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Ex
general de brigada Janis Karpinski |
El hecho de escribir memorias o libros retrospectivos, o de difundir por
cualquier otro medio opiniones sobre sucesos del pasado, acarrea siempre cierto
efecto bumerán, sobre todo cuando los autores han ejercido serias
responsabilidades; más todavía, si como consecuencia de éstas han ocupado en su
momento, suscitando polémica, el escenario más visible de la actualidad.
Por Alberto Piris (*) -
Estrella Digital, España
Por
efecto bumerán hay que entender, en este caso, las repercusiones
negativas de esas opiniones publicadas, no en detrimento de
quien las escribe, sino en perjuicio de quienes estuvieron
relacionados con el autor, sea como jefes o superiores directos
o como subordinados más inmediatos.
Este es el caso concreto de la ex
general de brigada Janis Karpinski, degradada a coronel en 2005 como
consecuencia de la investigación abierta en torno al tristemente famoso penal de
Abu Ghraib, y autora de un libro titulado One Woman’s Army: The Commanding
General of Abu Ghraib Tells Her Store (que en su versión al castellano podría
traducirse como: “El ejército de una mujer: la general jefe de Abu Ghraib cuenta
su historia”).
El pasado 26 de octubre, la ex general fue entrevistada por la cadena
estadounidense independiente de radio y TV Democracy Now! (¡Democracia, ahora!)
en Berlín, donde acudió para testificar en un proceso allí abierto por posibles
crímenes de guerra en Iraq contra varios mandos militares de EEUU, incluido el
ex Secretario de Defensa Donald Rumsfeld.
En el curso de la larga entrevista, tras narrar la evolución del presidio a
medida que aumentaba el número de los cautivos allí encerrados, ella se exculpó
parcialmente de las ignominias perpetradas, atribuyéndolas a los servicios de
Inteligencia Militar —encargados de los interrogatorios— y no a la Policía
Militar —responsable de la custodia de la prisión—, cuerpo cuyo mando ella
ejercía en Iraq. Cuenta cómo descubrió que los interrogatorios estaban a cargo
de una empresa subcontratada, al ver en las abominables fotografías mundialmente
difundidas a unos individuos que ella tomó por traductores: —¿Por qué salen los
traductores en esas fotos?— preguntó. —Señora, no son traductores, son los
interrogadores contratados— fue la respuesta.
En la prisión cuya custodia estaba a cargo de Karpinski como máxima autoridad,
tenían lugar degradantes e ilegales interrogatorios que ella ignoraba.
Sospechando que a sus espaldas se cocía algo muy grave, al requerir información
para aclarar la situación, encontró sujeta a una columna de la oficina una hoja
de papel con una lista de media docena de técnicas de interrogatorio a utilizar:
“posiciones de estrés, disciplina por el ruido y la luz, uso de música,
perturbación del sueño, cosas de esas...”, según declaró Karpinski.
Comprobó que el documento estaba firmado por el Secretario de Defensa, Donald
Rumsfeld, con una nota manuscrita al margen: “Asegurarse de que suceda así”.
Oigámosla: “Me acuerdo muy bien, porque mi mirada fue allí directamente, escrita
de modo que quedaba muy claro. Parecía con estilo muy militar. Pero era la misma
letra manuscrita, parecía la misma tinta, porque se trataba de una fotocopia del
memorando, que la de la firma, que era la de Donald Rumsfeld”. Al preguntar al
suboficial responsable por qué estaba allí la hoja fotocopiada, éste respondió:
“No lo sé señora. Nos dijeron que había que ponerlo allí”.
El ciego automatismo militar ha permitido ahora, gracias a fenómenos como el del
“banco pintado”1, descubrir pruebas de acusación que pueden poner en peligro a
quien fue el todopoderoso jefe del Pentágono. Una fotocopia sujeta a una pared,
y Rumsfeld puede verse acusado ante un tribunal alemán por crímenes de guerra.
En la prolongada entrevista concedida a Democracy Now! Karpinski (el único mando
militar con grado de general, sancionado por el escándalo) acusó personalmente a
otros responsables, como el Fiscal General, Alberto González, asesor directo del
Presidente Bush; a los generales Miller, jefe de Guantánamo, y Sánchez, jefe
militar en Iraq; y a otros cargos militares responsables de establecer las
técnicas de los interrogatorios.
Al concluir la entrevista, aceptó su responsabilidad, por poner un ejemplo
concreto, en el caso de la soldado England, la que fue fotografiada sujetando
con una correa de perro a un desnudo prisionero iraquí: “porque ella estaba bajo
mi mando”. Pero “England no inventó esas técnicas, ni en su equipo militar
reglamentario había una correa o un collar para perros”. Los que por encima de
Karpinski autorizaron y sugirieron la tortura son responsables de tales
decisiones y deberán pagar por ello, aseveró. Eludió dar su opinión sobre la
posible responsabilidad de Bush.
En una posterior y breve entrevista publicada en El País (25-nov-06), la ex
general no se anduvo con rodeos: “Acusar a alguien que no tiene la culpa... eso
para mí es señal de cobardía, y eso es lo que creo que son Sánchez, Rumsfeld y
todos los demás: unos cobardes. Yo voy a seguir contando lo que sé porque todo
el mundo [...] debe enterarse de lo que pasó para que no vuelva a ocurrir”. El
bumerán Karpinski está ahora girando velozmente en el aire, amenaza a miembros
de la jerarquía política y militar del Pentágono, y muchas cabezas se agachan
para no ser golpeadas por él.
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(*) General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)
1. Se ordenó a un centinela impedir que
nadie se sentase en un banco, recién pintado, del patio del cuartel. Nadie
revocó la consigna, y años después seguía estando prohibido usar dicho banco,
sin que nadie supiera la razón. Vaya esta explicación en atención a los jóvenes
que, no haciendo ya la “mili”, puedan ignorar la anécdota.