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Soldados chinos custodian la
Embajada de Corea del Norte en Pekín. (Foto: AP) |
En las negociaciones que se están manteniendo con el país que amenaza
con su poderío nuclear, no puede obviarse la posibilidad de sanciones.
Se impone evitar que el mundo esté al borde de la catástrofe.
Por
Henry Kissinger. (*) -Clarín /
Tribune Media Services
Dos negociaciones que llevan a cabo a miles de kilómetros de
distancia grupos que en buena medida se superponen pueden determinar el
futuro del orden mundial.
En Beijing, los Estados Unidos, China, Rusia, Japón y las dos Coreas
dialogan sobre el programa nuclear de Corea del Norte.
En Viena, el llamado E-3 (Alemania, Francia y Gran Bretaña) mantiene
ocasionales reuniones con un negociador iraní respecto del programa
nuclear de Irán. La diplomacia coreana puede estar en camino de una
solución. Las conversaciones iraníes se encuentran estancadas.
Los dos programas nucleares no son idénticos. Corea del Norte confirma su
intención de contar con un programa de armas nucleares y ya efectuó
una prueba.
Irán insiste en que su programa nuclear tiene fines pacíficos y no
proclama estar en condiciones de producir armas nucleares.
Sin embargo, el tema fundamental de ambas negociaciones es el mismo. Si
los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad junto con Alemania
y Japón no pueden inducir a Corea del Norte e Irán a aceptar sus
recomendaciones, la proliferación no tendrá límites y el mundo vivirá
de forma precaria al borde de la catástrofe.
Las negociaciones reavivaron el largo debate sobre si la diplomacia opera
según sus propias reglas internas o si lo que la impulsa debe derivar de
un equilibrio de presiones e incentivos. Mohamed ElBaradei, el director de
la AIEA (la Agencia Internacional de Energía Atómica), manifestó sus
dudas en relación con la utilidad de las sanciones contra Corea del Norte
y destacó que se inclinaba por la diplomacia.
De igual manera, el ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov,
se negó a respaldar la propuesta europea de sancionar a Irán —a pesar de
que antes había estado de acuerdo en principio— con el argumento de que
la presión afectaría las posibilidades diplomáticas.
Sin embargo, la presión —el intento de inducir una decisión que la otra
parte no había elegido en un primer momento— es un componente necesario
de casi cualquier negociación. La diplomacia no es un seminario
académico, sino que su objetivo es adaptar los intereses nacionales reales
de manera tal que se contribuya a los intereses de las partes y al orden
internacional. Si las sanciones no pueden disuadir a Corea del Norte —sin
duda el régimen más insensible del mundo— y a Irán, ¿qué puede hacerlo?
¿De qué otra forma los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más
Japón y Alemania pueden imponerse, excepto dejando muy claro cuáles
pueden ser las consecuencias de la intransigencia, si tanto Corea del
Norte como Irán optan por el obstruccionismo? La máxima de Teddy Roosevelt
—hablar con suavidad pero tener un gran garrote— expresaba esta
realidad.
El debate se vio distorsionado por la polémica sobre el cambio de régimen.
Los Estados Unidos ingresaron a ambas negociaciones con una actitud de
reserva: participaban apoyando la posición de otras partes que actuaban
como sus representantes, pero no mantenían conversaciones oficiales con
países del "eje del mal", a los que trataban de aislar en el plano
diplomático.
Dado que el objetivo de una negociación es un acuerdo entre las partes,
la diplomacia no puede funcionar si una parte trata de socavar a la otra.
Es por eso que, en esencia, el gobierno de Bush cambió de prioridades.
Actuó de una manera práctica que, en efecto, separa la proliferación
nuclear de los objetivos a largo plazo de cambio de régimen.
El tema ya no es si los Estados Unidos están dispuestos a negociar con
Corea del Norte e Irán, sino en qué contexto y con qué propósitos.
La tarea clave es pasar de las sanciones a una conclusión de las
negociaciones, y hacerlo a un ritmo determinado.
El desafío es triple: primero, mantener las sanciones que
contribuyeron a un avance y no repetir el error de las guerras de Corea
y Vietnam de suspender la presión como vía para ingresar a las
negociaciones; segundo, evitar que los agravios de Corea del Norte se
conviertan en el tema principal de la primera ronda de negociaciones;
tercero, concentrarse en lo esencial sin distraerse en temas
laterales, ya sea en el plano interno o en las negociaciones.
La prioridad debería ser completar los detalles para poder establecer el
plazo y las características de las medidas contempladas en la declaración
de principios de septiembre de 2005 para ambas partes.
En la práctica, eso significa elaborar un programa para que Corea del
Norte abandone su programa nuclear, así como un programa de
asistencia económica para Corea del Norte acompañado de las necesarias
garantías. Si Corea del Norte dilata las cosas, los otros países deben
hacerlas avanzar mediante la elaboración de una propuesta. Luego podría
presentarse la misma a Pyongyang a través de un vocero del grupo o en una
sesión plenaria.
Cualquiera sea la vía que se elija, es necesario dar una
conclusión al problema nuclear norcoreano. La negociación debe
considerarse en el contexto de que desnuclearizar Corea del
Norte sería un paso histórico que podría inaugurar una nueva era
de cooperación en el Pacífico.
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(*) Henry Kissinger. Ex secretario de estado de los Estados Unidos
Copyright Clarín y Tribune Media Services, 2006.
Traducción de Joaquín Ibarburu.