Todo por
odios, envidias, revanchismos o rencores enfermizos. Esos ejemplares se
regodearon al saber que a Isabelita le pintaron los dedos en la policía y le
tomaron fotos de frente y de perfil, pasando por una revisión médica, superado
todo con “extraordinaria serenidad y dignidad”, según uno de sus abogados,
Atilio Neira.
Las fuerzas del orden, cercano el momento de oscurecer en la fría noche del
viernes pasado, estaban listas para echarle mano cuando ya rondaban patrulleros
el domicilio de Isabelita “para evitar una fuga”. Al fin llegó el pedido de
Interpol para salir a detenerla, sonando las sirenas.
Mucha prensa también ha disfrutado
otros términos más insidiosos. En lugar de usar la palabra “detenerla” escriben
“capturarla” o “aprehenderla”, como si fuera un delincuente o un animal
de caza.
Una fuente muy allegada a Isabelita
nos contó que alguien le sugirió irse a Suiza, país muy difícil de acordar una
extradición. Y ella replicó enérgicamente: “¡Yo no huyo!”.
Hasta ahora Isabelita llevaba una
vida muy discreta y casera, solo acompañada por una criada de su confianza. “La
señora no está” era su respuesta a muchas visitas no convocadas, aunque fueran
periodistas “divos” de la Argentina u otros países.
Nunca dio un reportaje político ni
personal. Por su discreción y tacto, nadie puede atribuirle declaraciones u
opiniones imprudentes. Tampoco ha respondido ataques. Por eso repiten solo
aquello de cuando los periodistas la asediaban apretujándola, les pidió: “No me
atosiguéis”.
A más de 30 años de ser derrocada
y privada de su libertad sin ningún tipo de acusación o proceso, sino
simplemente por portación de apellido ya histórico; jamás pudo ser vinculada a
ninguna conducta anormal o mezclarla en escándalos. Ahora está en su casa y,
como ha sido su costumbre con frecuencia, las persianas y ventanas están
cerradas y no atiende llamadas telefónicas ni al timbre de su puerta.
Un consejo de Perón
En uno de sus últimos viajes a Buenos
Aires, el día de su llegada cenamos juntos en el hotel donde se hospedaba, en
compañía de un hermano de ella, su abogado Humberto Linares y dos o tres
amigos peronistas.
En aquella ocasión, narró un consejo al que su esposo el general Perón le
repetía: “Nunca firmes nada sin leerlo ni tener bien en claro su contenido.
Sobre todo desconfía de los que vienen de apuro, buscando tu rúbrica por razones
de urgencia. Toma los papeles, déjalos a un lado y le dices que lo llamarás
luego. Esto lo tengo siempre en cuenta como tantos consejos sabios recibidos de
él”.
Viene a cuento esta simple anécdota
por estar relacionada con la causa judicial desempolvada y puesta nuevamente en
marcha tan apresurada y sensacionalmente, justo en el mes de feria judicial.
Nadie puede dudar que Isabelita era
rigurosamente presionada, una verdadera prisionera de los militares desde que
sucediera por derecho constitucional a su esposo presidente.
Pero tuvo la sagacidad de no firmar
decretos que se le exigían. Como no podían conseguirlo por la persuasión y
confiando en su instinto, zafaba de esos compromiso una y otra vez. Entonces,
ante su intransigencia, la obligaron a tomarse una “licencia de descanso para
reponerse”, pues estaba flaquísima. Hasta le impusieron alojarse en una Base
Aérea Militar en Córdoba. Y eligieron, también los militares, a Italo Luder.
A todo esto, ya hacía tiempo que
José López Rega, en la crisis provocada por el “Rodrigazo” se había alejado
en nocturnidad con el puente de plata de “embajador itinerante”, corrido no por
los militares sino por los dirigentes de la CGT, paralizando al país contra el
“brujo”.
Circo por varios meses
El festival de disparates y chismes
de mala fe, lanzados por políticos, la oligarquía, la izquierda extrema y los
medios de difusión, sin faltar algunos intereses extranjeros, ha comenzado con
bríos y pasarán bajo el puente cirquense, ríos de tinta y especulaciones.
Unos dicen que beneficiará al
gobierno para entretener al pueblo ante la inflación, tema que los
opositores han tomado como caballito de batalla electoral. Otros opinan que
favorecerá la declarada lucha contra la impunidad en cuanto a la violación de
los derechos humanos.
De acuerdo a un sistema de
extradición acelerada según un convenio con España, si el imputado admite de
entrada ser llevado a la Argentina para presentarse a la justicia, así se hace.
Pero si se declara inocente deben cumplirse una serie de procedimientos,
obteniendo del acusado semi plena prueba de su culpa.
Como Isabelita se ha declarado
inocente, se le ha dado prisión preventiva domiciliaria por razones de salud y
edad (en días más cumplirá 75 años). La causa irá ahora a un juez de instrucción
que deberá esperar hasta 40 días para permitir la llegada de la acusación formal
del juez Héctor Acosta. Luego, una vez conocido el o los delitos imputados,
notificar y dar un plazo para que los abogados de la defensa presenten los
descargos. Todo ello puede llevar por lo menos 4 meses de marchar la causa sobre
rieles.
Otros juristas hablan de un año o
más.
Los impacientes deben esperar soñando verla aquí, en la Argentina, humillada
portando esposas y prisión (¡una vez más!) trajinándola de un juez de provincia
(Héctor Acosta de San Rafael, Mendoza) y otro capitalino que no descarta
implicarla en diferentes causas, Norberto Oyarbide.
Nos parece ver la morbosa curiosidad
de muchos apretujándose para abuchearla. Mas también creemos que pueden ser
numerosos los que le expresarán solidaridad. La dividida oposición política al
gobierno se ha apresurado, por medio de sus máximos exponentes, en busca de
votos peronistas, a ponerse del lado de Isabelita.
Dentro del justicialismo, aunque la
conducción no se ha pronunciado aún, hay mucha gente de pueblo enfervorizada
renovando su adhesión al General Perón, cuando los ingenuos o intencionados
opinólogos visualizan (y desean) ver su influencia en camino de desaparecer.
Perón ya es un mito y no le entran
balas. Es el mismo caso de Evita, por más libros y juicios traten de
destruirlos. Recuérdese que la revolución “libertadora” le inició al General 102
causas criminales y todas terminaron en nada. Ante el torrente de calumnias
absurdas para demoler su imagen, el pueblo, con su natural poder creativo para
expresarse, respondía con una frase inolvidable: "P… y ladrón, nos quedamos
con Perón".