Uno de los personajes más
emblemáticos de la llamada "guerra contra la subversión", el ex dictador
militar chileno, Augusto Pinochet, falleció el domingo 10 de
diciembre en el Hospital Militar
de Santiago, luego de haber sufrido una inesperada descompensación.
El dinosaurio de los
dictadores militares latinoamericanos, de 91 años de edad, murió, según el
parte médico, a las 13:30 horas, luego de ser trasladado a la unidad de cuidados
intensivos donde los procedimientos médicos no lograron salvarle la vida.
Pinochet había sido internado durante
la madrugada del domingo 10 de diciembre a causa de un infarto al
miocardio y un edema pulmonar, pero los informes médicos señalaban que
evolucionaba favorablemente, a punto tal que los familiares de víctimas
denunciaron que se había montado una farsa alrededor de su enfermedad.
Los pocos "seguidores" de Pinochet se dieron cita en las afueras del Hospital
Militar, muchos de ellos portando carteles y fotos del ex general
"anticomunista" que comandó una de las más feroces represiones de la década del
setenta después de asesinar al presidente Allende en Chile en 1973.
Caído en desgracia, abandonado a su suerte después de que sus ex patrones del
Departamento de Estado norteamericano decidieran exportar la "democracia con
elecciones" en lugar de las dictaduras militares, al momento de morir
Augusto Pinochet enfrentaba numerosas querellas y procesos judiciales, que
abarcaban desde las acusaciones de genocidio y torturas hasta las causas por
corrupción.
Se estima que durante el régimen que encabezó, unas 3.200 personas murieron a
manos de agentes del Estado, de las que 1.192 permanecen como detenidas
desaparecidas, más de 28.000 fueron torturadas, según datos oficiales, y
alrededor de 300.000 debieron exiliarse por razones políticas.
Al momento de morir, Pinochet estaba procesado como presunto autor de secuestros
(desapariciones), homicidios y torturas en al menos tres casos por violaciones a
los derechos humanos, entre ellos la Caravana de la Muerte, una comitiva
militar que ejecutó a 75 presos políticos en un recorrido por Chile en 1973.
También por una treintena de víctimas de la Operación Colombo, montada en 1975
para encubrir la desaparición de 119 disidentes y por otros tantos casos de
desaparición y torturas en la Villa Grimaldi, una cárcel clandestina de la DINA,
la policía secreta de la dictadura.
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Chilenos festejan la
muerte de Pinochet |
Pero, y como sucedió y está sucediendo con el resto de los dictadores
sobrevivientes de la ex "doctrina de seguridad nacional", Pinochet fue el
chivo expiatorio de un golpe de Estado y de un proceso represivo que estuvo
encuadrado en una estrategia regional de "combate al comunismo" dirigida
por Washington y el Pentágono.
Detrás del golpe contra Allende y de la dictadura de Pinochet que vino a
salvar a Chile del "caos comunista" estuvieron (como en Argentina y en
otros países) el Departamento de Estado y los mismos bancos y transnacionales
que hoy controlan el sistema económico productivo de Chile con democracia y
elecciones.
Pinochet, como Videla en Argentina o Stroessner en Paraguay, fueron piezas de un
dispositivo militar destinado a terminar con la militancia revolucionaria
setentista (los llamados "subversivos") dentro de una disputa por aéreas de
influencia que mantenía EEUU con la Unión Soviética en el marco de la Guerra
Fría.
Tanto la prensa del sistema como la derecha "neoliberal" y la izquierda
"progresista", que hoy gerencian los nuevos Estados "democráticos" controlados
por Washington, esconden el contexto de servilismo al proyecto imperial en que
actuaron los ex dictadores como Pinochet, y los ponen como "asesinos y
genocidas" sin ninguna vinculación con una estrategia de dominación en la
región.
Pinochet y los dictadores militares de la doctrina de seguridad nacional que se
formaban en la Escuela de las Américas y se reportaban al Comando Sur de EEUU,
cumplieron para el Imperio norteamericano (represión militar de por medio) el
mismo papel de "gerentes de enclave" que hoy cumplen Kirchner, Bachelet, Lula o
Evo Morales, por "izquierda progresita", o Uribe y Alan Garcia por "derecha".
La red represiva de la llamada "doctrina de
seguridad nacional" que guiaba el accionar de las dictaduras
sudamericanas de la década del 70- fue articulada por el Pentágono y el
Departamento de Estado conjuntamente con los regímenes de varios
países de la región y fue la ejecutora de miles
de asesinatos, torturas o desapariciones de militantes combativos de
izquierda que luchaban para cambiar el sistema capitalista que hoy
controla Chile con democracia y elecciones.
La prensa cómplice del sistema esconde el carácter "antisistema y
revolucionario" de las víctimas de Pinochet caracterizándolas solo como
"personas", como una manera de disociar como crímenes comunes lo que en verdad
fue una represión militar en el marco de una "guerra contrarrevolucionaria"
imperial.
