La escalada de conflictos que atraviesa el continente, focalizados
en las últimas semanas en Ecuador y Bolivia, reflejan un clima de aguda
confrontación entre las elites que buscan conservar sus privilegios y los
sectores populares que intentan introducir cambios de larga duración, apoyados
ahora por gobiernos afines.
La historia venezolana reciente parece repetirse en escala ampliada. La
sospechosa muerte de la ministra de Defensa de Ecuador, Guadalupe Larriva,
puede representar un salto cualititavo en la forma de operar de las elites en
una de las zonas más calientes del continente. En efecto, en la nación andina
se juega el futuro de la estrategia de Washington asentada en el Plan Colombia
y su progresiva "exportación" a otros países de la región. Ecuador puede ser
la llave maestra para la contención del Plan Colombia, que en realidad va
dirigido contra Brasil y Venezuela. Pero en ese país, que registra una potente
confrontación entre Brasil y Estados Unidos y un prolongado conflicto de
clases entre los movimientos indios y populares y las elites de la costa,
parece instalarse un escenario de aguda desestabilización.
Los sucesos recientes muestran que los sectores populares no están
dispuestos a dejar pasar la oportunidad que les brinda el gobierno de Rafael
Correa de institucionalizar cambios por los que vienen luchando hace casi dos
decenios. En Ecuador han fracasado, como en Venezuela, todos los intentos de
las elites por debilitar a los movimientos sociales. Primero fue la represión
dura y pura. Luego los planes de cooptación y división de los movimientos
mediante la "cooperación al desarrollo", digitados y financiados por el Banco
Mundial. Pese a haber vivido momentos de aguda debilidad, la Conaie
(Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) pudo salir adelante y
recuperar buena parte de la vitalidad que tuvo en los 90. Libres de las
ataduras que implican la participación en el gobierno, al contrario de lo que
les sucedió en 2002 bajo el mandato de Lucio Gutiérrez, los movimientos están
ahora en condiciones de tomar la iniciativa y empujar al presidente Correa
para avanzar más allá de lo que en principio parece dispuesto.
El escenario ecuatoriano tiene cierta empatía con el boliviano. Allí las
elites buscan frenar el programa de cambios enarbolando la autonomía de las
regiones ricas donde residen las riquezas gasíferas. En realidad se trata de
la misma estrategia. Impedir que funcione la Asamblea Constituyente que está
llamada a refundar el Estado nacional. Es cierto que el gobierno de Evo
Morales ha dado pasos en falso en la convocatoria de la Constituyente y, una
vez instalada, actúa de una manera que fortalece la vieja cultura política que
dice querer superar. Quizá en Ecuador suceda algo similar. Peor aún porque en
ese país ya se registró el fracaso de la Constituyente instalada a mediados de
los 90, que no sólo no fue capaz de reconocer el Estado multinacional que
demandaba la Conaie, sino que terminó por reafirmar la cultura política
colonial y el viejo sistema de partidos. Pero, más allá de esos errores,
interesa destacar cómo se dibuja un escenario de aguda polarización, impulsado
por las elites y el imperio.
Una de las lecciones más importantes de los años recientes en el
continente, es que no será posible salir del modelo neoliberal sin afrontar
las crisis sociales y políticas inevitables que ello supone. Es, digamos, la
lección venezolana, que puede resumirse en que cualquier gobierno que intente
ir más allá del modelo vigente, deberá afrontar verdaderas insurrecciones
impulsadas por los de arriba, además de los tradicionales bloqueos y
desestabilizaciones generados por el sistema financiero global. Es éste un
aspecto relativamente novedoso que representa una de las más perversas
herencias de dos décadas de neoliberalismo: las clases dominantes cuentan hoy
con una base de masas, por decirlo de alguna manera, movilizable en defensa de
intereses corporativos y en contra de los sectores populares.
En efecto, la destrucción del tejido social que provocó el modelo inspirado
en el Consenso de Washington, llevó a la marginalidad a amplios sectores de la
población, acercó la situación de las capas medias a la de los pobres
generando camadas de nuevos pobres, pero también creó un sector social, nada
desdeñable desde el punto de vista cuantitativo y por su influencia en los
medios, que se benefició con el modelo. Es un error pensar que el
neoliberalismo sólo benefició a las elites. Ahí están los casos de Bolivia y
Venezuela, donde los sectores dominantes han sido capaces de movilizar cientos
de miles de personas incluyendo a una parte de los sectores populares en
defensa de los intereses de las elites.
Salir del neoliberalismo supone tener el coraje político como para
enfrentar la desestabilización. La situación de los tres países mencionados
contrasta vivamente con la de Brasil y Uruguay, donde los gobiernos de
izquierda son prisioneros de su defensa de una "gobernabilidad" que no puede
sino ser funcional al estado de cosas vigente. Las crisis por las que
atraviesan Bolivia y Ecuador representan el precio a pagar por una política de
cambios reales y duraderos. Por eso, la inestabilidad que vivimos estas
semanas no va a despejarse en poco tiempo, salvo que los gobierno de Evo
Morales y Rafael Correa desistan de las intenciones que han declarado. En ese
caso, pueden contar con cierto beneplácito de las elites, siempre temporal y
condicionado. Pero deberán enfrentar entonces la hostilidad de los
movimientos. El abrupto viraje de Lucio Gutiérrez hacia Washington, pese a
haber llegado al gobierno con el decisivo apoyo de la Conaie, no le permitió
sobrevivir mucho tiempo y debió dejar el gobierno ante una sociedad movilizada
que nunca bajó los brazos. Se mire por donde se mire, las crisis sociales y
políticas parecen inevitables. Lo mejor, entonces, es prepararse para tiempos
de agudos y esperanzadores conflictos.