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(IAR-Noticias) 23-Noviembre-06
James
Lovelock está entre los científicos más interesantes y productivos del mundo. Su
invención de un artefacto para capturar electrones que era capaz de detectar
pequeñísimas cantidades de productos químicos permitió a los científicos
entender los peligros del DDT en las cáscaras de los huevos de los pájaros y
descubrir las formas en que los clorofluorocarbonos (CFCs) estaban destruyendo
la capa de ozono.
Por Bill
McKibben (*) - ZNet en español
Aunque se le
conoce mejor, no por el artefacto que inventó, sino por una metáfora: la idea de
que la tierra puede ser considerada como un organismo (al que dio el nombre de
la diosa griega de la tierra, Gaia) que lucha por mantenerse estable.
De hecho, la llamada hipótesis de Gaia en un principio no fue tan clara,
"durante los 10 primeros años después de que naciera ese concepto casi nadie, yo
incluido, parecía saber lo que es Gaia,", ha escrito. Pero la hipótesis se ha
convertido en teoría, todavía no completamente aceptada por otros científicos
pero tampoco desdeñada. Mantiene que la tierra es "un sistema autorregulado
compuesto por la totalidad de los organismos, estando las rocas de la
superficie, los océanos y la atmósfera fuertemente interconectados en forma de
un sistema en evolución" y luchando por "regular las condiciones de la
superficie para que siempre sean lo más favorables posible para la vida
contemporánea".
Dejando de lado las cuestiones de conciencia y voluntad planetarias (tan
queridas por la primera ola de acólitos de la Nueva Era de Gaia), la teoría
puede ayudar a entender cómo la tierra se las ha arreglado para permanecer
habitable durante billones de años, incluso cuando el sol, debido a su propia
evolución estelar, se ha calentado considerablemente. A través de una serie de
procesos que implican, entre otras cosas, edades de hielo, algas oceánicas y
erosión de rocas, la tierra se las ha arreglado para mantener en la atmósfera la
cantidad de dióxido de carbono captador de calor, y con ello la temperatura, a
unos niveles relativamente estables.
Esta homeostasis se está viendo afectada actualmente por nuestro corto atracón
de combustibles fósiles, que ha despedido grandes cantidades de dióxido de
carbono a la atmósfera. De hecho, Lovelock predice, de un modo más pesimista que
cualquier otro observador competente del que yo tenga conocimiento, que ya hemos
llevado al planeta a un punto sin retorno y que pronto veremos aumentos de
temperatura extraordinariamente rápidos, mucho mayores de los que se predicen en
la mayoría de modelos informáticos que se usan actualmente, que ya de por sí son
bastante graves.. Sostiene Lovelock que al estar ya la tierra luchando para
mantenerse fresca, nuestro incremento de calor extra es particularmente
peligroso, y predice que pronto veremos la confluencia de varios fenómenos: la
muerte de los bosques tropicales como resultado de temperaturas más altas y los
altos índices de evaporación que ello provoca; súbitos cambios en el "albedo" o
reflectividad de la tierra,, al reemplazar el hielo blanco que refleja la luz
del sol al espacio por las oscuras aguas absorbentes, azules y verdes, del mar o
el verde oscuro de los bosques boreales; y la emisión de grandes cantidades de
metano, un gas que produce el efecto invernadero, atrapado en los cristales de
hielo en el norte helado o bajo el mar.
Lovelock estima que algunos o todos estos procesos serían suficientes para
llevar a la tierra en el curso de unas pocas décadas a un estado
catastróficamente más caliente, quizá ocho grados centígrados más caluroso en
regiones como la nuestra, y ese calor, a su vez, hará casi imposible la vida tal
y como la conocemos en muchos lugares. De hecho, en la sección de fotografías de
su libro hay una fotografía de un desierto rojo con la leyenda "Marte ahora, y
lo que la tierra parecerá finalmente". Los seres humanos, una especie
resistente, no perecerán enteramente, dice. En entrevistas durante la promoción
de su libro, Lovelock predijo que unos 200 millones de personas, o más o menos
una treintava parte de la población actual del mundo, sobrevivirá si líderes
competentes establecen un nuevo hogar para nosotros cerca del Ártico actual.
