de separar la diplomacia y el poder da lugar a un poder al
que le falta dirección y a una diplomacia privada de estímulos.
La diplomacia es el intento de persuadir a otra parte de adoptar un rumbo
compatible con los intereses estratégicos de una sociedad. Es evidente que eso
implica la capacidad de generar un cálculo que impulse o recompense el rumbo
deseado.
Pocos desafíos diplomáticos son tan complejos como el que se relaciona con
Irak. Hay que relacionar ese proceso con una idea internacional que
comprenda tanto a los vecinos de Irak como a países muy alejados que tienen
interés en el resultado.
Son necesarios dos niveles de diplomacia:
La creación de un grupo de contacto que reúna a los países vecinos cuyos
intereses se ven directamente afectados y que dependen del apoyo estadounidense.
Su función sería la de asesorar sobre la eliminación del conflicto interno y
crear un frente unido contra la dominación externa.
Deben llevarse a cabo negociaciones paralelas con Siria e Irán, que ahora
aparecen como adversarios, a los efectos de darles la oportunidad de participar
en un orden regional pacífico.
Ambas categorías de consultas deben llevar a una conferencia internacional
que incluya a todos los países que deberán desempeñar un papel estabilizador
en el resultado al que se llegue, específicamente los miembros permanentes del
Consejo de Seguridad de la ONU, así como países como Indonesia, India y
Pakistán.
Los Estados Unidos no pueden cargar indefinidamente con el peso tanto del
resultado militar como de la estructura política. En algún momento Irak tiene
que reintegrarse a la comunidad internacional y otros países deben estar
dispuestos a compartir la responsabilidad de la paz regional.
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(*) Henry Kissinger. Ex secretario de Estado de los EE.UU
Traducción:
Joaquín Ibarburu.