Pinochet no fue un "genocida demente"
sino un instrumento de un proceso de represión militar salido de las
entrañas del Departamento
de Estado norteamericano, y motorizado principalmente por el cerebro
imperialista de Henry Kissinger, quien, según se desprende de los propios
documentos desclasificados de la época, fue el motorizador principal de los
golpes militares de Pinochet en Chile y de Videla en la Argentina.
Eran tiempos de plomo y de represión sangrienta e indiscriminada al
comunismo subversivo internacional"
de la Guerra Fría,
simbolizado principalmente en la Revolución Cubana y en la Unión Soviética que
peleaba por aéreas de influencia con el imperio yanqui en la región.
Las logias de generales latinoamericanos de entonces, al estilo Pinochet, eran
formados en el molde de la
"doctrina de seguridad nacional"
made in usa, y entrenados militarmente en
la Escuela de las Américas y en
el Comando Sur de los Estados Unidos.
Una vez formados, pasaban a desempeñarse como expertos en la
"lucha de
contrainsurgencia", una suerte
de "lucha contraterrorista" del presente,
orientada a exterminar a los movimientos revolucionarios y a toda persona con
"pensamiento de izquierda".
En los 80, salvo en Colombia, los
militares de la "seguridad nacional" ya habían terminado con la izquierda
revolucionaria y la resistencia armada en América Latina, había desaparecido la
URSS como punto de referencia logística y organizativa de los movimientos
revolucionarios, y Washington resolvió imponer un orden regional basado en el
pacifismo, la democracia y los derechos humanos.
El nuevo sistema de control político y social se situaba en las antípodas del
anterior (basado en gobiernos y dictaduras represivas), y explotaba el consenso
masivo que despertaba la apertura de procesos constitucionales después de largos
años de dictaduras militares con supresión de elecciones y parlamentos.
Pero fuera del maquillaje democrático (del formalismo del estado de derecho y
del régimen electivo-parlamentario), Washington y las transnacionales
capitalistas siguieron ejerciendo el control sobre los recursos estratégicos y
el sistema económico-productivo de los países mediante la asociación con las
elites de poder y las clases políticas locales, quienes se reservan para sí
los controles ejecutivos, parlamentarios y judiciales del Estado.
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Partidarios de Pinochet lloran
tras conocerse su muerte. (Foto AP) |
De tal manera, que del gerenciamiento militar del dominio imperial se
pasó al gerenciamiento civil del mismo, sin alterar para nada el proceso
de control económico por medio del cual los bancos y empresas transnacionales
continuaron transfiriendo recursos y ganancias a EEUU y a las metrópolis
capitalistas.
En ese nuevo escenario de poder geopolítico-estratégico, legitimado por
gobiernos satélites elegidos en elecciones populares, Washington consolidó su
dominio regional en un teatro latinoamericano sin lucha armada, sin
estallidos revolucionarios, y con las organizaciones populares y de
izquierda participando como "opción de gobierno" en los países
dependientes.
Los procesos judiciales al "Pinochet genocida", que celebran tanto la
izquierda como la derecha "democráticas", sirvieron para tapar las verdaderas
causas del proceso imperial que posibilitó el advenimiento al poder del general
represor que nunca dio un solo paso sin consultar a Washington o el Comando Sur.
El mismo establishment de poder que juzgaba a Pinochet antes de su
muerte, fue cómplice de su dictadura y del golpe de Estado que derrocó al
gobierno de Allende, y que luego logró encaramarse en la estrategia de dominio
con urnas y democracia.
Tanto durante el gobierno de "apertura democrática" de Lagos (cuando EEUU
decidió jubilar y "juzgar" a Pinochet), como en la administración de Bachelet el sistema
económico productivo chileno fue controlado por la misma estructura de bancos y
trasnacionales asociados al poder local de los tiempos de Pinochet.
Cuando se pide
el "castigo y condena de Pinochet", en ningún momento se menciona en que contexto histórico y en que
proyecto internacional actuó Pinochet.
No se menciona a EEUU,
Nixon y Kissinger (lobby judío) , impulsores y sostenedores del
golpe contra Allende, como está largamente documentado.
Tampoco se pide
castigo y condena para los bancos y trasnacionales que impusieron
el modelo "neoliberal" con Pinochet y que hoy actúan
con el gobierno de la "progresista" Bachelet.
Pinochet, en la década del 70 le
sirvió a Washington para restablecer a sangre y fuego el "orden amenazado por
el comunismo", y en el 2000, procesado por "genocida y corrupto", sirvió
para demostrar que la "justicia" y la estrategia de dominio con democracia y
elecciones exportadas por el Departamento de Estado, funcionan.
En el medio, la derecha y la
izquierda asimilada al sistema hacen su "negocio electoral", más allá de
los discursos y las ideologías.
Viejo y decrépito, odiado y condenado socialmente por "genocida y corrupto", el
"Chacal del Pacífico" murió a los 91 años de edad, mientras el sistema de
dominio imperial-capitalista que lo perpetuó en el poder y luego lo defenestró,
sigue vivito y coleando en América Latina.
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