Puede que haya otros puntos habitables, como las Islas Británicas, aunque dice
que un aumento del nivel del mar las convertirá en un archipiélago. En cualquier
caso, predice que "miles de millones" perecerán.
Lovelock, de 80 años, reconoce que ésta es una predicción más pesimista que las
de aquellos científicos que están dedicados más activamente a la climatología
convencional; es, en cierto sentido, un sentimiento visceral. Éste se debe
abordar escépticamente, ya que Lovelock (como él siempre ha admitido
sinceramente) ya ha estado equivocado antes en sus reacciones inmediatas. Aunque
inventó la máquina que nos ayudó a entender los peligros de los CFCs, también
rechazó despreocupadamente esos peligros, sosteniendo que no podían causar
suficiente daño a la materia. Los químicos americanos Sherry Rowland y Mario
Molina ignoraron sus afirmaciones y realizaron un trabajo revolucionario sobre
el agotamiento de la capa de ozono que les proporcionó un premio Nobel. (Y
ganaron para el planeta un acuerdo internacional para la reducción de CFCs que
dio a la tierra la oportunidad de reparar el agujero de la capa de ozono antes
de que fuese tan grande como para destruir la mayor parte de la vida, debido a
un exceso de radiación ultravioleta.) Lovelock tampoco ha conseguido identificar
ningún mecanismo causal claro para su hipótesis de un calentamiento brusco,
explicando que difiere de las predicciones más convencionales mayormente porque
piensa que han subestimado tanto la extensión de los ciclos autorreforzados que
están causando un aumento de la temperatura como la vulnerabilidad del planeta,
al que ve gravemente estresado y cercano a perder su equilibrio. También debe
decirse que partes de su libro son un poco extrañas; existen digresiones en, por
ejemplo, la seguridad de los nitratos en la comida que no sirven mucho para este
propósito y nos hace preguntarnos sobre el rigor del proyecto.
Dicho esto, hay muy pocas personas en la tierra, quizá ninguna otra, con la
misma clase de sentimiento intuitivo sobre cómo ésta se comporta en conjunto.
Los destellos de perspicacia sobre Gaia iluminan muchas de las interconexiones
entre sistemas que otros científicos lentamente han estado intentando
identificar. Además, durante los pasados veinte años, el período en el cual
apareció la ciencia del efecto invernadero, la mayoría de los efectos del calor
en el mundo físico han sido, de hecho, más graves de lo que originalmente se
predijo. Al lector habitual de Science o Nature se le sirve una ración casi
semanal de datos apocalípticos, mostrando, virtualmente todos ellos, resultados
en el rango más alto de las predicciones de los modelos climáticos, o incluso
más allá. Comparado con los modelos originales de hace unos años, el hielo se
está deshelando más rápidamente, el suelo boscoso está emitiendo más carbono al
calentarse; las tormentas están aumentando mucho más rápidamente tanto en número
como en fuerza. Mientras escribo estas palabras, me llegan noticias desde la
parte inferior de mi pantalla sobre un nuevo estudio que muestra que el metano
se filtra a través del permafrost siberiano a un ritmo cinco veces mayor que lo
predicho originalmente, lo que son noticias muy malas dado que el metano es un
gas de efecto invernadero más potente que el CO2.
