Por Alfredo Jalife Rahme -
La Jornada (*)
Fue justamente durante esta etapa aciaga que Stiglitz,
paradójicamente un icono intocable de los críticos de la globalización
totalmente desinformados, colaboró en la cúspide del poder que controla el
modelo globalizador como jefe del Consejo de Asesores Económicos de Clinton
(1995-1997) y vicepresidente senior del Banco Mundial (1997-2000).
Sus valiosas críticas pecan de ciclopía y parcialidad, y se
ejercen a posteriori de sus funciones ejecutivas cuando la
globalización había entrado ostensiblemente en crisis y adquiere notoriedad
mundial con su libro La globalización y sus descontentos, un año
después a la obtención de su Premio Nobel de Economía compartido, que cautivó a
un segmento importante de altermundistas muy cándidos, quienes no entendieron
que simboliza una corrección y ajuste del modelo, pero no su extinción deseada.
A nuestro juicio, Stiglitz representa el opio intelectual que los
globalizadores administran a los globalizados ingenuos y desinformados
para atenuar el dolor incoercible que provoca la gloabalización, mediante sus
críticas muy selectivas hacia los disfuncionales organismos multilaterales (FMI,
Banco Mundial y OMC) que controla Estados Unidos con la ayuda del G-7.
Stiglitz no ataca el fondo: la patología cancerígena de la
globalización como fenómeno antihumano. Su libro La globalización y sus
descontentos significa una meritoria crítica, pero se queda en la
superficie y en la tangencialidad, y acaba por crear una hoja de parra para
intentar tapar lo inocultable: las atrocidades "invisibles" de la globalización
financiera.
Amén de que nunca aborda en forma extraña a la "globalización
financiera" y su ominosa desregulación (el arma letal del modelo) con su
parafernalia de "cuentas invisibles" (off-balance sheet), "paraísos
fiscales" (off-shore) y megabancos, afronta más bien algunas
excrecencias de la globalización económica.
Las "reformas" que propone para mejorar a la irremediable
globalización son muy etéreas, por lo que en su reciente libro Hacer que
funcione la globalización desemboca en cul-de-sac, en una
verdadera aporía, sin aportar una solución para un modelo que gobierna en forma
desequilibrada a más de 6 mil millones de seres humanos. Nadie ha dicho que no
funciona, pero en beneficio exclusivo de una plutocracia oligopólica, en
detrimento de 80 por ciento de la humanidad que ha sido marginada de su maná
financiero ultraselectivo, lo cual ha desquiciado la armonía planetaria.
Critica el sistema al que perteneció, pero nunca reniega de él.
Supone que la globalización puede ser una "fuerza positiva" para los pobres,
siempre y cuando los organismos internacionales se regeneren (¡cómo no!):
"quienes vilipendian la globalización muy seguido pasan por alto sus
beneficios". ¿Cuales? Beneficios existen y a raudales para el G-7, extensivo al
G-10/11. ¿Y los demás?
La dislocación humana que ha producido la "deslocalización" ha sido
peor que el beneficio que ha conseguido la plutocracia oligopólica, gracias a la
instauración unilateral de un modelo que rememora el feudalismo.
Los organismos internacionales, establecidos en Bretton Woods por
los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, tampoco operan en el vacío y
reflejan el control del poder de los vencedores sobre los vencidos.
Pese a su crítica feroz de los organismos internacionales, asevera
que en los años recientes han promovido la "estabilidad (¡súper-sic!) financiera
mundial", la prosperidad y el librecomercio, lo cual pudo haber sido cierto
hasta 1971, cuando Nixon en forma unilateral desacopló el dólar del patrón-oro e
hizo entrar al mundo a la flotación de las divisas que provocó la inherente
inestabilidad financiera del sistema.
Como George Soros, su aliado político bajo la férula del ex
presidente Bill Clinton, fustiga el "fundamentalismo del mercado". Pero, ¿cómo
podría tener vigencia la globalización sin la dictadura del mercado que controla
el G-7? ¿No son, acaso, antinómicos "mercado" y "humanismo"?
A su
juicio, la globalización económica ha rebasado tanto las
estructuras políticas como la sensibilidad moral que se requieren para asegurar
un mundo justo y ambientalmente sustentable. ¿No es todo lo que ha destruido la
globalización depredadora del medio ambiente y devastadora de la armonía social?
¿Cómo puede existir un libre mercado sin regulación, cuando los recursos en el
planeta son finitos y la población sigue multiplicándose, mientras fomenta el
individualismo egoísta por encima de los mejores valores civilizatorios
humanistas de solidaridad y filantropía universales? El peor defecto de la
globalización es que no aporta civilización alguna.
Las muy plausibles medidas que propone, como la disminución de las
deudas nacionales, el retorno a empréstitos contra-cíclicos, la
implantación de leyes internacionales de quiebra y la restructuración del
inestable sistema financiero agobiado por las enormes deudas de Estados Unidos,
son tardías y han quedado rebasadas por la realidad de los desequilibrios
especulativos.
¿Qué hacer con la acumulación "virtual" de capitales y sus flujos
irrestrictos desregulados que maneja la banca israelí-anglosajona y
supuestamente controlan los bancos centrales del G-7 adictos al monetarismo?
Propone más globalización, pero con mejor regulación (no dice qué
tanto, ni expone cómo, ni por quién), para paliar sus excesos, y soslaya las
estructuras reales de poder que la impusieron para su exclusivo beneficio
unidireccional: la unipolaridad geoestratégica de Estados Unidos.
La globalización no ha funcionado y no vemos cómo las "reformas"
puedan crear una "globalización equitativa (¡súper-sic!)" cuando los mismos
organismos internacionales se encuentran en vías de extinción. Hoy China dispone
alrededor de cuatro veces más de reservas en divisas que el FMI y los países
preferirán mejores empréstitos sin las castrantes "condicionalidades".
Stiglitz sucumbe en flagrantes reduccionismos de corte economicista
sin abordar su paraguas geoestratégico, y es traicionado por sus afinidades
afectivas, por lo que se le escapa que la globalización es "inequitativa" por
antonomasia: es el espejo del unilateralismo y la "guerra preventiva" de la
"doctrina Bush", y antes de la "doctrina Clinton" su patrón, pero, sin duda,
mucho más inteligente para impulsar el pernicioso modelo antihumano con una
amplia sonrisa.
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(*) "Bajo la Lupa" -Columna del autor en La Jornada, México