Hace 36 años un enviado especial del diario Clarín de Buenos
Aires refería que los misiles cayeron sobre Saigón, junto al
hotel Central Palace donde el cronista se hospedaba y esto
sucedió justo un sólo día antes del ingreso de los
norvietnamitas. Los periodistas habían estado aguardando con
ansiedad las sirenas para ser evacuados.
La señal consistiría
en un código secreto, el disco Blanca Navidad de Bing Crosby y
un falso informe meteorológico anunciando una temperatura de 105
grados.
El código nunca llegó a trasmitirse aunque el cielo se
ennegreció cubierto de nubes densas no obstante de la tormenta
tropical que sirvió de escenario a la entronización del General
Duong Ban Bif Ming, como presidente.
Una explosión tras
otra volvía loca a la gente, sigue refiriendo el enviado
argentino que desde su ventana del Central Palace veía un mar de
mutilados sin piernas o sin brazos que atravesaban el boulevard
Hue, desde donde se hacían disparos al aire de gentes presas del
paroxismo histérico de una guerra que nadie entendía, como hoy
en día, no se llega a entender la guerra de Bush, quién contra
viento y marea se obstina en enviar más soldados, carne de cañón
al holocausto cruento del Irak.
La obstinación resulta incomprensible después de sendas
declaraciones de connotados líderes no sólo del opositor Partido
Democrático, sino de los propios Republicados que han llenado
las páginas del The New York Times (considerado el más grande
diario del mundo), del Washington Post, del semanario Newsweek,
medios que en un determinado momento apoyaron la guerra del Irak
y que hoy, están abiertamente en contra.
El razonamiento de
éstos senadores y representantes es simple “la guerra se inició
con una mentira, que Saddam poseía armas químicas muy
peligrosas, las que jamás fueron halladas. Luego se nos dijo que
el peligro era Saddam que hoy está muerto. A qué esperamos
entonces?”
Un tema que todavía no alcanzó el debate público es el de los
refugiados que ya llegan al millón de iraquíes que abandonaron
Bagdad y otras ciudades para huir hacia el exterior con o sin la
ayuda del ACNUR, (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los
refugiados).
Tema que durante la
Guerra de Vietnam fué un punto lacerante de todo el conflicto y
que obligó a la directa participación de instituciones y
naciones que en algunos casos lograron salvar la vida de estos
hombres, mujeres y niños que hoy como ayer escapan del hambre,
de las enfermedades, de la muerte y la destrucción.
Hasta hoy no tenemos
un informe detallado del ACNUR de lo mucho que debe estar
haciendo para poner a buen recaudo a estos miles de nuevas
víctimas de una guerra que alcanza ya el primer lustro.
Si en Irak permanecían 130 mil soldados a los que se agregan en
estos días los 21 mil nuevos conscriptos a los que Bush ordenó
marchar hacia territorio ocupado, vamos a redondear y convenir
en que un total de 150 mil norteamericanos ocupan la República
del Irak, frente a 500 mil que fueron enviados a Vietnam entre
1960 y 1975 en que saldrían despavoridos ante la avalancha de
los vietnameses que a sangre y fuego los echaron de Saigón.
Ocurrió justamente un
27 de enero de 1973 que se llegó a firmar un Acuerdo de Paz en
Paris poniendo fin a la guerra de Vietnam y Laos, cuando se
encomendó al ACNUR un amplio programa de reconstrucción que fue
no obstante eclipsado por la reanudación de hostilidades en 1975
y la caída de Saigón el 30 de abril, de acuerdo a lo que nos
tiene referido el corresponsal de Clarín.
Si el ACNUR logró
distribuir más de 20 mil toneladas de alimentos y vituallas
entre las víctimas de los bombardeos norteamericanos, ahora
mismo está distribuyendo lo más indispensable en los dispersos
refugiados que han huído hacia los países vecinos como Jordania,
Irán, Siria, etc.
Recordemos que en los últimos días de Saigón, el mayor dolor de
cabeza para el ACNUR fueron los miles de vietnamitas vinculados
a las tropas invasoras a quienes tuvo que socorrer como a las
víctimas de la violencia, hoy mismo el ACNUR y la Cruz Roja, y
la Media Luna están atendiendo día tras día a las víctimas de
los sucesos sangrientos que protagonizan los aliados del régimen
iraquí, impuesto por los norteamericanos, los paramilitares que
actúan criminalmente en Bagdad y los que provocan en forma
directa las fuerzas de ocupación.
Es hora de ir
preparando la evacuación de Bagdad que no tardará en llegar,
como llegó la de Saigón para cuya operación los estadounidenses
trasladaron muchos miles de marines, pues las fuerzas ocupantes
resultaron insuficientes para ofrecer un cordón de seguridad a
los cientos de miles que huían frenéticamente de una ciudad
incendiada.
Entre los grupos
humanos que merecieron la especial atención del ACNUR en su
trabajo de ofrecer ayuda humanitaria la historia ha recogido la
de “los huérfanos que eran su gran parte hijos ilegítimos de
soldados norteamericanos.
