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Indígenas de Guatemala
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Quizá el dilema central de los movimientos emancipadores haya sido el de cómo
evitar la simple inversión del orden social y político que intentan eliminar,
tratando, por el contrario, de lograr su superación cualitativa para incorporar
a los vencidos al nuevo proyecto.
Por
Mario Roberto Morales -
A fuego Lento
En otras palabras, cómo liberar no sólo a los
oprimidos sino también a los opresores. Es obvio que invertir o darle vuelta a
la misma moneda despoja a los movimientos emancipadores de su carácter
emancipador y los vuelve un elemento de continuidad del autoritarismo, el
elitismo, la intolerancia, la explotación y la opresión. Es decir, un poco más
de lo mismo. Los resultados de la propuesta de voltear la moneda o, para ponerlo
en términos vernáculos, la tortilla, pueden imaginarse a partir de situaciones
como las descritas en escenificaciones como "La epopeya de las Indias españolas"
o en canciones como "Si el norte fuera el sur". En ambos casos los resultados
son absurdos, porque no se trataría de que los indígenas oprimieran a los
españoles ni de que Menchú fuera Cindy Crawford, sino de que se evitara la
opresión y se cuestionara por lo menos (no a Cindy Crawford como persona sino)
al personaje que ella representa: un paradigma de mujer construido para el
consumo masivo de los valores de la industria cultural, sintetizados en el
glamour que no existe sino en las portadas de Cosmopolitan. Esto, sin
embargo, sería mucho pedirle al teatro de entretención y a Televisa. Pero no es
mucho pedirle a los movimientos emancipadores, como los etnonacionalismos, los
feminismos y otros "ismos" posrevolucionarios. Al contrario, ésta es una
exigencia que las ciudadanías del mundo tendrían que hacerles a estos
movimientos.
El problema surge cuando los etnonacionalismos, feminismos, neoliberalismos y
demás "ismos" se tornan esencialistas y fundamentalistas. Es decir, cuando se
proclaman como portadores de verdades esenciales, inamovibles e indiscutibles, y
cuando postulan sujetos esenciales, fundamentales y superiores a los sujetos con
los cuales conviven, proponiendo superarlos pero, en realidad, buscando darle
vuelta a la tortilla nada más. Así, los etnonacionalismos fundamentalistas se
autoconstituyen en liberadores del yugo del racismo y el etnocentrismo, pero
ellos mismos buscan ocupar el lugar del opresor contra el que luchan para poder
oprimirlo. Igualmente, los feminismos antimasculinos buscan voltear la tortilla
del machismo y convertir a ciertas mujeres en los sujetos que hagan a los
hombres todo lo que éstos les hacen a las mujeres. Así las cosas, los
movimientos pretendidamente emancipadores, al esencializarse postulando por
ejemplo a Los "Mayas" o a La Mujer (con mayúsculas) como sujetos
superiores, dejan de ser emancipadores para pasar a ser otra versión del viejo
autoritarismo.
El esencialismo y el fundamentalismo, en general, implican métodos violentos
para imponer sus verdades pretendidamente esenciales y reveladas al resto de la
humanidad que, según estas ideologías, no entiende ni sabe lo que le conviene y,
por ello, hay que imponerle su liberación por la fuerza. Así se explican las
guerras étnicas, como la que algunos agitadores amenazan con desencadenar en
vista de que el 20% de un electorado escuálido votó "No" a las reformas
constitucionales emanadas de los acuerdos de paz entre Gobierno, Ejército,
guerrilla y cooperación internacional, en una Banana Republic convertida
recientemente en democracia de maquiladoras, la cual ostenta el raro cuanto
irónico apelativo de Guatemala.
Y bien, ¿cómo se gesta una guerra étnica en estas circunstancias tropicales?
II
He dicho en otros artículos que las posiciones fundamentalistas de la
ideología mayista han ido reduciéndose a núcleos más pequeños que los que
inicialmente se vieron encendidos en el patrio ardimiento de ideas como las
siguientes: a) que los "mayas" son descendientes directos de los Atlantes, seres
superiores que desaparecieron con el hundimiento de la Atlántida; b) que su
destino manifiesto es recobrar el dominio de esta parte del territorio
americano; c) que su origen los hace superiores a otros grupos humanos de más
reciente formación, como los ladinos, a quienes consideran intrusos en el
territorio y en la historia y frente a los cuales el sujeto esencialista y
fundamentalista "maya" se construye como contrapartida binaria, para lo cual se
inculpa al ladino de todas las desgracias de los "mayas" y, por tanto, se lo
postula como el enemigo estratégico a ser eliminado. Las comillas o cursivas en
el término "maya" obedecen a que se trata de un nombre autoasignado por los
impulsores de la ideología mayista, la cual, partiendo de la política basada en
la identidad (Identity Politics), que enarbolan las minorías étnicas en
Estados Unidos, instituye su sujeto antiladino como paradigma del victimismo y,
por ello, como el sujeto escogido para una liberación que se encuentra escrita
en las profecías de ciertos libros precolombinos, a los que se les otorga
estatuto de verdad revelada.