En este cambiante puzzle científico, el Panel Intergubernamental para el Cambio
Climático (IPCC del inglés Intergovernmental Panel on Climate Change), que ha
estado guiando al mundo durante una década, corre el riesgo de quedarse atrás
debido a los nuevos datos. Se supone que el Panel debe emitir un informe nuevo
el año que viene, resumiendo los descubrimientos hechos por los científicos del
clima desde su último informe. Pero es muy poco probable que sus procedimientos
un tanto inmanejables le permitan incorporar adecuadamente temores como los de
Lovelock, o incluso contemplar completamente las predicciones más aceptadas
habitualmente, emitidas durante los últimos doce meses por James Hansen de la
NASA, el climatólogo más importante del planeta.
Hansen no es tan pesimista como Lovelock. Aunque recientemente ha afirmado que
la Tierra está muy cerca de estar más caliente de lo que ha estado en el último
millón de años, dijo que todavía tenemos hasta el 2015 para invertir las
emisiones de carbono a la atmósfera antes de que crucemos el límite y creemos un
"planeta diferente". Cuando Hansen dio este aviso el pasado diciembre teníamos
diez años para cambiar el curso, pero pronto tendremos nueve años, y dado que no
ha ocurrido nada en este tiempo que sugiera que nos estamos preparando para un
esfuerzo general en reducir la emisión de gases de efecto invernadero, la
diferencia entre Hansen y Lovelock puede ser sólo académica. (De alguna manera,
es pequeño el consuelo de estar apoyando al que dice que tenemos una década.)
Lo que es sorprendente es que incluso la buena y terrorífica película de Al Gore
Una verdad inconveniente se queda atrás de los últimos descubrimientos
científicos sobre este tema, la ciencia se mueve rápido. Es verdad que el mundo
está empezando a despertar lentamente a la idea de que el calentamiento global
puede ser un problema real, y los legisladores (no los norteamericanos) están
comenzando a tenerlo en cuenta. Pero muy pocos entienden con verdadera
profundidad que se está formando una ola lo suficientemente grande como para
romper la civilización y que la única cuestión real es si podemos hacer algo
para debilitar esa fuerza.
Son las soluciones para mitigar los efectos del efecto invernadero a lo que
vuelve Lovelock finalmente, lo que es extraño, ya que en otros momentos insiste
en que es muy tarde para hacer algo. Sus prescripciones son provocativas y
utilizan un lenguaje fuerte, piensa que la energía renovable y que el ahorro de
energía vendrán demasiado despacio para evitar el daño, y que nuestra mejor
opción, de hecho la única, es un programa para construir reactores nucleares.
"No podemos apagar el interruptor de nuestra civilización de intensivo gasto
energético y propulsada por combustibles fósiles sin estrellarnos", escribe.
"Necesitamos el aterrizaje suave de un descenso controlado mediante energía".
Dicha energía no puede venir del viento o de la energía solar con tiempo
suficiente:
"Incluso ahora, cuando las campanas han empezado a sonar avisando de nuestro
final, todavía hablamos de desarrollo sostenible y energía renovable como si
estas débiles ofrendas fueran a ser aceptadas por Gaia como un sacrificio
apropiado y asequible." En cambio, "se debería empezar a construir
inmediatamente nuevas instalaciones nucleares."
