Analistas de la prensa
norteamericana y europea vienen señalando las importantes fisuras que se habrían
producido entre el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, y la casta sacerdotal
de los ayatolas que detentan el poder real en la nación islámica.En el actual contexto del
conflicto nuclear con EEUU las tendencias negociadoras y "dialoguistas" de los ayatolas empiezan a chocar contra las posturas agresivas y
extremas de los
ex militares y "guardianes" de la revolución islámica que se
encaramaron en las estructuras del poder con el acceso de Ahmadineyad a la
presidencia de Irán.
La designación de Mahmud Ahmadineyad, un
ex guardián islámico, como el jefe del ejecutivo –en cuyo gabinete hay doce
ministros con historial militar y de militancia en la revolución islámica -, y la entrega de la alcaldía de Teherán a
un ex comandante en jefe de las fuerzas armadas, le da un tono castrense
definido a la nueva administración.
Cuando la teocracia conservadora, con el líder supremo ayatola Ali Jameini, prohibió la
participación de la mayoría de los candidatos reformistas en 2005, los Guardias Revolucionarios y las milicias Basij
(que sirvieron
como carne de cañón suicida en la guerra contra el Irak de Saddam Hussein, hace 20
años), colocaron a Ahmadineyad en la presidencia de Irán.
La mayoría considera que la llegada de Ahmadineyad a la Presidencia
de Irán fue una jugada "renovadora" de Jamenei y de la cúpula
clerical
para superar una crisis de la que se responsabiliza al régimen de los ayatolas.
Sobre los clérigos que controlan
Irán desde hace 27 años pesan severas denuncias de abuso de poder, asesinato y
represión de opositores y corrupción generalizada con la administración
del petróleo iraní.
Pese a que han calmado las feroces ejecuciones de opositores
políticos llevadas a cabo en la década de los ochenta, la esencia
represiva del régimen teocrático sigue siendo la misma.
Diferentes fuentes calculan entre
ochenta y cien mil el número de presos
políticos en Irán. Las mujeres continúan siendo marginadas, aunque muchas jóvenes han perdido el
miedo.
En manifestaciones callejeras
miles de mujeres protestaron por la anulación de las candidatas en las
listas electorales generando una seria preocupación al régimen.
En el sector socioeconómico, y
pese a los importantes recursos energéticos de Irán, la inflación llega al 25%,
hay 10 millones de desocupados, 11 millones de personas viven bajo el nivel de
la pobreza, y no se visualiza futuro para 30 millones de jóvenes.
Muchos de los integrantes del
régimen son acusados, incluso por la prensa oficial, de haberse
enriquecido ilícitamente en un proceso de corrupción que
corroe como un cáncer la Administración teocrática que controla los resortes de
la economía, la policía y las fuerzas armadas.
Los "ultra-duros"
y el recambio generacional
Liquidados los reformistas de
Jatami, Jameini y los clérigos acudieron a los fieles Guardianes de la Revolución (pasdaranes) y de
los Basiyis (voluntarios), cuyo personaje más carismático y sobresaliente es Ahmadineyad,
y que vinieron a cubrir el vacío de poder político dejado por los reformistas en
medio de la crisis del régimen clerical.
Esta es la verdadera razón de por qué Ahmadineyad
y sus seguidores del "brazo armado" de los clérigos se
han impuesto a figuras como Rafsanyani (el adversario interno de Jameini) y
hoy ocupan los principales cargos políticos de la nación islámica.
Hoy, sin cuestionar la esencia del modelo
teocrático, los ex militares y ex guardianes que accedieron al poder con Ahmadineyad exigen su parte del poder
real,
considerada legítima por su defensa del país durante la guerra irano - iraquí
(1980-88).
Se trata también de un relevo generacional, ya que el promedio de
edad de quienes son llamados por la prensa reformista jenah-e padegani "sector
cuartel" es de 40 años, en contraposición de los ayatolas que rozan los 70
años de
promedio.
La primera fase de cambio
"generacional" en el poder político del régimen teocrático se dio en el
Parlamento con el ingreso de 67 ex guardianes de la Revolución Islámica y
de ex integrantes de las fuerzas armadas y de los servicios de Inteligencia del Estado en el
parlamento hace dos años.
El "núcleo duro" y
militarista que acompaña a Ahmadineyad en su gestión representa la generación de
los guerreros que combatieron con "las armas en la mano" en la defensa de la
revolución iraní, y se presentan asimismo como la "guardia pretoriana" del
legado de su fundador, el ayatola Komeini.
El sector militarista que sigue al
presidente de Irán, los guardianes de la revolución de Komeini, están
potenciando el nacionalismo frente a la amenaza exterior, justificando la
necesidad de tener su propio programa nuclear, tal como lo tienen las cinco
principales potencias que integran el Consejo de Seguridad de la ONU.