Este es el núcleo ideológico del esencialismo y el fundamentalismo mayistas a
los cuales me he opuesto sistemáticamente. Estos no se equiparan con las justas
luchas que los indígenas libran por sus derechos culturales, sociales,
económicos, y por obtener un estatuto de igualitariedad en la sociedad
guatemalteca. No todos los grupos indígenas que luchan por sus derechos lo hacen
enarbolando el mayismo esencialista, aunque echen mano del construccionismo
identitario. Mi crítica se centra en aquél, y no es una crítica a todos los
indígenas ni mucho menos una negación de su derecho a ser ciudadanos plenos en
el país en que viven. Ocurre, sin embargo, que el fundamentalismo necesita
caracterizar al "otro" como maligno para así constituirse él como bueno, y el
sambenito de "racista" ("infiel") es lo primero que esgrime cuando alguien osa
poner en entredicho su dogmatismo, su fundamentalismo, su fanatismo, su
autoritarismo y su concomitante guerrerismo.
Es así que el fundamentalismo mayista quiere darle la vuelta a la tortilla y
hacer con los ladinos todo lo que dicen que los ladinos hacen con ellos. No es,
por tanto, un movimiento emancipador. Es, obviamente, una ideología racista y
retrógada que poco tiene que ver con las reivindicaciones reales de los
indígenas y en mucho menos ayuda a que éstos de veras las obtengan por el medio
más plausible para lograrlo: la negociación política. El sueño delirante de la
guerra interétnica, que fantasea con instaurar un "Estado maya" y con oprimir y
eliminar a los ladinos, planea dividir el territorio y fundar estados étnicos
confederados. Las posiciones más "suaves" proponen permitir la sobrevivencia de
un "Estado ladino" en relaciones de confederación con el resto de "Estados
mayas". Nuestro minúsculo país pasaría así a ser un Estado Multinacional que
quizá se llamara Unión de Repúblicas Democráticas Mayas, con un Estado Libre
Asociado (el "Estado ladino") como apéndice. Ni más ni menos la misma situación
de "La epopeya de las Indias españolas" y de "Si el norte fuera el sur": el
absurdo Pero, ¿por qué es que a pesar de ser una ideología minoritaria en el
concierto de los movimientos indígenas, todavía persiste este delirio
fundamentalista?
III
Sin duda, el sueño de la "guerra maya" es un sueño de élites. Puñados de
intelectuales encandilados con el estudio de situaciones coloniales y
poscoloniales en los países africanos recién independizados, y que transpolan
sus conocimientos mecánicamente a la situación guatemalteca. Algunos vienen de
la lucha armada y soñaron con llegar al poder por medio de los comandantes de la
URNG para después traicionarlos e instaurar su "Estado maya". El sueño tuvo,
como se sabe, que posponerse, y ahora luchan con los acuerdos de paz en la mano
y con la idea de la guerra interétnica en el alma. Son una minoría, pero son. Y
no crea usted, lector estupefacto, que en estas élites sólo hay indígenas. No.
También hay ladinos que abjuran de su condición étnica y que, expiatoria cuanto
suicidamente, adhieren al sueño de la "mayanización" total.
Este sueño delirante no es exclusivo de Guatemala. Campea en todos los
movimientos indígenas de América Latina, como ocurre en Sudamérica, en donde
algunos grupos buscan restituir la unidad política del Tahuantinsuyo, borrando
las actuales fronteras. Algo parecido ocurre con la restitución del Mayab. Al
carajo México, Guatemala, Honduras y El Salvador. Estos países recientes no son
sino intrusos en territorio "maya", sí señor.
He dicho varias veces que personalmente no creo que haya posibilidades de una
guerra interétnica en Guatemala, pero eso no quiere decir que no haya individuos
y grupos que la estén azuzando. Además, éste ha sido siempre el petate de muerto
con el que el fundamentalismo mayista más recalcitrante ha buscado asustar a los
ladinos, aún cuando su discurso niegue esos sueños y se victimice ante sus
benefactores extranjeros. La "angustia ladina" que muchos mayistas indígenas y
ladinos señalan en quienes hacemos estos análisis tiene, pues, cierta base real.
Sólo que más que angustia es acción ladina, a la cual tenemos derecho quienes
asumimos nuestra identidad étnica sin falsas vergüenzas ni manipulados
sentimientos de culpa.
