Los chiítas árabes de Irak, en su muy comprensible
desesperación vengativa, cayeron infantilmente en la trampa perversa que
les tendió la dupla anglosajona (se nota a leguas el sello de la
perfidia de Gran Bretaña) al haber colaborado en el ahondamiento de la
fractura que parece insalvable entre los chiítas y los sunitas, tanto en
el mundo árabe de 330 millones como en el mundo islámico de mil 500
millones de fieles (que engloba a la minoría árabe) en cuyo seno el
sunismo predomina en 85 por ciento.
La balcanización tanto de Irak, en particular, como de Medio
Oriente, en general, beneficia a la banca israelí-anglosajona que
controla a las trasnacionales petroleras. Aun la benignidad del
moribundo plan Baker-Hamilton, descuartizado por la puerilidad
geoestratégica de Baby Bush, contemplaba la privatización del
petróleo iraquí según los cánones y cañones del capitalismo anglosajón
para beneficiar unidireccionalmente a las petroleras texanas, de las que
James Addison Baker III es uno de los predilectos abogados y uno de los
principales miembros del siniestro Grupo Carlyle que, gracias a la
colusión del apátrida Luis Téllez Kuenzler y la imposición de Felipe
El Breve, pretende adueñarse de las telecomunicaciones estratégicas
de México, desmantelado en forma gradual por el caballo de Troya del
neoliberalismo y su espíritu de Houston, para incorporarlas al
Comando Norte.
A cambio de ahorcar a Saddam en la Fiesta del Sacrificio, el
primer ministro chiíta Malaki aprobará la nueva ley de hidrocarburos que
nutrirá las arcas texanas y británicas. Sería un grave error de juicio
creer que Estados Unidos se retirará en forma "honrosa" de Irak sin
haber obtenido su principal objetivo: el petróleo; o de lo "perdido",
una mínima parte del oro negro, ya sea en Kirkuk, dominada por
los kurdos, ya sea en Basora, controlada por los chiítas.
Tras haber sufrido la oprobiosa condena internacional, el
premier chiíta Malaki, de su propia confesión lastimosa, ya desea
abandonar el timón del barco saboteado por la dupla anglosajona. A
diferencia del flagelador Malaki y de su titiritero Baby Bush,
Saddam, el otrora tirano de inocultables atrocidades (muchas instigadas
por la CIA, de la que fue su criatura predilecta la mayor parte de su
gobierno), ha sido transfigurado en héroe mítico, lo cual se ganó a
pulso con su conducta digna frente al cadalso.
Baby Bush "huye hacia delante", pero de cabeza y sin haber
tenido el entrenamiento de los profesionales voladores de Papantla. En
un país de la talla de una superpotencia como Estados Unidos, con
ínfulas universales, ¿no existe acaso nadie a la vista que pueda detener
la fase delirante del belicismo bushiano?
El presidente número 43 se jugará tanto su destino como el
de su nación flagelada con la alucinación de su inevitable "victoria"
mediante el plumazo de enviar al precipicio de lo desconocido a 40 mil
soldados adicionales a los 130 mil existentes cuan inefectivos, contra
los sabios consejos de la casta militar.
Nadie puede detener la más reciente alucinación de Baby
Bush: ni su padre, un anterior presidente relativamente exitoso; ni su
atónita madre Barbara; ni su hermano Jeb, un gobernador más juicioso; ni
Laura, su esposa abnegada; ni Barney, su simpática mascota, ya
no se diga el saliente y maloliente Congreso número 109.
Una de las características de la añeja grandeza
estadounidense consistía en el equilibrio entre sus tres poderes (check
and balances) que se perdió a partir del montaje hollywoodense del
11 de septiembre, cuando su otrora democracia decimonónica se convirtió
en una vulgar dictadura medieval en manos de una persona desequilibrada
a todas luces. ¿Podrá el Congreso número 110 cumplir su misión histórica
para la que fue elegida por los ciudadanos que repudian la aventura
unilateral bushiana en Irak?
El problema en Irak y en el mundo son las perturbaciones
alucinantes de Baby Bush, presidente de la mayor potencia
mundial, lo cual multiplica el probable efecto nuclear de sus
exacciones, quien no puede perder lo que nunca tuvo, la sindéresis, y
quien más que consejos requiere de un sicoterapeuta, como muy bien
indicó Fareed Zakaria, editor de la revista Newsweek International.
Baby Bush ha llevado la insanidad mental de los
neoconservadores straussianos sus controladores también perturbados por
su singular hermenéutica paleobíblica, con quienes se hermanó en un
manicomio que abolió a los siquiatras y desde donde pretenden "cambiar
el régimen" del mundo a Medio Oriente, que sufre uno de los peores
flagelos de su historia desde la última invasión mongol.
Para obtener su "victoria" en Irak, hoy una verdadera
catástrofe militar, Baby Bush no solamente anda de cabeza, sino
que ha decapitado a su mando militar, en especial a los generales que
han objetado la viabilidad de su plan "triunfal", que quizá incluya el
bombardeo a Irán.
Cuando no le renuncian, Baby Bush decapita, quita,
pone y dispone. Sustituye a sus dos principales generales en Irak, así
como a su embajador, y degrada al superespía John Dimitri Negroponte, a
cargo de las 13 agencias de inteligencia con un presupuesto visible de
40 mil millones de dólares anuales, para remolcarlo a subsecretario de
Estado, y coloca en su lugar al vicealmirante Mike McConnell, ex
consejero de Seguridad Nacional.
Otro almirante, William Fallon, comandante del ejército en
el Pacífico, sustituye al libanés-estadunidense general John Abizaid, a
cargo del Comando Central que controla las operaciones en Afganistán e
Irak, quien dimitió por estar en desacuerdo con el "esquema Cheney" para
bombardear Irán con el pretexto de elevar el número de efectivos en Irak
y que, en realidad, servirá para contrarrestar las esperadas represalias
de la rebelión chiíta, en particular de las milicias de Moqtada Al-Sadr,
en solidaridad con sus castigados correligionarios persas.
Otro general contestatario, George Casey, será sustituido
por su subalterno teniente general David Petraeus, que demostró su
legendaria incompetencia por no haber sabido entrenar al inexistente
ejército iraquí.
Como refracción de la escalada militar que ha alcanzado al
Cuerno de Africa, donde se libra una guerra por procuración de Estados
Unidos, Ryan Crocker, embajador en el incandescente Pakistán de mayoría
sunita, es nombrado en lugar del embajador en Irak, Zalmay Khalilzad,
que es enviado a Naciones Unidas en lugar del defenestrado John Bolton.
Al menos que el objetivo real sea bombardear Irán desde el
golfo Pérsico con la flota naval incrementada en sincronía, Baby
Bush coloca a dos almirantes (uno retirado) para dirigir supuestas
operaciones "terrestres" en Irak centradas en Bagdad con el fin de
desalojar a los sunitas del partido Baas, lo cual no es creíble para
nada.
El problema no son las piezas del tablero de ajedrez sino la
salud mental del jugador perdedor, el cual lleva varias derrotas y
quien, como los adictos al juego, alucina resarcirse ahora en Irán.
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(*) "Bajo la Lupa" -Columna del autor en La Jornada, México