Esto les granjea la adhesión
incondicional de las fuerzas armadas iraníes embebidas en el principio de la
reivindicación nacionalista y la guerra permanente contra el "poder
sionista".
Ese es el sector que vibra y se
emociona con los discursos desafiantes de Ahmadineyad contra EEUU e
Israel, en tanto que esos mismos discursos producen escalofríos en los
ayatolas acostumbrados al ejercicio "negociador" con Washington y Tel Aviv,
pese a las apariencias de enfrentamiento.
Para
algunos observadores los integrantes del "núcleo duro" de Ahmadineyad, después de años de
corrupción y fallidas reformas, combinan el deseo de destruir el sionismo,
expresado por Washington y por el Estado de Israel con la nostalgia de una época
de orgullo guerrero.
Ahmadineyad, señalan, evoca el anhelo de
confrontación de hace un cuarto de siglo, cuando la
nación islámica estaba preparada para desafiar al mundo, enviar
incontables jóvenes al martirio en la lucha contra el Irak de Saddam Hussein,
resistir ataques de misiles contra sus ciudades, y sufrir ataques con gas venenoso
contra sus tropas.
Nunca, desde
que viviera el ayatolá Komeini en la década de 1980, Irán había
provocado tantas tensiones regionales o globales como la que han despertado Ahmadineyad
y sus seguidores en el actual período de confrontación nuclear con EEUU.
Desde su elección como presidente
de Irán, Ahmadineyad se ha manifestado como un experto en provocar las iras de
la alianza imperialista occidental encabezada por Washington, clamando por la
destrucción de Israel, negando el Holocausto y acusando a las “falsas
superpotencias” de conspirar para destruir a Irán.
En octubre pasado, mientras crecía el clima de tensión mundial y se agudizaban
las condenas de EEUU, Israel y la Unión Europea, el presidente iraní llamó a
"borrar del mapa" al estado sionista israelí, y multitudes, al grito de
¡muerte a Israel! se movilizaron en Irán para apoyarlo y condenar los genocidios
de Sharon en Palestina y Medio Oriente.
En Teherán y en el resto del mundo
musulmán, desde la irrupción mediática del presidente iraní, muchos jóvenes se han contagiado de este espíritu
de lucha contra Israel y los nuevos "cruzados occidentales" contra la
nación islámica.
En la selecta
Universidad Imam Sadegh de Teherán, los alumnos, que aún no habían nacido en 1979,
ya hablan
de “la pureza de la revolución y la guerra”.
Para algunos expertos, montado en la
crisis nuclear con EEUU, en Irán se incuba el comienzo de un levantamiento fundamentalista en la
región, desde la Hermandad Musulmana en Egipto hasta Hamas, Hezbolá
en Líbano.
Esta situación -coinciden los
observadores- comienza a deteriorar seriamente la relación del régimen clerical
(encabezado por Jameini) con los nacionalistas "duros" del entorno de
Ahmadineyad quienes -montados en el conflicto con EEUU- han comenzado a construir
su propia estrategia de poder para sustituir al desgastado y corrupto régimen
de los ayatolas.
En posiciones de poder, los "duros"
de Ahmadineyad intentan explotar el desprestigio y el debilitamiento del régimen
teocrático de los ayatolas, la caída en picada de la corriente reformista de
Jatami (a quien derrotaron en la última elección) para construir una posición
cerradamente nacionalista en lo exterior, y con signos de "aperturismo"
en lo interior.
Esto es, flexibilizar en parte los
cerrados dogmas religiosos, sobre todo en relación a las mujeres, establecidos
por la teocracia que controla Irán.
Su plan -dicen algunos analistas- es aislar, para luego apartar al
clero del poder político y devolverles a las escuelas teológicas, una
empresa que, hasta ahora, parecía imposible de realizar con los clérigos
controlando todos los resortes del poder.
El sordo enfrentamiento interno en la
cúpula del régimen teocrático iraní, se expresa claramente en las oscilantes
posiciones de los discursos oficiales, donde los desafíos de Ahmadineyad a EEUU
e Israel, contrastan generalmente con posturas "dialoguistas" y más moderadas
expresadas por otros funcionarios.
Esto revela -según los observadores-
la puja por la hegemonía entre los clérigos y el "sector duro" encabezado por
Ahmadineyad.
La famosa "carta a Bush", por
ejemplo, fue impulsada por el ayatola Jamenei como parte de una estrategia de
"aflojamiento de tensiones" no compartida del todo por el "núcleo duro" de
Ahmadineyad, quienes tras el envío de la misiva comenzaron una nueva ronda de
confrontación con EEUU y el sionismo internacional.