Pero volviendo al punto, sigo creyendo que no es posible una guerra étnica
porque: ¿quién la financiaría? ¿de donde saldrían las armas? ¿qué países la
apoyarían? Como se sabe, los etnonacionalismos y demás "ismos" posmodernos son
financiados por la cooperación internacional, que tiene una agenda interna (la
de cada país donante) que satisfacer. Quienes actúan como intermediarios entre
donantes y recipiendarios no tienen mucha idea de lo que están haciendo. Y los
recipiendarios necesitan la plata de la cooperación internacional. En este
despelote confuso es que se ubica la discusión y el debate interétnico en
Guatemala, y como parte de él es necesario aislar teóricamente las posiciones
fundamentalistas, que esgrimen como verdad lo que son meras tácticas (válidas,
por cierto) para abrirse un espacio de lucha. También se hace necesario incluir
a la cooperación internacional en el análisis y en el debate. En tal panorama,
la guerra no parece ser una posibilidad a menos que la cooperación internacional
la financie. En todo caso, la posición adecuada no es estar en contra de toda la
cooperación internacional ni de todos los indígenas, sino en contra de la
cooperación internacional que financia los fundamentalismos populistas y
etnicistas, y en contra de los indígenas y ladinos que impulsan estos
movimientos. Y bien, ¿si no es posible una guerra interétnica, que pasará con el
fundamentalismo mayista?
IV
He dicho también en otros artículos que la turistización de las culturas
populares de países como Guatemala es una de las opciones inmediatas frente a la
globalización. Esto lo estamos viendo desde hace varios años en todo el
altiplano guatemalteco. Ceremonias, rituales, costumbres y demás se ponen en
escena para el turista, haciéndoles convenientes agregados para darles mayor
dramatismo y efecto de realidad. Las cosmovisiones empiezan a pasar al mismo
plano, y se mercantilizan en forma de libros, calendarios y otros objetos
"occidentales". El dilema es: ¿serán los indígenas los dueños de su industria
turística, o serán nuevamente instrumentalizados para que otros empresarios se
lleven el margen de lucro correspondiente? Otro dilema, más teórico si se
quiere, es: ¿cuánto de verdad y cuánto de ficción hay en todo este constructo
cultural, espiritual, cosmogónico y cosmológico "maya"? Y más aún: ¿importa
realmente el deslinde entre verdad y ficción, sobre todo después del aporte de
David Stoll a la discusión acerca de que no hay nada de extraño ni de malo en el
hecho de que la memoria se modifique según conveniencias y objetivos políticos y
de otras índoles?
Responder a estas preguntas debería ser el resultado del debate interétnico,
y no el insulto personal, la descalificación y la ya desgastada acusación de
"racista" a quien no acata como autómata los decires de los sacerdotes del
mayismo. Mucho menos amenazar abiertamente con la guerra interétnica. Porque,
veladamente, ésa ha sido la amenaza detrás de la retórica del mayismo
fundamentalista, y la causa de la "angustia ladina" que muchos critican no veo
por qué, ya que si a alguien lo amenazan es normal que se ponga a la defensiva.
Finalmente, la hegemonía ladina, pienso, debe ser disminuida en la medida en
que la negociación interétnica y el proceso de democratización se realicen
mediante procedimientos más transparentes que los pactos entre las cúpulas de la
guerra-paz. Mientras el mayismo se guarezca bajo esa sombrilla, participará de
la falta de credibilidad de todo ese proceso, expresada en el abstencionismo de
la reciente consulta popular, la cual quiere ser abolida en sus resultados por
sus impulsores: el Gobierno, la URNG, la cooperación internacional y el mayismo,
evidenciando así el autoritarismo que se esconde detrás de la máscara
democrática en los socios de la empresa Pazguerra, Inc. La hegemonía debe
disputarse por medios pacíficos: a ese proceso de lucha por la hegemonía es a lo
que llamo negociación interétnica, y no a pactarlo todo en una mesa de hotel de
cinco estrellas.
Y bien, ¿debemos despreocuparnos de la posibilidad de la guerra interétnica
sin olvidarnos de los alucinados que la impulsan según ellos en secreto? ¿Se
turistizará todo este fervor mayista al final, y en eso acabará el
financiamiento internacional a los esencialismos etnicistas? ¿Se democratizará
étnicamente el país? ¿O debemos preocuparnos y ocuparnos de la posibilidad de
una guerra interétnica? ¿Hay quién la financie? ¿Hay armas a la disposición de
las potenciales tropas "mayas" que tomarían poblados y ciudades para fusilar en
masa a los odiosos ladinos? Todas estas preguntas deberían responderse también
en el curso del debate interétnico. Yo pienso que el mestizaje y la articulación
de las diferencias es tal en Guatemala que la diferencia entre indios y ladinos
depende ya sólo de la autoidentificación, y ésta depende de múltiples
condicionantes dignos de ser estudiados en el marco de las muchas formas de ser
un sujeto interétnico en Guatemala.
El sujeto interétnico, y no el sujeto ladino o el "maya", debería ser el
objeto de estudio de quienes se interesan en la democratización interétnica.
Esta dirección metodológica es una óptima manera de neutralizar los delirios de
la "guerra maya" en las calenturientas mentes de quienes abogan por darle la
vuelta a la tortilla tiesa del racismo, con la que anhelan puyar mortalmente a
los ladinos.
28 y 31 de mayo; 4 y 7 de junio de 1999.