Con su retórica extravagante, Lovelock nos hace un favor: es verdad que
deberíamos, por lo menos, estar tan asustados ante una nueva planta de carbón
como ante una nueva planta nuclear. La última acarrea ciertos riesgos obvios
(que, según Lovelock argumenta convincentemente, amenazan nuestra imaginación
más de lo que deberían), mientras que las plantas de carbón vienen con la
garantía absoluta de que sus emisiones trastornarán los sistemas físicos del
planeta. Toda fuente de energía no basada en el carbón debería ser examinada
cuidadosamente para ver qué papel puede jugar a la hora de evitar un futuro
desastroso. Pero Lovelock también socava sus propios argumentos con lo que
llegan a ser súplicas especiales. Es un enemigo de la energía eólica obtenida
mediante turbinas, porque como él dice, no quiere ver el paisaje de Devon
sembrado de molinos de viento, colocándole en el mismo lugar que los residentes
vacacionales del Cabo Cod contrarios a los parques eólicos cercanos a Nantucket
Sound, o a los habitantes de Vermont reacios a ver algunas de sus cadenas de
colinas salpicadas con turbinas eólicas. "Quizá seamos NIMBYs", escribe,
refiriéndose a la abreviación de la frase "No en mi jardín" ( Not In My Back
Yard)
"pero vemos a esos políticos urbanos (empujando la energía eólica) como algunos
médicos insensatos que han olvidado su Juramento Hipocrático y están tratando de
mantener con vida a una civilización moribunda con quimioterapia inútil e
inapropiada cuando no hay esperanza de cura y el tratamiento hace que los
últimos días sean insoportables"
Esta es una aversión comprensible, pero necesita descansar, como admite Lovelock,
en algo más que en el tema estético, y en este caso, los fundamentos son
inexistentes. Cita a un par de daneses desilusionados por el hecho de que la
energía eólica no ha sido la panacea en Dinamarca, y dice que Gran Bretaña
necesitaría 54.000 turbinas eólicas para cubrir sus necesidades, como si este
elevado número pusiese fin al debate. (La falta de notas adecuadas en su libro
hace las comprobaciones muy laboriosas). Pero, de hecho, los alemanes están
instalando 2.000 turbinas eólicas al año, y se están acercando a un total de
20.000. Algunos ponen objeciones al verlas diseminadas por el paisaje, y otros
están encantados. En cualquier caso, cualquiera que sea la opinión sobre la
energía eólica, no está claro que un programa de choque para construir reactores
nucleares tenga algún sentido. La mayor parte de los modelos económicos que he
visto indica que si cogemos el dinero necesario para construir un reactor y lo
invertimos en un proyecto agresivo de conservación de energía (uno que facilite
subsidios a empresas para que modifiquen sus fabricas y reduzcan su uso
energético, por ejemplo), la recompensa en recortar el uso de carbón sería mucho
mayor. Esto tampoco pone fin al debate; obviamente necesitaremos nuevas fuentes
de energía, y el ejemplo del éxito francés con la energía nuclear (genera tres
cuartas partes de su electricidad) significa que tiene que incluirse en la
mezcla de posibilidades, como Jim Hansen recientemente sostenía en estas
páginas. Pero el argumento de Lovelock contra la energía eólica es
verdaderamente muy poco convincente.
Los datos del banquero de inversiones Travis Bradford están mucho mejor
investigados y son mucho más útiles. MIT Press acaba de editar su primer libro,
Solar Revolution, que expone ampliamente y con gran detalle que pronto nos
dirigiremos hacia los paneles solares para obtener nuestra energía, en parte por
razones medioambientales pero en mayor medida porque pronto será una forma de
producir energía tan barata, y más fácil de utilizar, que cualquier otra fuente.
Esta es una alegación bastante sorprendente, pues la creencia general entre los
expertos en medio ambiente es que la energía solar está detrás de la energía
eólica por lo menos en una década o más antes de que sea una fuente de
electricidad rentable, pero expone el caso de una forma convincente.
Durante la última década (como ha descrito con anterioridad Janet Sawing de
Worldwatch Institute), Japón ha subvencionado a propietarios de casas la compra
de paneles solares para los tejados. Las autoridades japonesas comenzaron a
hacerlo en parte porque querían cumplir las promesas hechas en su propio suelo
en la conferencia de Kyoto sobre el calentamiento global, pero también, sugiere
Bradford, porque intuyeron que la industria podía crecer si se estimulaba con
una inversión inicial. En pocos años las subvenciones obtuvieron el objetivo
deseado, el volumen de demanda hizo mucho más eficiente tanto la fabricación
como la instalación, haciendo bajar los precios. Hoy, las subvenciones del
gobierno casi han terminado, pero la demanda continúa aumentando, ya que los
paneles permiten ahora a los propietarios de casas producir su propia
electricidad por el mismo precio al que lo cobran las grandes compañías
nacionales.
