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Barbara Bush,
visitó de incógnita a Buenos Aires. |
El pálido y prematuramente canoso Mark Sullivan
empalideció un poco más el domingo 19 de noviembre. Él es, desde
mayo de este año, el jefe número 22 del Servicio Secreto de
Estados Unidos.
Por
Roberto Bardini -
Bambú Press
Nacido en Arlington (Massachusetts), Sullivan ingresó a la
corporación en 1983 y hace apenas seis meses que está en la
cúspide del edificio ubicado en el número 245 de Murray Drive,
en Washington DC.
Sobre su escritorio tiene una fotografía enmarcada de su esposa
Laurie Bell y sus tres hijos. Aquel domingo en cuestión, al
recibir
un informe clasificado de la embajada de Estados Unidos en
Argentina, seguramente pensó que tendría que guardar el retrato
junto con unos cuantos papeles personales, vaciar cajones,
empacar todo en cajas e irse a su casa con una jubilación
repentina.
El Servicio Secreto de Estados Unidos se creó el 5 de julio de
1865, durante la presidencia de Andrew Johnson, el sucesor de
Abraham Lincoln, como una dependencia de la Secretaría de
Hacienda. Inicialmente, sus agentes tenían la misión de combatir
a contrabandistas, fabricantes de licor, ladrones del correo y
encapuchados del Ku Kux Klan.
En 1902, después de la muerte del presidente William MacKinley a
manos del anarquista polaco Leon Czolgosz, se le asignó a esta
agencia la custodia de tiempo completo de los mandatarios
norteamericanos.
A partir de 1951, luego de que en noviembre del año anterior un
nacionalista portorriqueño atentara contra el presidente Harry
Truman, el Servicio Secreto también asumió la vigilancia de las
esposas e hijos de quienes ocupaban la Casa Blanca.
Se suponía que exactamente eso era lo que debían hacer los ocho
agentes secretos estadounidenses que custodiaban a Barbara Bush,
la hija de 24 años del presidente del país más poderoso del
mundo, mientras comía en un restaurant del viejo barrio de San
Telmo durante su visita de incógnita a Buenos Aires.
Pero las fornidas versiones reales de Kevin Costner en The
bodyguard ni siquiera se percataron que una hábil pareja de
ladrones porteños le había birlado a Barbara la cartera en la
que guardaba la billetera, tarjetas de crédito y un teléfono
celular. Como en una estilizada coreografía de tango, un hombre
alejó con su pie la cartera y unos segundos después una mujer se
agachó, la recogió y se alejó tranquilamente del lugar.
Por supuesto que San Telmo –llamado así en memoria de Pedro
González Telmo, un beato español del siglo XII y patrono de los
navegantes– no es tan peligroso como las calles de Bagdad o de
Beirut.
Pero esas dos violentas ciudades de Oriente Medio podrían ser el
próximo destino que Mark Sullivan –hoy con algunas canas nuevas–
les asigne a los ocho distraídos agentes del servicio al que él
dedicó 23 años de su vida y del cual quizá hasta el domingo 19
pensaba retirarse con una impecable foja de servicios.