El enfrentamiento subterráneo
entre los "ultraduros" de Ahmadineyad compartido por los generales
y las cúpulas de las fuerzas armadas (los que quieren relegar a los clérigos a las mezquitas)
agrega nuevos elementos al conflicto nuclear que Irán mantiene con EEUU y las
potencias capitalistas del "club nuclear", salvo China y Rusia, con quien
mantiene acuerdos estratégicos en el plano militar y comercial.
La era Ahmadineyad
La irrupción de Ahmadineyad y sus
posturas ultranacionalistas sostenidas a partir de la defensa a ultranza de su
programa nuclear y de sus deseos declamados de convertir a Irán en una "gran
potencia" quebró la estrategia que venían desarrollando los ayatolas
iraníes con
el "Imperio de Satán".
Esa estrategia -de doble discurso-
combinaba el enfrentamiento discursivo con pactos por "debajo de la mesa",
como el gestado para invadir Irak y derrocar al régimen de Saddam Hussein.
En 1980, habiendo fracasado sus operaciones
encubiertas en Irán, EEUU decidió invadir militarmente a ese país utilizando a
Saddam Hussein y a su ejército armado por EEUU, Francia e Israel, y entrenado por la CIA y el Pentágono.
Tras una larga guerra Irak-Irán que
abarcó casi toda la década del 80, y produjo un millón de muertos entre civiles
y militares, Saddam y el régimen iraní firmaron un final de las operaciones
militares, con el cual fracasó el intento de EEUU por reapoderarse del petróleo
iraní, cuyo control perdió con el advenimiento de la revolución islámica de
Komeini en 1979.
La relación Washington -Teherán se
recompuso luego de que Saddam invadiera Kuwait en 1991, iniciando una fase de
acuerdos entre la teocracia iraní y el gobierno de George Bush padre para
terminar con el régimen de los suníes que controlaban Irak.
Ese pacto se prolongó durante la
gestión de Bush hijo, quien finalmente concretó el proyecto iniciado por su
padre, contando con la alianza interna con los clérigos chiíes encabezados por
el ayatola Sistani, una prolongación del régimen teocrático que gobierna Irán.
El acuerdo convertía a los
clérigos chiíes pro-iraníes en la "columna vertebral civil" de la dominación
militar estadounidense, y servía a los ayatolas de Irán para establecer la punta
de lanza de un "gobierno fundamentalista islámico" en la región.
La llegada de Ahmadineyad y su
prédica nacionalista guerrera contra EEUU e Israel, resquebrajó el pacto, y las
posiciones del régimen teocrático fueron virando hacia un nuevo enfrentamiento,
donde Washington acusa a Teherán de promover por medio del "terrorismo"
el enfrentamiento inter-religioso y la guerra civil en Irak.
En este nuevo tablero -señalan los
especialistas- Ahmadineyad y el "núcleo duro" comienzan a hegemonizar cada vez
más los resortes del conflicto con EEUU, y sus planes de desplazar a los
ayatolas del poder se ven favorecidos por la escalada bélica.
El plan
interno de Ahmanideyad -según los
especialistas- se sustenta en el asistencialismo a las clases más pobres, el combate contra la corrupción teocrática, el apoyo de los militares nacionalistas y de los Guardianes de la
Revolución, y
el
antiimperialismo creciente en el plano de la política exterior.
Es la clásica fórmula
líder-ejército-pueblo que han practicado los distintos regímenes que, desde
Perón hasta Chávez, han intentado proyectos alternativos al Imperio capitalista.
No por casualidad, desde que Ahmadineyad asumiera la
presidencia, y comenzara un creciente liderazgo contra el sionismo judeo-norteamericano
en el campo internacional, muchos expertos comenzaron a señalar que el principal
objetivo estratégico de Washington no es la destrucción de la usinas nucleares
sino un "cambio de
régimen" en Irán.
Entre los analistas militares de EEUU existe el convencimiento creciente de que el objetivo
último del presidente Bush y del lobby judío que controla la Casa Blanca es
destruir a Ahmadineyad y propiciar un "cambio de
régimen" en Irán.
Para el estamento militar y los
halcones estadounidenses Mahmud
Ahmadineyad ha llegado muy lejos al poner en duda la realidad del holocausto judío, y
recreando la consigna de que Israel debe "ser borrado del mapa”.
Bush y sus asesores en la
Casa Blanca, así como los halcones sionistas de Israel, lo consideran un "Hitler potencial",
capaz de conseguir armas estratégicas nucleares y amenazar al mundo con otra guerra mundial.