De alguna manera el caso de Japón es especial, con pocas fuentes de energía
nacionales, el precio de la electricidad es uno de los más caros del mundo,
haciendo que los paneles solares sean más competitivos. Por otra parte, Japón no
tiene mucha luz solar. En cualquier caso, dice Bradford, la demanda de energía
solar por parte de los japoneses (y ahora en Alemania también cuentan con un
programa igual de amplio) sería suficiente para hacer bajar paulatinamente el
coste de producción de paneles solares. Incluso sin la necesidad de que existan
grandes avances tecnológicos, que según dice, están muy cerca, los paneles
actuales se pueden fabricar cada vez más baratos. Predice que la industria
crecerá entre un 20 y un 30% anualmente durante los próximos cuarenta años, de
una manera semejante a lo que sucedió con la última revolución de la silicona,
el chip del ordenador. Tampoco debe sorprender quién poseerá esa industria, casi
todas las plantas de paneles solares están ahora en Japón y en Alemania.
Ya se pueden ver señales de cambio. Cuando estuve en el Tibet este verano me
encontré repetidamente con tiendas de piel de yak de los pastores nómadas que
vivían en algunos de los valles más remotos (y sublimes) del mundo. Dependen de
los excrementos de yak, que queman para cocinar su comida y calentar sus
tiendas, pero a menudo también de pequeños paneles solares que cuelgan a un lado
de la tienda y que utilizan para encender una bombilla o quizá la radio. Cada
pequeño pueblo tenía una tienda donde vendían paneles solares a un precio más o
menos equivalente al de una oveja. La energía solar, obviamente, tiene sentido
en lugares como esos, donde probablemente nunca va a haber un cable eléctrico.
Pero también cada vez tiene más sentido en urbanizaciones, donde las nuevas
tecnologías como las tejas solares reducen el coste de equipar una casa para el
uso de energía solar; en cualquier caso, el coste de dichas tejas sería una
pequeña parte de las hipotecas subvencionadas por el gobierno.
Estos sistemas están normalmente conectados a la red existente, cuando brilla el
sol mi tejado de Vermont funciona como una pequeña planta energética, enviando
energía a la red. Por la noche, compro electricidad como todo el mundo; en los
meses soleados del año, la electricidad que usa mi casa y la que produce son más
o menos lo mismo. Todo esto tendría sentido desde el punto de vista económico,
por supuesto, si el destructivo coste medioambiental de quemar, carbón barato,
por ejemplo, se reflejase en el precio de la electricidad resultante. Esto, casi
seguro que sucederá cuando George Bush deje el gobierno. Todos los posibles
candidatos presidenciales de ambos partidos se han comprometido a imponer
límites en el uso de carbón. Ya es una norma en el resto del mundo desarrollado.
Pero el testimonio de Lovelock, Hansen y el resto de los científicos deja muy
claro que sería una inversión muy sensata, de hecho, la inversión más sensata
posible, gastar grandes cantidades de dinero público para acelerar la transición
a la energía solar. ¿De donde tendría que venir? Un candidato obvio es el
presupuesto del Pentágono, ahora dedicado a defendernos de peligros
considerablemente menos amenazadores que el cambio climático.
Pero incluso la adopción general de la energía solar no terminaría con la
amenaza del calentamiento global. La transición económica que requiere nuestro
problema es mucho mayor y mucho más difícil que todo eso. Algunos científicos
han estimado que se necesitaría una reducción inmediata de un 70% en el uso de
combustibles fósiles, simplemente para estabilizar el cambio climático a su
actual nivel de deshielo. Y esa reducción se hace mucho más difícil por el hecho
de que se necesita justo cuando China y la India han comenzado a quemar grandes
cantidades de combustibles fósiles al crecer sus economías. Por supuesto, no
como los norteamericanos, cada uno de nosotros usa unas 8 veces más energía que
un ciudadano chino, pero, sin embargo, las cantidades son relativamente grandes.