Estos niños producto
de la mezcla de razas no eran apreciados en Vietnam y tuvieron
que ser adoptados por muchas familias, y encontrar un hogar para
seguir existiendo” como víctimas inocentes de una guerra
injusta, que como la del Irak, significa para tantos miles de
seres humanos ajenos a la conflagración.
La evacuación de esos
700 huérfanos a comienzos de abril, resultó siendo un indicador
del trágico final de la dominación norteamericana. Pocos días
después, a pesar del enorme despliegue de tropas, de barcos y
hasta portaviones que se aproximaban a Saigón lo inevitable
sucedió inexorablemente.
Se produjo la caída
de Saigón en manos de los comunistas norvietnamitas, marcando el
fin de una guerra que obligó a Estados Unidos a huir del
escenario del conflicto. Un año después en 1976 el pueblo de
Estados Unidos infirió el voto castigo a los republicanos que
habían perdido la guerra y procedió a elegir a un pacifista
Jimmy Carter como nuevo presidente.
Lo mismo sucederá hoy
día, caerá Bagdad y los estadounidenses castigarán con el voto a
los republicanos que iniciaron y perdieron la guerra del Irak.
La historia se repite, hoy como ayer.
Qué nos queda de aquel episodio, ciertas imágenes indelebles
grabadas en el colectivo, una chiquilla corriendo por una
carretera huyendo del napalm que quema el cuerpo y destruye la
vida animal y vegetal, un policía pro yanqui asesinando
públicamente a un guerrillero atado de manos, miles de
universitarios que se manifiestan a favor de la Paz, a Olof
Palme del brazo de los vietnamitas marchando en un clamoroso
gesto por la terminación de la guerra.
Hoy tenemos también
los íconos antiguerra, los abusos a los presos en la cárcel de
Abu Ghraib, anónimos prisioneros tratados como animales en
Guantánamo, soldados norteamericanos violando y asesinando a
niñas iraquíes, miles de hombres y mujeres, dentro y fuera de
los Estados Unidos protestando contra la guerra.
Todo en una secuencia
invariable del antes y después. Y el final de esta estúpida
guerra está ya cantado, está profetizado, concluirá con la
derrota y la huída del invasor, cuyo jefe comienza a perder los
estribos y muestra su nerviosismo, prolegómeno de otras próximas
metidas de pata que le conducirán a lo inevitable.
Aquella guerra significó la muerte de 57 mil norteamericanos y
de dos millones de asiáticos. Es que los 3.040 de la de Irak,
resultan pocos en la dura mollera del ocupante temporal de la
Casa Blanca, y quieren aún más sangre de la que dejaron ahora
más de 600 mil árabes?
De las secuelas que
dejó Vietnam están los reclamos ante una Corte de Apelaciones
para indemnizar a las víctimas del agente naranja, sustancia
tóxica arrojada por los pilotos estadounidenses en un decenio de
cotidianos bombardeos (1961 – 1971) que provocó inconmensurables
daños a la salud, al medioambiente, a la vida animal causados
por la dioxina del AN con sus efectos cancerigenos y teratógenos
que arrastran secuelas de una generación a otra, anotemos que el
daño alcanzó también a los soldados incluyendo australianos,
canadienses y neozelandeses que ya fueron indemnizados.
Los consorcios
químicos Monsanto y Dow tuvieron que pagar muchos millones de
dólares a Corea del Sur destinados a unos siete mil sudcoreanos
que estuvieron en contacto con el agente naraja en Vietnam.
Los sobrevivientes con horribles malformaciones congénitas o
enfermedades graves de origen genético, estaban aún a la espera
de un acto de justicia humanitaria que pudiera compensar en algo
sus existencias como víctimas de la guerra. Y de las aldeas más
de tres mil que fueron rociadas con 20 millones de galones de
herbicidas en base siempre de esta dioxina arrojada desde
aviones C-123K de la Fuerza Aérea sobre Viertnam, Camboya e
incluso Tailandia, pero también desde helicópteros, camiones y
por fumigación manual en zonas aledañas a las bases militares.
Finalmente está el síndrome de la guerra de la que se habla más
y más a menudo, aparte de los 33.459 heridos que resultaron
mutilados, o afectados mental y psíquicamente.
Algún estudioso ha
dicho que nadie que hubiera estado en el frente de combate
(diríamos en territorio invadido) y temido por su vida, vuelve a
ser el mismo. Vivirá para siempre con el horror de la contienda,
con la repetición y las pesadillas de aldeas incendiadas,
compañeros muertos o heridos, con las expresiones de sus
víctimas que murieron a causa de sus armas, de sus bombas, de
sus mortíferas balas.
Ayer como hoy, los
veteranos ya vueltos a sus hogares o lo que queda de ellos, son
los testimonios vivientes de una guerra que nadie quiere, menos
aún los que fueron obligados por diversas circunstancias a tomar
las armas, por una causa nunca esclarecida.
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(*) Mauricio Aira
Periodista boliviano
mauricio.aira@comhem.se
www.mauricioaira.com