La Unión Europea no puede reemplazar a Estados Unidos en el liderazgo
global. Pero, aun con sus déficit, es el mejor ejemplo de sociedad capaz
de procesar diferencias e incertidumbres y convivir en paz
Por George Soros (*) -
Clarín / La Vanguardia
Europa está en busca de su identidad. Creo que es fácil de
encontrar: la Unión Europea encarna el principio de una sociedad
abierta, que podría servir como fuerza para una sociedad
abierta global. Permítanme explicar a qué me refiero.
El primero en utilizar el concepto de una sociedad abierta fue el filósofo
francés Henri Bergson en su libro Las dos fuentes de la moral y la
religión. Una fuente, según Bergson, es tribal y conduce a una
sociedad cerrada cuyos miembros sienten afinidad entre sí, pero
temor u hostilidad hacia los demás. La otra fuente es universal y
lleva a una sociedad abierta guiada por los derechos humanos
universales que protegen y promueven la libertad del individuo.
Karl Popper modificó este esquema en su libro seminal La sociedad
abierta y sus enemigos, publicado en 1944. Popper señalaba que
las ideologías abstractas y universales como el comunismo y el fascismo
pueden poner en peligro a una sociedad abierta. Como la pretensión de
estas ideologías de poseer la verdad absoluta está destinada a ser falsa,
sólo pueden ser impuestas mediante la represión y la compulsión. En
cambio, una sociedad abierta acepta la incertidumbre y
establece leyes e instituciones que le permiten a la gente con opiniones e
intereses divergentes convivir en paz.
La UE encarna los principios de una sociedad abierta hasta un punto
notable. Si bien sus principios guía no quedaron plasmados en una
Constitución, hasta esto puede ser apropiado en el caso de una
sociedad abierta porque, como sostenía Popper, nuestra
comprensión imperfecta no permite definiciones permanentes y eternamente
válidas de los acuerdos sociales.
La UE nació mediante un proceso de ingeniería social gradual —el método
que Popper consideraba apropiado para una sociedad abierta—, dirigido por
una elite perspicaz y con fines determinados que reconocía que la
perfección es inalcanzable. Procedió paso a paso, estableciendo objetivos
limitados con cronogramas limitados y sabiendo que cada paso resultaría
inadecuado y exigiría un paso más.
El enfoque del paso a paso se frenó con la derrota de la Constitución
europea. La UE ha quedado en una posición insostenible,
con una membresía ampliada de 27 estados y una estructura reguladora
diseñada para seis.
El desorden dentro de la UE es parte de una agitación global más
amplia. EE.UU. solía ser la potencia dominante y marcaba la
agenda para el mundo. Pero la guerra contra el terrorismo de Bush socavó
los principios básicos de la democracia norteamericana. Socavó el
proceso crítico que está en el corazón de una sociedad abierta al
considerar antipatriota cualquier crítica. La guerra contra el
terrorismo fue contraproducente. Aumentó la amenaza terrorista al crear
víctimas inocentes y derivó en una caída precipitada del poder y la
influencia norteamericanos.
La UE no puede ocupar el lugar de EE.UU. como líder del mundo.
Pero sí puede marcar el ejemplo, tanto dentro de sus fronteras como más
allá. La perspectiva de ser miembro de la UE ha sido la herramienta más
poderosa para convertir a los países candidatos en sociedades
abiertas. Si bien la mayoría de sus ciudadanos no lo perciben
así, la UE funciona como un ejemplo inspirador. Y esto significa que
la UE precisa una política exterior común. Esta es la
única parte de la Constitución europea que debe rescatarse con premura.
Mientras tanto, no debería permitirse que la falta de una reforma
institucional sirva como excusa para la inacción.
La UE ya cuenta con amplios recursos como para tener impacto en la escena
mundial: la mitad de la asistencia mundial para el desarrollo en el
exterior; el mayor mercado único en el mundo; 45.000 diplomáticos; la
utilización del comercio y la ayuda como catalizadores para alentar a los
estados vecinos a convertirse en sociedades abiertas.
Cuando Europa haya adoptado una política común habrá logrado persuadir a
otros, entre ellos EE.UU., de cambiar sus posturas. Pero
con demasiada frecuencia la UE no está a la altura de su potencial. Por
ejemplo, Europa hizo pocos progresos a la hora de formular una política
energética común. Como resultado, cada vez depende más de Rusia.
Más, el trato que la UE da a Turquía está empujando a un aliado
importante en la dirección equivocada. También se están gestando
problemas en algunos de los países miembro recientemente admitidos, como
Hungría y Polonia, donde la UE podría ejercer un papel más activo para
promover la estabilidad política.
De más está decir que una política exterior común no debería ser
antinorteamericana. Una postura de este tipo sería
contraproducente, porque reforzaría la división de la comunidad
internacional que inició la Administración Bush. Pero la UE puede marcar
un ejemplo de cooperación internacional que EE.UU., bajo un liderazgo
diferente, terminaría emulando.
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Copyright
Clarín y
La Vanguardia, 2006.
(*)Empresario, presidente de Soros Fund Management y del Instituto para las Sociedades Abiertas