Kelly Sims Gallagher, una de las más inteligentes analistas de la política del
clima, ha dedicado los últimos años a entender la transición energética china.
Ahora que es Directora del Proyecto de Innovación de Tecnología Energética de la
Kennedy School de Harvard acaba de publicar un fascinante informe sobre el auge
de la industria automovilística china. Su investigación deja claro que ni la
industria americana ni el gobierno americano hicieron mucho para evitar la
adicción de los chinos a la tecnología "devoradora de petróleo"; de hecho,
Detroit (y los europeos y japoneses en una menor medida) estaban contentos de
usar diseños y procesos de décadas de antigüedad. "Aunque existían alternativas
más limpias en EE.UU, se transfirieron a China tecnologías del automóvil más
contaminantes", escribe. Un resultado es el smog que ahoga las ciudades chinas,
otro es la invisible pero creciente nube de gases de efecto invernadero, que
provienen de tubos de escape - aunque en mayor medida de las fábricas
alimentadas con carbón que están surgiendo por todo el territorio chino. En
retrospectiva, los historiadores posiblemente concluirán que el mayor fracaso
medioambiental del gobierno de Bush no será que no hizo nada para reducir el uso
de combustibles fósiles en América sino que no ayudó o presionó a China para
transformar su propia economía en un momento cuando dicha intervención podía
haber sido decisiva.
Es precisamente esta cuestión, la de cómo podemos transformar radicalmente
nuestras vidas diarias, la que abordan los alegres propietarios de la página web
WordChanging en su nuevo libro con el mismo nombre. Esta es una de las páginas
web más profesionales e interesantes que puedes añadir a tus marcadores de tu
navegador; casi cada día describen una nueva tecnología o técnica para
ecologistas. Su libro, una compilación de su trabajo de los últimos años, no es
nada menos que The Whole Earth Catalog (El Catalogo de la Tierra Entera), esa
biblia hippie, utilizada por la generación del iPod. Hay pequeños artículos
sobre miles de atractivas ideas; comida lenta, huertas urbanas, coches de
hidrógeno, y plyboo (contra chapado hecho de bambú de crecimiento rápido). Hay
cientos de guías de "cómo hacerlo" (cómo grabar tu propia tarjeta de circuitos,
cómo acomodarse a tu nuevo coche híbrido para maximizar el kilometraje, cómo
organizar una "muchedumbre inteligente" (una reunión de extraños en un lugar
público).
WordChanging te dice a quién tienes que enviar un mensaje de texto desde tu
teléfono para apoyar la reducción de la deuda internacional, y cómo construir un
altavoz iPod con una vieja lata de pastillas de menta. Es un compendio de todo
lo que una joven generación de ecologistas tiene que ofrecer: creatividad,
destreza digital, habilidad para establecer contactos, un optimismo sobre el
futuro en esta era de Internet, y una profunda preocupación no solo por asuntos
ecológicos sino también por temas de derechos humanos, pobreza y justicia
social. El pragmatismo del libro es estimulante: "Podemos hacer esto" es el
mensaje constante, y hay suficientes ejemplos para dejar pocas dudas de que no
nos falta una inteligencia clara mientras nos acercamos a un futuro incierto.
"En los próximos veinticinco años necesitamos hacer algo que nunca hemos hecho.
Necesitamos rediseñar conscientemente la completa base material de nuestra
civilización", escribe Alex Steffen en su introducción como editor.
"Si nos enfrentamos a una crisis planetaria sin precedentes, también nos
encontramos en un momento de innovación que no se puede comparar con nada
anterior...Vivimos en una era en la que el número de personas trabajando para
hacer un mundo mejor aumenta de forma explosiva."