Washington ya ha a hecho explícito su
temor al llamado "eje petrolero" Rusia-Irán-Venezuela, en el que también se
incluye a la Bolivia de Evo Morales.
El juego estratégico
En lo interno, Ahmadeniyad y el
"núcleo duro" se presentan como los defensores de los pobres y los abanderados
de la lucha contra la corrupción del poder, a la vez que ensayan posturas
"aperturistas" religiosas orientadas a captar a los sectores reformistas más
afines al nacionalismo.
Ahmadineyad es considerado un
líder duro y carismático, frío, y de gran llegada entre los sectores más
pobres de la sociedad iraní, a quienes promete participación en las acciones de
la industria petrolera.
Además el presidente de Irán, se
rodea de una imagen austera y sencilla, que contrasta con la
riqueza y la opulencia en que viven los clérigos y los funcionarios de la
teocracia iraní que lo pusieron en el poder.
En una gran jugada mediática, a
principios de 2006, Ahmadineyad
hacía públicas sus propiedades, que se reducían a dos cuentas bancarias sin
ahorros y a una vieja casa familiar en un barrio popular de Teherán, donde sigue
viviendo.
En cuanto al tablero de conflicto
con EEUU e Israel, los especialistas señalan cuatro ejes principales en la
estrategia de Ahmadineyad y de los sectores militaristas "ultraduros":
1) Utilizar el "factor
petróleo" amenazando con cortar el suministro internacional y crear un caos
mundial con una escalada sin límites de los precios, si es atacado por EEUU.
Esta táctica de presión está orientada principalmente a Europa y a EEUU, que
serían los principales perjudicados, y busca que las potencias europeas no
suscriban las sanciones económicas ni apoyen una acción militar de EEUU contra
Irán.
2) Utilizar su alianza estratégica
con Rusia y China poniéndola como factor de equilibrio y disuasión militar
con el eje EEUU-Israel y sus potencias aliadas en la ONU. China es el principal
comprador del gas y del petróleo iraní, y con Rusia Teherán mantiene una
relación estratégica que incluye la provisión de armamento de última generación,
el asesoramiento militar, y acuerdos diversos de cooperación en el terreno
bélico. Lo que convierte a la Rusia de Putin en una carta de presión permanente
que juegan los halcones de Teherán en su enfrentamiento con Washington.
3) Utilizar la táctica del ataque
permanente y la retórica guerrerista contra Israel, que busca producir una
reacción entre los sectores del sionismo ultra-halcón del Estado judío. El
objetivo es conseguir una amenaza concreta de acciones militares por parte de
Tel Aviv, lo que aislaría aún más a Israel en el plano internacional. Esto
explica la recurrencia de Ahmadineyad en negar el Holocausto y anunciar que
Israel "será borrado del mapa". Washington acusó recibo de esta
táctica, con la reciente convocatoria de Bush al primer ministro de Israel, cuyo
objetivo fue pedirle que interceda ante los sectores ultra-halcones del Likud
para que no entren en el terreno de "provocación".
4) Amenazar con su poder de
influencia sobre el gobierno y la comunidad chií de Irak (60% de la
población) para producir un levantamiento en masa contra la ocupación, como
táctica para neutralizar y/o disuadir a EEUU de una operación militar contra
Irán. La táctica consiste en explotar el empantamiendo que sufren las fuerzas
ocupantes norteamericanas en Irak, con el consecuente deterioro de la imagen de
Bush.
Los especialistas asignan a esta
estrategia un objetivo principal centrado en "ganar tiempo".
Si se considera que ya fracasaron dos
reuniones de las cinco potencias para tratar sanciones a Teherán en el seno del
Consejo de Seguridad de la ONU, hay que concluir que, hasta ahora, la estrategia
de los guerreros fundamentalistas iraníes viene teniendo "éxito".
Sin embargo -señalan los expertos- el
límite de esa estrategia se encuentra en la decisión unilateral de EEUU
-en alianza con Israel- de iniciar accionnes militares unilaterales (al margen de
la ONU) contra las usinas nucleares de Irán.
O que en el Consejo de Seguridad de
la ONU potencias como Gran
Bretaña, Alemania, y Francia
(presionadas por su dependencia
estratégica de EEUU)
terminen apoyando las sanciones o el ataque
militar contra Irán.
Mientras tanto, y como estrategia
disuasiva para ganar tiempo, la retórica guerrerista de los halcones militaristas de Washington y
de Teherán, continuarán en ascenso constante.
Como señalan los expertos: Bush (el
halcón norteamericano) y
Ahmadineyad (el halcón iraní) parecen ser almas simbióticas y complementarias. Con ellos en
el tablero, la guerra es inevitable.
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