l homo sapiens lleva existiendo poco más de 130.000
años, pero harían falta entre 10 y 25 millones de años para que el proceso
natural rectificara la devastación de la biodiversidad terrestre desencadena
por las sociedades humanas, especialmente por las generaciones más
recientes. Recordemos que hace apenas dos siglos miles de millones de
palomas migratorias poblaban el paisaje de Estados Unidos, que 60 millones
de bisontes vivían en las llanuras norteamericanas, que entre 30 y 50
millones de tortugas marinas gigantes vivían en el mar del Caribe, que hace
sólo 100 años el oso blanco -nuestro oso "polar"- poblaba los bosques de
Nueva Inglaterra, etc.
Se entenderá entonces la forma en que Franz J. Broswimmer
define la categoría que da título a su ensayo. Ecocidio es el
conjunto de acciones realizadas con la finalidad de perturbar o destruir,
total o parcialmente, un ecosistema humano. Comprende, entre otros ejemplos,
el uso de armas de destrucción masiva (nucleares, químicas o
bacteriológicas); el intento de provocar desastres naturales (terremotos,
erupciones volcánicas, inundaciones); la utilización militar de defoliantes
(Vietnam); el uso de bombas para alterar la calidad de los suelos o aumentar
el riesgo de enfermedades, o la expulsión a gran escala, por la fuerza y de
forma permanente, de seres humanos o animales de su lugar natural.
La noción describe los destructores modelos productivos
contemporáneos que conllevan la degradación medioambiental global hasta
límites impensables hace pocas décadas ("sólo en los últimos 50 años, las
acciones humanas han introducido en la diversidad de vida del planeta
cambios mayores que los ocurridos en cualquier otra época de la historia"),
y la extinción antropogénica en masa de las especies. No sabemos el número
exacto de especies que pueblan la Tierra (se han catalogado 1.700.000 de un
total que varía, según autores, entre 5 y 30 millones) pero sí sabemos que
diariamente desaparecen más de 100: entre 2000 y 2002 la lista de especies
animales amenazadas pasó de 10.000 a 16.000; contando las plantas, existen
actualmente 76.000 especies amenazadas, tantas como las especies vivas que
podemos considerar bien conocidas. La situación, sin alarmismo alguno, no
parece que vaya a corregirse fácilmente: recordemos el reciente fracaso en
la cumbre de Curitiba (Brasil), de la 8ª conferencia sobre la Convención de
la onU para la Diversidad ecológica y su intento de conseguir un acuerdo
mundial que frene esta pérdida masiva de biodiversidad y los intereses
contrapuestos en juego: los países del sur, tiene la mayoría de las
especies, y los países industrializados, después de disminuir netamente su
riqueza ambiental por un desarrollismo alocado, efecto necesario se dice de
una supuesta modernidad, buscan ahora formas de explotar la diversidad aún
no alterada de los demás territorios (Con anexos incluidos no despreciables:
por ejemplo, y tal como ha denunciado Vandana Shiva, con la intención de
imponer "las semillas asesinas" de las industrias de las biotecnologías, la
llamada tecnología Terminator).
El asunto no es baladí. Como argumenta cuidadosamente
Broswimmer, los seres humanos dependemos de la biodiversidad; su degradación
nos acabará por dañar irremediablemente. A escala planetaria, el 40% de las
recetas médicas que se prescriben proceden de diversas especies o se
sintetizan a partir de ellas: "hay más de 3 millones de norteamericanos con
cardiopatías cuyas vidas durarían menos de 72 horas de no ser por la
digitalina, una sustancia derivada de la dedalera" (p. 33). Además, no es
poco lo que nos queda por saber: el Instituto Americano de Investigación del
Cáncer ha identificado más de 3.000 plantas que contienen ingredientes
activos contra la enfermedad, el 70% de las cuales tienen su origen en los
trópicos terrestres.
En sus conclusiones, Broswimmer señala el tipo de mundo
que estamos construyendo: un mundo global caracterizado no por un progreso
real sino por el real retroceso en las normas de civilidad y en los
principios que rigen las interacciones entre la naturaleza y la sociedad. Un
mundo en que la libertad real de los ciudadanos para elegir qué tipo de vida
quieren seguir, qué tipo de alimento quieren cultivar, qué tipo de
alimentación desean seguir, no cuenta nada, absolutamente nada, frente al
poder de las grandes corporaciones. El autor recuerda el sufrimiento causado
en las últimas décadas "por los desastres naturales", claro indicio que lo
que va a significar vivir en un mundo en colapso ecológico. Los humanos
acaparamos ya un 40% de la producción primaria terrestre para nuestro propio
uso egoísta (p. 173). Sus efectos: coste en pérdida de hábitats naturales,
reducción de la viabilidad ecológica, extinción de más especies. De ahí las
palabras de Canetti que el autor hace suyas: la supervivencia del planeta se
ha hecho tan incierta que cualquier teoría, cualquier cosmovisión que dé el
futuro por seguro es una apuesta inaceptable. ¿Dónde estamos pues? En un
punto entre un pasado industrial destructivo sin parangón y un futuro
incierto que ofrece, a nuestro alcance y a nuestras nuevas formas de
actividad, tanto "el espectro de la aniquilación como la promesa de la
democracia ecológica" (p. 177). O, si se prefiere, por seguir con la
disyuntiva luxemburguista: democracia ecosocialista o barbarie. El monstruo
está llamando a nuestras puertas y no con toques suaves.
A destacar, sin duda, el magnífico glosario que el autor
ha incluido en su ensayo (pp. 179-198), el enfoque didáctico y formativo
presente en todas sus páginas y las excelentes, útiles y documentadas tablas
que Broswimmer ha situado al final de Ecocidio (199-239). Repárese,
por ejemplo, para construir un rápido mapa de nuestro mundo en las tabla 30
-"Efectos sociales de la globalización"- y 31 -"¿Quién domina el mundo?".
No sé si, como señala Charles Secrett, director de los
Amigos de la Tierra, este es un libro de lectura obligada para los políticos
y "grandes empresarios de todo el mundo", algunos de cuales conocen
perfectamente las coordenadas básicas de la situación, pero sí es cierto que
Ecocidio cuenta magistralmente la historia nada armoniosa de la
humanidad y la naturaleza, y ofrece una visión nada complaciente de los
devastadores efectos de la actividades humanas sobre nuestro planeta: al
comenzar el siglo XXI es ya evidente, tiene, tendría que ser evidente para
todos, que por primera vez desde la extinción de los dinosaurios hace 65
millones de años, se están produciendo cambios de enorme trascendencia
ecológica; que desde 1970 los bosques del mundo se han reducido a la mitad;
que ha desaparecido una cuarta parte de los recursos pesqueros del mundo. No
es un dato propagandístico que el 70% de los biólogos consideren que la
Tierra se encuentra sumida en la extinción en masa de especies más rápida de
los 4.500 millones de años de la historia del planeta.
En la portada de Ecocidio se recoge una
consideración de Vandana Shiva: "Un libro esencial para todo el que se
preocupa por el futuro de la humanidad". Puede sonar a eslogan publicitario
pero, sin duda, es una afirmación veraz.