Tiene razón.
Si hay algún fallo en el método de WordChanging, creo que puede ser la
desconfianza general en la idea de que el gobierno puede ayudar a hacer que
sucedan cosas. Hay un aire de Silicon Valley en la empresa de WordChanging
--durante años ha estado muy vinculada a laa revista Wired, la biblia de los
sabios informáticos y una publicación casi tan paranoica sobre la interferencia
y regulación del gobierno como es el Wall Street Journal. Como los emprendedores
de Internet, desconfían tanto de las intenciones como de las capacidades del
gobierno, los burócratas tienden, después de todo, a provenir de esa clase de
personas que no son ni audaces ni lo suficientemente inteligentes como para
innovar. Tienen un cierto aire libertario: "Cuando rediseñamos nuestras vidas
personales lo hacemos de una manera que estamos haciendo las cosas bien y
pasándolo genial al mismo tiempo", escribe Steffen, "actuamos como faros
personales con la idea de que el verde puede ser brillante, que cambiar el mundo
puede cambiar la vida". Comprendo esta línea de pensamiento, creo que vamos a
necesitar tomar decisiones a un nivel más local y más ágil en el futuro para
construir comunidades fuertes que puedan sobrevivir. Pero también se hace un
poco difícil ser optimista cuando lees páginas como éstas, que están llenas de
buenas ideas pero tienen pocas oportunidades de convertirse en realidad sin el
apoyo del gobierno y de un sistema de incentivos para la inversión.
Se puede ver un primer plano de esta futilidad en el nuevo libro Desing Like You
Give a Damn (Diseña como si te importase) de la ONG Arquitectura para la
Humanidad, un libro hermoso en todos los sentidos. El grupo comenzó financiando
una competición de diseños de nuevos alojamientos para refugiados, y la gama de
alternativas en las que se pensó para tiendas de campaña deja claro todo el
talento que se está malgastando ahora diseñando mansiones. Hay burbujas de
cáñamo hinchables y casas de cartón y docenas de otros diseños y prototipos para
los más pobres del mundo y para los desastres más grandes. Con el paso del
tiempo el grupo también recopiló fotos y planos para edificios atractivos en
todo el mundo: Centros de salud que generan su propia electricidad, escuelas lo
suficientemente baratas para que las construya la comunidad. Sin embargo, hay
algo triste en todo este proyecto, la mayoría de esos diseños nunca se han
llevado a cabo porque los arquitectos carecían del suficiente desparpajo o
influencia para que las agencias humanitarias o los gobiernos nacionales los
adoptasen. Cuando hay algún desastre, las agencias humanitarias todavía tiran de
tiendas de campaña.
Hay otra forma de decir lo que falta aquí. Casi cada idea que puede traernos un
futuro mejor sería mucho más fácil si el coste de los combustibles fósiles fuese
más alto, si hubiese alguna clase de impuesto en las emisiones de carbono que
haga que el precio del carbón, del petróleo y del gas reflejen su verdadero
coste medioambiental. (Gore, en un importante discurso en la Universidad de
Nueva York el mes pasado, propuso sustituir todos los impuestos en las nóminas
por un impuesto sobre el carbón). Si llegase ese día, y es al menos el día
previsto por intentos como el Protocolo de Kyoto, entonces todo, desde paneles
solares a turbinas eólicas o a reactores nucleares seguros (si se pueden
construir) se difundiría más fácilmente: la mano invisible estará libre de hacer
un trabajo más interesante que el que esta haciendo en este momento. Quizá pueda
realmente comenzar a funcionar con la rapidez necesaria para evitar las
pesadillas de Lovelock. Pero eso sólo sucederá si funcionarios locales,
nacionales e internacionales pueden unirse y hacerlo posible, lo que a su vez
requiere acción política.
