En un
informativo televisado español se emitieron el viernes pasado
dos secuencias sucesivas. La primera se refería a un bombardeo
estadounidense en Iraq, que produjo una treintena de muertos
(entre ellos algunos combatientes de Al Qaeda, según fuentes de
las tropas atacantes), incluyendo mujeres y niños, con las
consabidas escenas de tragedia familiar: ruinas domésticas,
llanto, sangre y cadáveres.
Por
Alberto Piris (*) - La Estrella Digital, España
Acto seguido en la misma pantalla del televisor apareció un
beatífico coro formado por la feliz familia Bush junto con sus
allegados más inmediatos, cantando dulces canciones navideñas
para festejar el encendido del árbol de Navidad en la Casa
Blanca, con la participación musical de la banda del Ejército de
EEUU en uniforme de gala. Sonrisas, besos, parabienes, espíritu
de paz y concordia.
El contraste no podía resultar más repugnante. Los dos
acontecimientos tuvieron lugar casi a la vez. Ambos tenían su
origen en la misma Casa Blanca que, por un lado, muestra un
semblante de felicidad navideña y, por otro, la ya prolongada
violencia que gestiona implacablemente. El mismo rostro
inexpresivo y oficial del presidente de EEUU avalaba ambos
sucesos. Radiante felicidad pública en casa; sangrienta
violencia oficial en el desdichado Iraq.
Pero las cosas se están torciendo en esa Casa Blanca donde Bush
ve, entre irritado y obcecado, cómo sus planes para Iraq —y para
todo Oriente Medio— se van al traste ante la creciente oposición
que sus monumentales errores y no menos abultadas mentiras han
hecho crecer en EEUU. Igual que los errores y mentiras de Aznar
y su camarilla les enviaron a la oposición en 2004, al perder la
confianza mayoritaria de los españoles.
Ni el mismo Bush se cree ya su repetida frase: “Continuaremos
allí [en Iraq] hasta terminar nuestro trabajo”, porque sabe que
la presión opositora va a crecer hasta hacerse insoportable si
las cosas siguen igual. El giro que tomarán los acontecimientos
no es del todo imprevisible. La hipótesis más probable es que,
del mismo modo que el gobierno de EEUU recurrió a la mentira
para forzar la invasión y ocupación de Iraq, con el resultado
por todos conocido, también ahora hará todo lo posible por
engañar a la opinión pública —y a los gobernantes aliados,
empezando por el crédulo primer ministro británico— vistiendo
con mentiras y engaños una retirada militar que se anuncia
irremediable.
De la última reunión entre Bush y su más fiel vasallo europeo,
Blair, cabe deducir que ambos intentarán responsabilizar del
fracaso iraquí a todo el mundo menos a sí mismos. Lo mismo que
hizo el ex presidente español respecto a su fracaso electoral
del 14-M. Ninguno de ellos parece capaz de aprender lecciones de
una derrota, que es la circunstancia más favorable para hacerlo:
las victorias enseñan poco y ni siquiera obligan a reflexionar
sobre lo ocurrido.
Anticipemos cómo nos explicarán el abandono (parcial: las bases
militares de EEUU permanecerán allí mientras sea posible) de
Iraq. En primer lugar, se responsabilizará al pueblo iraquí. El
nuevo jefe de la mayoría demócrata en la Cámara de
Representantes del Congreso de EEUU ya ha apuntado en esa
dirección: “Los iraquíes habrán de tomar decisiones difíciles y
aceptar la responsabilidad de su futuro”. ¡Formidable argumento!
Destruya usted primero su ejército, liquide la administración
civil, hunda al país en el caos, abra las puertas al terrorismo,
fuerce la emigración de la población que —por su mayor nivel
cultural y económico— puede todavía irse y, a continuación,
exija a ese mismo pueblo que tome en sus manos las riendas del
futuro. Riendas que usted mismo se ha preocupado de romper e
inutilizar. ¿Cabe mayor hipocresía?
Puede intuirse también que se escuchará en los círculos
dirigentes de Washington y Londres un dolido reproche hacia ese
pueblo ingrato que no apreció los esfuerzos liberadores y
desinteresados de la coalición ocupante. Con esto se cerrará el
círculo de la falacia: el culpable de lo que suceda después será
el mismo pueblo víctima de lo que está sucediendo ahora. ¿Cabe
mayor dislate?
No es descartable, por último, que se nos insista en que la
ocupación ayuda todavía a la recuperación y, por tanto, se está
favoreciendo al pueblo iraquí manteniendo allí los ejércitos. Se
dice: solo nos iremos, bien a nuestro pesar, cuando los
dirigentes iraquíes nos lo pidan. Pero muchos dirigentes
iraquíes independientes —no los del actual gobierno marioneta—
han sido claros al respecto: “La raíz de nuestros problemas está
en los errores cometidos por los americanos desde que nos
invadieron”, opinión que comparten chiíes y suníes.
Lo peor de la sarta de mentiras que está al caer será que, al no
haber aprendido nada del fracaso, se esté predispuesto a
repetirlo en otro lugar: por ejemplo, Irán. Bush admira a los
que llama “líderes fuertes” (así calificó a Aznar), entre los
que él se considera, sin advertir que suelen ser líderes
testarudos y obcecados. Los griegos de la Antigüedad ya lo
sabían: “Los dioses ciegan a quienes quieren perder”.
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(*) General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)