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(IAR-Noticias)
11-Enero-07
Los movimientos sociales sudamericanos enfrentan un panorama inédito: la mayoría
de los gobiernos del continente se definen progresistas o de izquierda. Una
realidad que los mismos movimientos contribuyeron a configurar y que puede
ayudarlos a crecer o bien bloquear su desarrollo.
Por Raúl Zibech -
ALAI
En efecto, siete de los diez países sudamericanos presentan gobiernos que se
reclaman afines a los movimientos sociales. Este nuevo escenario está teniendo
tal impacto sobre los movimientos que éstos ya no pueden seguir trabajando como
antes. A grandes rasgos, existen dos diferencias notables con el período
anterior. Por un lado, la contradicción entre gobiernos neoliberales y
movimientos sociales ya no ocupa el principal lugar. La creciente polarización
entre los nuevos gobiernos y las viejas derechas, ahora renovadas con nuevos
temas y consignas, tiende a desplazar a los movimientos de su anterior
protagonismo. En Venezuela y Bolivia la derecha consigue movilizar sectores
importantes de las poblaciones, y en el segundo caso enarbola propuestas
autonómicas que resultan un excelente gancho para homogeneizar sus sociedades.
Algo similar puede llegar a suceder en Ecuador cuando asuma Rafael Correa el 15
de enero. En Argentina, la derecha se está reagrupando para impedir el avance de
la causa de los derechos humanos y consiguió realizar un importante paro agrario
contra la política sectorial de Néstor Kirchner. En Brasil, la excusa para la
movilización electoral de la derecha fue la corrupción.
Lo novedoso, es que la derecha consigue agrupar sectores de las capas medias y
en ocasiones consigue ganar la calle con cientos de miles de simpatizantes. En
esas situaciones no sólo los movimientos, y sus demandas, se ven desplazados,
sino que se ven forzados a moverse en apoyo de gobiernos con los que a menudo
tienen sólo coincidencias parciales.
En segundo lugar, se está diseñando una nueva relación entre las fuerzas que
integran los gobiernos progresistas y de izquierda y los sectores populares que
forman las bases sociales de los movimientos. Se trata de relaciones complejas
que están comenzando a ser construidas, en casi todas, partes sobre la base de
las anteriores políticas focalizadas hacia la pobreza. En general, existen dos
"modelos" en el continente. El que se implementa en Ecuador, y de algún modo en
Bolivia, aparece centrado en el "fortalecimiento de las organizaciones" sociales
que se les asigna -a partir de la instalación del PRODEPINE (Proyecto de
Desarrollo de los Pueblos Indios y Negros del Ecuador) a mediados de los 90- la
tarea de ser ellas mismas las diseñadoras y ejecutoras de los programas
asistenciales. Estos programas han dañado en profundidad a los movimientos. En
Ecuador estuvieron a punto de provocar la escisión de la Confederación de
Nacionalidades Indígenas de Ecuador (CONAIE) y consiguieron debilitarla
considerablemente.
En Brasil, Argentina y Uruguay, las políticas hacia la pobreza que están
implementando los gobiernos progresistas han dado un salto cualitativo respecto
a los programas anteriores, todos ellos financiados y promovidos por el Banco
Mundial, al igual que en el caso anterior. En sentido estricto, ya no puede
hablarse de políticas "focalizadas", toda vez que en Brasil alcanzan al 25% de
la población y en Argentina y Uruguay oscilan entre el 10 y el 20%. En realidad
estamos ante una reconfiguración de las relaciones entre los estados y los
sectores populares, diferente a la que se había gestado durante el período de
los estados del bienestar.
El resultado es que estas políticas afectan la capacidad de acción de los
movimientos, o sea de los pobres organizados. Más aún, tienden a poner en
cuestión la propia autonomía conseguida durante el período del neoliberalismo
duro y puro. Dos hechos están en la base de este debilitamiento: los subsidios
generan relaciones clientelares, y por lo tanto verticales, entre los
ministerios "sociales" y las masas de pobres no organizados, que ahora se
muestran menos proclives a movilizarse. En paralelo, muchos dirigentes de los
movimientos pasan a ocupar cargos de menor rango en los gobiernos progresistas,
tomando distancia de sus organizaciones o bien poniéndolas en relación de
subordinación con los gobiernos para los que trabajan.
Ante este nuevo escenario, poca utilidad tiene empeñarse en repetir lo que hasta
ahora había dado resultado. Reconocer los cambios es el primer paso para salir
de la debilidad actual. Empeñarse en fortalecer la autonomía (cultural, política
y material) parece imprescindible para sortear las actuales dificultades. En
nuestro continente, además de los zapatistas, los sin tierra de Brasil
son los que cuentan con análisis más claros. No dudaron el movilizarse para
apoyar a Lula en la segunda vuelta electoral, con el objetivo de cortarle el
paso a la derecha. Pero ya se lanzaron a una campaña de propaganda y
movilizaciones, conscientes de que si no hay presión desde abajo Lula no moverá
un dedo para poner en marcha la reforma agraria. Con ser necesario, volver a la
calle no soluciona todos los problemas. Como señala Joao Pedro Stédile,
coordinador del MST, es necesario estudiar, analizar, comprender las nuevas
realidades que están naciendo bajo estos gobiernos.
Por último, parece imprescindible establecer nuevas relaciones entre los
sectores organizados y los no organizados del abajo. Sin ello, no será posible
retomar la iniciativa. Pero aún no sabemos con precisión cómo, con quienes, ni
dónde. Todo apunta a que los cinturones de pobreza de las grandes ciudades serán
los escenarios de las futuras revueltas. Los sin tierra apuestan al
movimiento hip hop. O sea, a los jóvenes, negros, pobres. En Buenos Aires se
adivinan nuevas relaciones entre los jóvenes que se movilizaron en los piquetes,
los jóvenes pobres influenciados por la música que se escucha abajo y los
inmigrantes paraguayos y bolivianos. En todo caso, en esas regiones satanizadas
por los poderes -aún los progres- hay un mundo de potencias que puede alimentar
nuevos movimientos.
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