La reciente decisión de carácter electoralista del gobernador de California
Arnold Schwarzenegger de adoptar una extensa serie de medidas en relación con el
cambio climático muestra que dichas acciones políticas son posibles; al otro
lado del continente, una marcha del Día del Trabajo en Vermont ayudó a convencer
incluso a uno de los más conservadores candidatos del estado federal a aprobar
un ambicioso programa relacionado con el calentamiento global. La reunión al
final de la marcha congregó a mil personas, lo que posiblemente la convierta en
la mayor protesta relacionada con el calentamiento global de la historia del
país. Es un hecho patético, pero viene a mostrar la poca gente que se necesita
realmente para comenzar a trabajar hacia un cambio real.
La tecnología que necesitamos más urgentemente es la tecnología de la comunidad,
saber cómo cooperar para conseguir cosas. Nuestro sentido de comunidad está en
un estado desolador, en parte porque la prosperidad que ha traído el combustible
fósil barato nos ha permitido ser extremadamente individualistas, incluso
súper-individualistas, de una forma, que sólo ahora comenzamos a entender y que
representa un verdadero trato fáustico. Los norteamericanos no hemos necesitado
a nuestros vecinos para nada importante, y de ahí que nuestro sentido de la
vecindad, de la solidaridad local, haya desaparecido. Nuestro problema ahora es
que no hay camino adelante, al menos si queremos evitar seriamente las peores
pesadillas ecológicas, que no implique trabajar juntos políticamente para llevar
a cabo cambios lo suficientemente drásticos y rápidos para que sean
significativos. Un impuesto al carbón sería una buena manera de empezar.
******
(*)Bill McKibben es un profesor universitario residente en Meddilebury College y el
autor de The End of Nature (El Final de la Naturaleza) y Deep Economy: The
Wealth of Communities and the Durable Future. (Economía Profunda: La Riqueza de
las Comunidades y un Futuro Duradero).
Libros Revisados
The Revenge of Gaia: Earth's Climate in Crisis and the Fate of Humanity (La
Venganza de Gaia: El Clima Mundial en Crisis y el Destino de la Humanidad) de
James Lovelock. Basic Books, 177 pp., $25.00
China Shifts Gears: Automakers, Oil, Pollution, and Development (China Cambia de
Dirección: Fabricantes de Automóviles, Petróleo, Contaminación y Desarrollo) de
Kelly Sims Gallagher. MIT Press, 219 pp., $52.00; $21.00 (paper)
Solar Revolution: The Economic Transformation of the Global Energy Industry
(Revolución Solar: La Transformación Económica de la Industria Mundial de
Energía) de Travis Bradford. MIT Press, 238 pp., $24.95
WorldChanging: A User's Guide for the 21st Century (WorldChanging: Un Manual
para el siglo XXI) editado por Alex Steffen. Abrams, 596 pp., $37.50
Design Like You Give a Damn: Architectural Responses to Humanitarian Crises
(Diseña Como Si Te Importase: Respuestas Arquitectónicas a una Crisis
Humanitaria) editado por Arquitectura para la Humanidad. Metropolis, 336 pp.,
$35.00 (paper)
[Nota del Autor: Un pequeño articulo mío que describe la ciudad brasileña de
Curitiba y sus esfuerzos para integrar diseño y arquitectura en el desarrollo y
planificación de la ciudad esta anexo al final de Design Like You Give a Damn.]
[Este artículo aparece en el número del 16 de noviembre, 2006 del the New York
Review of Books. Apareció primero online en Tomdispatch.com, un weblog del
Nation Institute, que ofrece un suministro continuo de Fuentes alternativas,
noticias y opiniones de Tom Engelhardt, durante largo tiempo redactor editorial
y cofundador de the American Empire Project y autor de The End of Victory
Culture, una historia del triunfalismo americano en la Guerra Fria, una novela,
The Last Days of Publishing, y en el otoño, Mission Unaccomplished (Nation Books),
la primer colección de entrevistas de Tomdispatch.]
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